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Full text of "Don Manuel de Salas"

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Library of the 
Jniversity of North Carolina 

Ldowed by the Dialecto and Piulan- 
thropic Societies. 






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DON MANUEL DE SALAS 



DON MANUEL DE SALÍS 



POR 

Y t ! i I 



Miguel Luis Amunátegui, 

Individuo correspondiente de la Real Academia Española 
i de la Real Academia de la Historia 



EDICIÓN OFICIAL 



TOTVCO I 



SANTIAGO DE CHILE 

IMPRENTA NACIONAL, CALLE DE LA MONEDA NÚM. 73 
ll95 



6ó 

O» 



Hai biografías que parecen no ser mas que una 
amplificación de los pomposos epitafios que se gra- 
ban sobre la losa de ciertas tumbas. 

En aquéllas, como en éstos, se leen un nombre, 
unas cuantas fechas, una larga retahila de títulos 
retumbantes; pero no se mencionan ninguna acción 
realmente meritoria, ningún descubrimiento valio- 
so, ningún hecho que empeñe la gratitud nacional. 

El espectador queda indiferente, ya que no hos- 
tigado, delante de esas inscripciones sepulcrales, 
tan frías como las piedras en que están consigna- 
das, o como los restos humanos a que sirven de 
lengua. 

El lector no siente fulgurar ningún recuerdo, 
jerminar ningún pensamiento, brotar ninguna emo- 
ción, al recorrer esos panejíricos presuntuosos de 
una nulidad que los deudos sobrevivientes intentan 
ocultar bajo el oropel i el fausto. 

Esas laudatorias hiperbólicas de difuntos insig- 
nificantes, miserable desahogo de una pobre vani« 



— 6 — 

dad, son ciertamente dignas de hallarse esculpidas 
sobre las lápidas de un cementerio, donde desplie- 
gan sus letras en el silencio i la soledad, entre la 
yerba i el olvido. 

Ordinariamente los epitafios están infestados por 
esa insulsez empalagosa. 

Las biografías de estilo exornado i de escasa sus- 
tancia a que me refiero, adolecen del mismo de- 
fecto. 

Las relaciones de méritos confeccionadas por 
nuestros antepasados para pretender empleos i ho- 
nores, eran el tipo mas acabado i característico de 
ellas, por lo tocante al fondo, aunque no a la forma. 

Los colonos apreciaban muchísimo esas hojas de 
servicio, i las guardaban en sus gavetas como tes- 
timonios de nobleza, en lo que se aunaban la vani- 
dad i el interés. 

Uno de nuestros magnates, el mayorazgo Hui- 
dobro, tuvo la feliz ocurrencia de hacer empastar, 
en un grueso volumen en folio mayor, bajo el rótulo 
Chile Familias Ilustres, todos los documentos de 
esta clase que logró allegar a fuerza de trabajo, 
paciencia i dinero. 

Poca cosa de provecho puede rastrearse en tan 
indijesto fárrago. 

Solo de cuando en cuando suele encontrarse al- 
gún grano de oro en esa mina de tierra i guijarros. 

Los gusanos han roído los cuerpos de los héroes 
de aldea cuya memoria ha querido perpetuarse; la 
intemperie ha destruido los falsos elqjios con que se 



«7 — 

adornaban sus sepulcros; la polilla i el polvo han 
carcomido las ejecutorias donde se han consignado 
las vulgares acciones de su inútil existencia. 

Desaparecidos sus huesos i sus mortajas, no ha 
quedado nada de ellos sobre la tierra; porque, a 
decir verdad, no han vivido en la grande i real sig- 
nificación de esta palabra. 

Pero, a diferencia de los individuos señalados, 
hai otros que no necesitan que sus hechos se es- 
tampen en el papel o se esculpan en el mármol, 
para que sus nombres se trasmitan hasta la poste- 
ridad mas remota. 

Aunque no les compongáis altisonantes biogra- 
fías, aunque no les erijáis magníficos mausoleos, po- 
co importa. 

Su fama será duradera; porque han sabido ligarla 
a alguna de esas instituciones sociales o políticas 
que no pasan como las nubes. 

Que los años se sucedan a los años, los aconteci- 
mientos a los acontecimientos, el recuerdo de esos 
varones preclaros no perecerá jamás, a lo menos 
mientras la libertad sea reverenciada en el mundo, 
la caridad amada, los beneficios a la patria o a la 
humanidad pagados con el agradecimiento debido. 



El día que se sepultó en el cementerio de la ca- 
pital el cadáver de Camilo Henríquez, del revolu- 
cionario famoso que, después de haber llenado a 



Chile con su nombre, i despertado con sus escritos 
tan opuestas pasiones, moría pobre, retirado del 
proscenio político, i casi olvidado de sus conciuda- 
danos, contábase en el reducido grupo de viejos 
patriotas de 1810 que formaban el duelo en pos del 
ataúd a don Manuel de Salas, su contemporáneo, 
su amigo íntimo, su camarada en la gran lucha de 
la independencia. 

Este venerable anciano, que marchaba enterne- 
cido con la reciente pérdida de uno de sus correli- 
jionarios mas conspicuos, enojado quizá por la in- 
justa pobreza en que había muerto un hombre tan 
meritorio como el redactor de La Aurora, clavó 
casualmente la vista sobre una tumba que exhibía 
en su piedra ostentosos títulos, como un escudo sus 
blasones, o como un casco su penacho; i sintiéndose 
sin duda ofendido al compararla con la humilde 
fosa sin lápida ni epitafio que iba a servir de última 
morada al primer periodista chileno, no pudo me- 
nos de decir a las personas que caminaban a su 
lado, señalándoles con desdén aquella muestra de 
la vanidad humana: 

— Tendré cuidado de ordenar que se inscriba 
sobre la losa que cubra mi sepultura: Aquí no hai 
nada. 

Eran la modestia del filósofo, la humildad del 
cristiano, la indignación secreta contra la injusticia 
de la suerte, los móviles que en esta ocasión inspira- 
ban a Salas semejante frase; pero la conciencia de 
gu propio mérito i el orgullo, un lejítimo orgullo, 



resultante de dicha convicción, habrían podido dic- 
társela igualmente. 

Era cierto. 

El no debía llevar al sepulcro, como tantos otros, 
todo lo que había sido en el mundo, sino solo un 
puñado de polvo. 

Aunque su cuerpo se disolviera, había de quedar 
viviendo en la tierra una gran parte de su perso- 
nalidad: las grandes ideas que había propagado, las 
semillas de instrucción que había esparcido, las 
instituciones de caridad que había organizado. 

El caudal de gloria que iba a legar a su familia, 
debía consistir, no en un legajo de despachos hono- 
ríficos, difícil de sustraer a la carcoma del tiempo, 
sino en la multitud de beneficios que había hecho 
a sus compatriotas. 

Tenía, pues, razón al querer que se grabara so- 
bre la losa de su sepulcro: Aquí no hai nada. 

No era en el cementerio, sino en la República, 
donde debían buscarse los rastros de su existencia, 
habiendo confiado la conservación de su memoria, 
no a la piedra de la tumba, sino a la gratitud de 
los hombres. 

La biografía de don Manuel de Salas está guar- 
dada, a la hora en que trazo estas líneas, en una 
caja de cedro bien acondicionada i con fuerte ce- 
rradura. 

Se halla depositada en el corazón de sus conciu- 
dadanos, a lo menos en el de aquellos que gozan el 
fruto de sus fatigas i desvelos, 

2 



_ 10 — 

¿Queréis saberla? 

Preguntad a cualquiera: 

¿Quién construyó el malecón del Mapocho? 

¿Quién fundó el hospicio? " 

¿Quién, el primer colejio donde se enseñaron las 
matemáticas i el dibujo? 

¿Quién presentó el proyecto de lei para la abo 
lición de la esclavitud en Chile? 

¿Quién organizó la biblioteca? 

¿Quién favoreció la introducción de la enseñan- 
za mutua en las escuelas primarias? 

¿Quién contribuyó en 1819 al restablecimiento 
del Instituto Nacional? 

¿Queréis saber mas pormenores todavía? 

Continuad vuestras preguntas. 

¿Quién fomentó el cultivo del cáñamo? 

¿Quién introdujo el del lino, la morera, la higue- 
rilla, la linaza? 

¿Quién, el gusano de seda? 

¿Quién estimuló la filatura del cáñamo? 

¿Quién enseñó la confección del aceite de linaza 
por medio de máquinas? 

¿Quién, la fábrica de la loza vidriada, de la jerga, 
del paño burdo? 

¿Quién, la filatura de medias i frazadas en tela- 
res mandados traer por él a Europa? 

¿Quién hizo esplotar, en cuanto era permitido a 
las fuerzas de un particular, las vetas de metales 
que encierran nuestras cordilleras, sin que le exci- 



— li- 
tara a ello el maslijero movimiento de codicia sino 
el vivísimo deseo de la prosperidad pública? 

¿No es verdad que el individuo que ha realizado 
todas las obras enumeradas o cooperado a ellas ha 
merecido bien de la patria? 

El obrero del progreso que tal faena ha ejecuta- 
do puede acostarse tranquilo con la certidumbre 
de que la gloria será su salario. 

No he concluido, sin embargo. 

La lista de los servicios prestados por don Ma- 
nuel de Salas, está lejos de haber llegado a su tér- 
mino. 

Vamos a verlo. 

Desde que en 1807 se trajo a Chile la vacuna, 
fue uno de sus mas celosos propagadores. 

La estirpacion de la sífilis le debió cuidados no 
menos solícitos i jenerosos. 

Impulsado por un entusiasmo laudable, trató de 
plantear en las prisiones un réjimen penitencia- 
rio que rehabilitara al criminal, en vez de sumer- 
jirle mas i mas en el fango i la infamia, habiendo 
promovido con este objeto la fundación de una ca- 
sa de corrección. 

En 1811, se debió a su perseverante ahínco que 
la junta gubernativa promulgara la lei que, procla- 
mando la igualdad de los indios i de los españoles, 
ordenó la abolición de los tributos especiales paga- 
dos por los indíjenas. 



— 12 — 

En el congreso reunido ese mismo año, presentó, 
como antes he insinuado, el proyecto de lei para 
que se prohibiese la introducción de esclavos en el 
país i para que se decretase la emancipación de los 
hijos de éstos, que naciesen en nuestro suelo. 

Añadiendo en esta materia la autoridad del 
ejemplo a la eficacia del raciocinio, comenzó por 
manumitir él mismo, antes de que se discutiera la 
cuestión en la asamblea, a todos los esclavos que 
poseía, i por influir para que los miembros de su 
familia imitaran su conducta en este punto. 

Don Manuel de Salas profesaba una gran vene- 
ración a Benjamín Franklin, que le encantaba por 
su ciencia, su filosofía, su lenguaje parabólico, su 
comportamiento político. 

Igualó a su ilustre modelo en amor a su país i 
al j enero humano. 

A semejanza de Franklin, tuvo la gloria de ins- 
cribir su nombre en el libro de oro donde se halla 
consignado el de los fundadores de la república. 

Si no arrebató el rayo a los cielos, arrancó por 
lo menos el cetro a los tiranos. 

Entre los españoles, tributaba igual respeto a 
don Melchor Gaspar de Joveilanos. 

El magnate chileno, junto con ser un sujeto de 
carácter bondadoso i de corazón caritativo, era un 
ciudadano ejemplar. 

Consideraba la paz i el orden tan necesarios a 
un estado, como la salud al cuerpo; pero rechazaba 



— 13 — 

la abyección i el servilismo como contrarios a todos 
los fines de la asociación humana. 

Era demasiado ilustrado para pedir que la auto- 
ridad lo sometiera todo a su arbitrio, i para tolerar 
que la injusticia dominara en la organización de la 
sociedad. 



II 



Don Manuel de Salas vio la luz en Santiago de 
Chile el 19 de junio de 1754 (no en 1753, como por 
equivocación o por errata se afirma en una biogra- 
fía de nuestro protagonista publicada en 1873 por 
don Luís Salas Lazo). 

Fueron sus padres don José Perfecto de Salas 
i los Ríos i doña María Josefa Corvalán i Chi- 
rinos. 

Ambos pertenecían, según una relación de méri- 
tos estendida en Madrid el 26 de agosto de 1780 
«a familias distinguidas, tenidas i respetadas por 
nobles, cuyos ascendientes habían obtenido hono- 
ríficos empleos». 

Don José Perfecto de Salas era a la sazón fiscal 
de la real audiencia de Chile, puesto que ocupaba 
desde el 4 de diciembre de 1747. 

El niño nació débil i enfermizo. 

Durante mucho tiempo, se temió que la cuna le 
sirviera de ataúd. . 

En cierto momento, se creyó que estaba agoni- 



— 16 — 

zando, i se le bautizó apresuradamente en artículo 
de muerte. 

Aquel párvulo enclenque, raquítico, que parecía 
próximo a espirar, vivió ochenta i siete anos para 
lustre suyo i bien de Chile. 

Hé aquí su partida de bautismo, tal cual apare 
ce en la parroquia del Sagrario de la catedral de 
Chile: 

«En 5 de febrero de 1755 años, yo el reverendo 
padre maestro Santiago Viscarra de la Compañía 
de Jesús, con licencia del cura semanero, puse óleo 
i crisma a Manuel Silverio Antonio de siete me- 
ses i diez i seis días de edad, hijo lejítimo del señor 
doctor José Perfecto de Salas, fiscal de esta real 
audiencia, i de la señora doña María Josefa Corva- 
lán i Chirinos. Padrinos, el doctor Clemente Cor- 
valán i Chirinos, clérigo presbítero, comisario de 
Cruzada i del santo oficio en la ciudad de Mendo 
za i doña Nicolasa Corvalán i Chirinos. Bautizóle 
en caso de necesidad el licenciado don Juan Ma- 
nuel Grez, clérigo presbítero. Testigos, Marcos 
Cifuentes e Ignacio Sumaeta, I lo firmo, Juan 
Foucart. Hai rúbrica». 



La ciudad en que el niño vino al mundo, mana- 
ba pobreza i reclusión por todos sus poros. 

El doctor Gall pretendía conocer las inclinacio- 
nes de un hombre por las protuberancias de su 
cerebro. 



— 17 — 

La vater juzgaba que el semblante de un indivi- 
duo dejaba traslucir las ideas i sentimientos que 
en éste predominaban. 

Un método análogo puede aplicarse a una ciu- 
dad. 

Santiago mostraba en aquel entonces una fiso- 
nomía peculiar, que estaba revelando las preocupa- 
ciones i los posibles de sus habitantes. 

Era una ciudad estensa, pero raquítica i achapa- 
rrada. 

Estaba llena de templos i monasterios. 

Las casas carecían de arquitectura; sus ventanas 
estaban defendidas por rejas de hierro; i sus puer, 
tas se hallaban guarnecidas por gruesos clavos. 

A la simple vista, la ciudad manifestaba que se 
había construido por un pueblo devoto en medio 
de la guerra. 

Parecía un claustro viejo con ribetes de cuartel 
o prisión. 

Por el solo aspecto de aquella aldea grande, se 
colejía que los moradores no tenían arte, industria, 
riqueza, instrucción ni alegría. 

No había paseos dignos de este nombre. 

¡I, sin embargo, Santiago se titulaba capital del 
reino de Chile! 

¡I, sin embargo, en las piezas oficiales solía lla- 
mársele corte! 

Con el tiempo, el niño Salas debía trabajar mu- 
cho, muchísimo, en el aseo i cultura de su ciudad 
natal. 

3 



— 18 — 

El 26 de setiembre de 1761, el presidente de 
Chile don Manuel de Amat i Junient se embarcó 
en Valparaíso con rumbo al Callao en el navio de 
guerra San José El Peruano, que tenía la particU' 
laridad de haber áido construido en Gaayaquil. 

Amat i Juuient había sido nombrado virrei del 
Perú por Carlos III, e iba a tomar posesión de su 
elevado empleo. 

El poderoso magnate llevó a don José Perfecto 
de Salas en calidad de asesor; i éste partió en el 
mismo buque acompañado de su familia. 

Don José Perfecto solo se decidió a aceptar el 
nuevo cargo con la precisa condición de retener la 
propiedad de la fiscalía en Chile. 

Conocía la instabilidad de los afectos humanos. 

Recelaba que algún día pudiera perder la con- 
fianza del virrei, i deseaba conservar un puesto se- 
guro. 

Era un hombre previsor: sus ojos tenían el al- 
cance de anteojos de larga vista. 

Gracias a la traslación mencionada, don Manuel 
de Salas, que a la fecha contaba poco mas de siete 
años, se educó en Lima, i no en Santiago, donde 
solo habría podido adquirir escasísima instrucción. 

La universidad de San Marcos, establecida en 
la capital del virreinato, era a la América del Sur 
lo que la de Salamanca era a España. 

El primer poeta chileno, Pedro de Oña, la llama, 
en una composición métrica, fuente cristalina i 
pura destinada a fecundar el valle antartico, cuyas 



— 19 — 

gotas de agua levantadas a la rejión sublime, eran 
otras tantas estrellas mas brillantes que la luz. 

Don Manuel de Salas fue efectivamente un 
astro que debía irradiar en nuestro cielo. 

Fuelo también su amigo Camilo Henríquez, 
educado en la misma capital. 

El niño Salas cursó, en la ciudad de los Reyes, 
no solo con aprovechamiento, sino con aplauso, las 
clases de filosofía, teoiojía, jurisprudencia civil, 
derecho canónico, práctica forense. 

El 3 de julio de 1773, la universidad de San 
Marcos le otorgó el diploma de bachiller en sagra- 
dos cánones. 

Posteriormente, la audiencia le espidió el título 

de abogado, previos los requisitos exijidos por la 
lei. 



El 3 de noviembre de 1762, se publicó, en el 
Perú, a voz de pregonero i estampido de cañón, la 
guerra que España había declarado contra Ingla- 
terra i Portugal. 

El virrei Amat era un jefe valiente i esperto en 
la milicia, que había principiado su carrera militar 
a los once años de edad. 

Se había encontrado en siete batallas campales. 

Una de ellas fue la jornada de Bitonto, en que 
los españoles derrotaron a los imperiales, que ocu 
paban una fuerte posición. 



— 20 — 

De nueve mil austríacos, únicamente se salvaron 
cuatrocientos. 

Durante mucho tiempo, don Manuel de Amat 
había mandado los Dragones de Sagunto, que ha- 
bían sobresalido por su pericia i bravura, 

El virrei procuró con dilijencia suma que todos 
los habitantes sujetos a su jurisdicción empuñasen 
las armas contra los ingleses. 

Don Manuel de Salas sentó voluntariamente 
plaza en aquel ejército improvisado. 

Obtuvo en él los grados siguientes: alférez (29 
de enero de 1767), teniente (22 de marzo de 1770), 
capitán (18 de agosto de 1773). 

Formó parte del rejimiento denominado de la 
Nobleza, cuyo mando se reservó el mismo virrei. 

«Los jefes i oficiales (dice el literato peruano don 
Manuel de Mendiburu) pertenecían a las primeras 
familias, teniendo este cuerpo una compañía de 
abogados, otra de estudiantes, etc». 

El distinguido joven se afilió en la octava com- 
pañía. 

La tropa estaba lujosamente equipada. 

Cada individuo debía costear su caballo, su traje, 
sus armas. 



El temperamento de Lima era mui nocivo a la 
salud de don Manuel de Salas. 

La vida se iba escapando lentamente por los 



— 21 — 

poros de su desfallecido cuerpo, como el vino se 
sale de una vasija rota. 

La enfermedad le postró en cama. 

Una junta compuesta de los mejores médicos no 
halló otra pócima para sanarle, que la absorción 
del aire natal. 

El virrei, después de haber examinado los infor- 
mes del teniente coronel del rejimiento, del inspec- 
tor jeneral del ejército, i de los facultativos que 
asistían al capitán enfermo, le concedió licencia el 
26 de enero de 1774 para que se trasladara a Chile 
con retención de su grado i uniforme. 



III 



El clima de Chile i la sociedad de Santiago re- 
cibieron perfectamente a don Manuel de Salas. 

El aura de la patria restableció su salud que- 
brantada; el vecindario de la capital le acojió como 
hijo ausente; el gobierno le dio muestras señaladas 
de su aprecio. 

El 1.° de enero de 1775, el cabildo de Santiago 
le elijió alcalde ordinario por unanimidad de votos. 

La intelijencia, la cordura i la probidad del dis- 
tinguido joven, proclamadas sin discrepancia algu- 
na por la voz pública, i conocidas personalmente 
por los concejales, justificaban tal designación. 

El ayuntamiento no se limitó a darle el puesto 
principal de que podía disponer. 

Encomendóle además «las comisiones mas gra- 
ves i de mayor peso que ocurrieron», según el tes- 
timonio de la propia corporación. 



El 29 de agosto de 1775, el presidente, gober- 
nador i capitán jeneral de Chile don Agustín de 



— 24 — 

Jáuregui nombró a don Manuel de Salas superin- 
tendente de una población de indios que iba a si- 
tuar en la hacienda de la Calera i de otras que 
debían fundarse sucesivamente. 

Nada mas ventajoso que esta medida. 

Conozco los horrores de la conquista i Ios-desa- 
fueros del réjimen colonial: no intento defenderlos, 
ni paliarlos. 

Es efectivo que los naturales fueron diezma- 
dos, espoliados, esquilmados, maltratados por los 
invasores i sus descendientes; pero también es cier- 
to que los indios fueron muchas veces una remora 
asaz molesta para el progreso del país. 

Los indíjenas sometidos estaban diseminados en 
una vasta estensión. 

Vivían a largas distancias unos de otros en mi- 
serables ranchos de paja, vejetando en la incuria, 
el embrutecimiento, la pobreza i la suciedad. 

Apenas trabajaban. 

La agrupación de los salvajes subyugados era 
condición indispensable para su cultura i mejora. 

De otro modo, no había posibilidad de enseñar- 
los, de morijerarlos, de que aprediesen algún oficio, 
de que se dedicasen a la labranza. 

Don Manuel de Salas desempeñó perfectamente 
el cargo que se le había confiado. 

Reunió a los desparramados indios de la Calera 
en el local mas adecuado para una aldea, les asignó 
habitaciones cómodas, les adjudicó fincas rústicas, 
los alimentó hasta que se hallaron en estado de 



— 25 — 

subvenir por sí mismos a sus necesidades, les pro- 
porcionó semillas, les suministró herramientas. 

El superintendente hizo todas las espensas de 
su propio bolsillo; i en seguida, cedió el monto de 
los gastos, que subía a una cantidad no pequeña, 
«a Su Majestad, manifestando había sido siempre 
su ánimo coadyuvar a su costa a que tuviesen efec- 
to sus reales intenciones; cuya cesión le fue admi- 
tida por aquel superior gobierno; i se le dieron las 
gracias en nombre de Su Majestad por este nuevo 
servicio». 



El año de 177 G, la real audiencia de Chile espi- 
dió el título de abogado a don Manuel de Salas, 
quien comprobó su suficiencia con un brillante 
examen. 

«Satisfechos los capitulares de la buena conduc- 
ta, celo i aplicación que Salas había acreditado en 
el ejercicio de la alcaldía, le nombraron en 1776 
por su procurador j enera!» . 

Fue nombrado igualmente abogado del cabildo. 



Por este tiempo, estalló en Santiago una violen- 
ta asonada, que habría podido tener un desenlace 
sangriento, si una mano circunspecta no hubiera 
abierto cauce para que el torrente popular trascu- 
rriera sin producir estragos. 

4 



— 26 — 

Voi a relatar en pocas palabras lo sucedido. 

Es el caso que el contador mayor interino don 
Gregorio González Blanco concibió i redactó una 
reforma del sistema tributario que rejía a la fecha. 

El dichoso plan consistía simplemente en una 
agravación bastante fuerte de las contribuciones 
que pesaban sobre todos los habitantes desde el 
humilde pulpero hasta el opulento hacendado. 

El proyecto ideado por el flamante estadista 
pasó del papel a la práctica. 

Aquí ardió Troya. 

La indignación de la pacífica i soñolienta ciudad 
reventó de golpe, como una mina de pólvora en 
que se arrojase una brasa. 

«Conmovida la multitud (dice el autor contem- 
poráneo don Vicente Carvallo i Goyeneche), bus- 
caban al arbitrista para quitarle la vida, i amena- 
zaban también contra la casa del gobernador», (l) 

El 30 de julio de 1776, los moradores amagados 
por el impuesto, esto es, la jente acomodada i la 
desvalida, se reunieron en la plaza, el foro natural 
de todo pueblo que desea hacer valer sus derechos. 

Una conmoción, tan rápida como estensa, pro- 
dujo una grande alarma en las autoridades. 

Los concejales celebraron una sesión estraordi- 
naria en la casa consistorial. 



fi 



(1) Don Vicente Carvallo i Goyeneche, Descripción histórico-jeográ 
',ea del reino de Chile, Parte I, tomo II, capítulo 115, 



— 27 — 

El presidente i los oidores se congregaron en la 
sala de acuerdo del supremo tribunal. 

Los vocales de ambas corporaciones espusieron 
los medios que en su dictamen debían tocarse para 
calmar la ajitación; pero todos los arbitrios pro- 
puestos fueron rechazados. 

Mientras tanto, el tumulto iba creciendo; la 
gritería tomaba el recio son de cercanos truenos; 
el riesgo instaba. 

En tamaño aprieto, el procurador de ciudad don 
Manuel de Salas, «sujeto (dice el autor contempo- 
ráneo antes citado) de juicioso pulso i de rectas 
intenciones» , vino a disipar la tempestad. 

A fin de hallar vado a tan grave conflicto, el 
benemérito joven propuso al vecindario aglomera- 
do en la plaza que se solicitara un cabildo abierto 
para discutir el asunto. 

Aceptada la indicación, él mismo redactó en.el 
acto una petición, que fue firmada por los persona- 
jes mas notables del país. 

Don Manuel de Salas, sin pérdida de momento, 
la puso en manos del presidente Jáuregui, quien 
la proveyó favorablemente, previo el dictamen de 
la real audiencia. 

Publicóse un bando para noticiar al pueblo que 
no habría innovación en el pago de las contribucio- 
nes hasta nueva orden del gobierno. 

Después de algunos días, de varias conferencias 



— 28 — 

i de largos debates, se acordó en definitiva que se 
consultaría a la metrópoli. 

¡El rei resolvería! 

¡Qué mejor! 



¿El lector desea conocer el fallo del monarca en 
tan ajitada controversia? 

Voi satisfacer su curiosidad. 

Se nombró tesorero de las reales cajas de Potosí 
al contador mayor interino don Gregorio Gonzá- 
lez Blanco. 

Se planteó poco a poco en Chile el sistema ren- 
tístico que éste había querido imponer de golpe a 
riesgo de sublevar el país. 

No sin razón el ministro don José de Gilí vez 
sostenía que el arte de gobernar las colonias reque- 
ría mas mafia que fuerza. 



IV 



En el año de 1777, don Manuel de Salas fue a 
España por la vía de las Provincias Arjentinas. 

Dos razones le habían determinado a emprender 
este viaje. 

Era la primera conseguir que se dejara tranqui- 
lo en Chile a su padre, sin trasladarle a Cádiz con- 
tra la voluntad de éste, so pretesto de un ascenso. 

Era la segunda obtener para sí un empleo que 
le suministrase recursos suficientes para su con- 
grua sustentación. 

Llevaba en su maleta, como cartas de recomen- 
dación para el rei i sus ministros, un informe del 
ayuntamiento i otro de la audiencia, ambos mui 
lisonjeros para su persona. 

En el primero, se hacía un panejírico suyo, ala- 
bando «su buena conducta, celo i aplicación». 

En el segundo, se decía: 

Don Manuel de Salas «se ha constituido acree- 
dor a las atenciones de los mas respetables cuer- 
pos e individuos de Santiago, atraídos de su ins- 



— 30 — 

tracción, amable índole i juiciosa conducta conque 
supo desempeñar a satisfacción común cuantos em 
pieos i comisiones se han puesto a su cuidado; i 
siendo la mas relevante prueba el trato i conoci- 
miento de este sujeto que hoi se traslada a esa 
corte, espera esta real audiencia que la justicia 
distributiva de A r uestra Majestad le comunique 
sus liberalidades, que sean, no solamente remune- 
ración, sino que principalmente sirvan de ejemplo 
con que se alienten otros jóvenes a seguir tan hon- 
rosa carrera para jeneral consuelo de estos remo- 
tos vasallos». 

Durante el viaje, tuvo ocasión el excapitán del 
Tejimiento de la Nobleza de manifestar su decisión 
en favor de la metrópoli. 

«Al pasar por Buenos Aires (dice la relación de 
méritos antes citada), encontrando allí, con motivo 
de la guerra con los portugueses, proporciones de 
continuar su mérito en el servicio del rei, se pre- 
sentó ante aquel gobernador i capitán jeneral, su- 
picándole le diese el destino que tuviese por con- 
veniente, i en que pudiese acreditar su celo, sin 
hacer el menor costo a la real hacienda todo el 
tiempo que se emplease su persona; i el goberna- 
dor le dio gracias a nombre de Su Majestad por el 
anhelo que manifestaba de emplearse en el real 
servicio; i le mandó continuase su destino». (1) 

(1) Relación de los méritos i circunstancias de don Manuel de Salas i 
Corvalán, formada en la secretaría del supremo consejo i cámara de In- 
dias, Madrid, 26 de agosto de 1780. 



— 31 — 

En julio de 1777, el viajero se hallaba en Ma- 
drid, capital de medio mundo. 

üurante su permanencia en España procuró ver- 
lo i estudiarlo todo. 

Tengo a la vista algunas pajinas de un diario 
bastante desaliñado en que Salas iba consignando 
al correr de la pluma sus observaciones. 

Aparece de él que visitó todas las iglesias i mo- 
nasterios, i se prosternó delante de todas las reli- 
quias i objetos santos, i cuidó de tocar su rosario con 
las mas venerables; pero juntamente resulta que 
asistió a los paseos, a los banquetes, a las corridas 
de toros, a las representaciones de comedias, en una 
palabra, a toda especie de fiestas. 

Pero, en fin, las mencionadas eran las ocupacio- 
nes de un viajero, i particularmente de un provin- 
ciano de América, que se paseaba por la corte. 

Son otros hechos apuntados en el diario los que 
revelan la superioridad de su espíritu. 

Recorrió con atención todos los establecimientos 
útiles que podían servir a la comodidad del hom- 
bre, como, por ejemplo, las fabricas, i en especial, 
las de tapices, de cristales, de anteojos. 

Fue a examinar con la mayor curiosidad un al- 
macén de tocino. 

Fijó una particular atención en una bomba, con 
la cual vio apagar el incendio de la casa de un no- 
ble español. 

Asistió a un hospital para presenciar la autopsia 
de un cadáver. 



— 32 — 

El diario de Salas descubre que su autor era un 
realista sincero i fervoroso. 

Salas anota, en su cuaderno (que no estaba desti- 
nado a ver la luz pública) las menores incidencias 
de la familia real de que tenía noticia, con el mis- 
mo interés, o mejor dicho devoción, que sus visitas 
a los templos i su inspección de relicarios. 

Ha cuidado aún de mencionar dos grandes hono- 
res que tuvo la felicidad de recibir. 

El 30 de mayo de 1778', día de San Fernando, 
fue admitido a besar las augustas manos de las per- 
sonas reales. 

El 25 de diciembre del mismo año, vio comer 
al rei. 

Sin embargo, aquel fidelísimo vasallo había de 
volver a Chile a fomentar, sin advertirlo i sin que- 
rerlo, el espíritu revolucionario. 



Cierta ocasión don Manuel de Salas entro en 
una librería donde trabó larga i sabrosa plática con 
un eclesiástico que en ella estaba. 

Habiendo sabido el sacerdote que su interlocutor 
venía de Chile, le hizo minuciosas preguntas sobre 
la naturaleza de esta comarca i las costumbres de 
sus habitantes. 

Cuando el relijioso se retiró de la tienda, Salas 
supo por el librero que aquel sujeto tan deseoso de 
instruirse sobre cosas de América era el padre Fe- 



~ 33 — 

lipe Scío de San Miguel, el mismo a quien don 
Manuel de Roda, ministro de gracia i justicia de 
Carlos III, comisionó en 1780 por orden del mo- 
narca para verter al castellano la Biblia, el mismo 
que fue después preceptor del príncipe de Asturias 
Fernando VII, a quien dedicó su espléndida tra- 
ducción. 

Don Manuel de Salas aprovechó esta casual en- 
trevista para visitar al sabio prelado, quien le trató 
con benevolencia i le prestó buenos oficios en las 
varias jestiones que el joven traía entre manos. 



Es claro que, ante todo i sobre todo, don Manuel 
de Salas se esforzó por cumplir el encargo que su 
padre le había confiado de desvanecer las prevencio- 
nes que el gobierno español manifestaba en contra 
de éste. 

No era fácil. 

Don José Perfecto de Salas tenía numerosos ene- 
migos. 

Había sido el confidente íntimo de don Manuel 
de Amat i Junient aún en los asuntos mas reser- 
vados i recónditos. 

Un hecho va a poner de relieve su privanza. 

El 20 de agosto de 1767, a eso de las diez de la 
mañana, entró en el palacio de los virreyes un ofi- 
cial cubierto de polvo que había venido por tierra 

S 



— 34 — 

desde Buenos Aires a Lima con un pliego cuidado- 
samente atado, lacrado i sellado. 

Abierto el paquete, Amat encontró que contenía 
la orden de la espulsión de los jesuítas i dos instruc- 
ciones relativas al método con que debía efectuarse. 
Pues bien, ese secreto de estado, en que andaba 
mezclada la relijión con la política, i en que se in- 
teresaban millones de individuos en ambos mundos, 
solo fue sabido en Lima por el virrei Amat, el se- 
cretario de sus cartas don Antonio Eléspuru, a 
quien se hizo jurar un sijilo profundo bajo pena de 
la vida, i don José Perfecto de Salas. 

Sin embargo, algún tiempo después, el imperioso 
virrei riñó con su asesor, no sé por qué motivo. 

El jenio terco i displicente del antiguo coman- 
dante de los Dragones de Sagunto se había agriado 
con la edad i con la gota. 

Don José Perfecto de Salas dimitió su empleo. 
Se le admitió en el acto la renuncia. 
Don José Perfecto de Salas quiso restituirse a 
Chile para reasumir la fiscalía, cuya propiedad con- 
servaba. 

Se le negó permiso para ello, mientras no se le 
tomase residencia. 

La lucha entre los dos potentados fue a cuchilla- 
das por la espalda: lucha de cortesanos, lucha de 
lenguas. 

El virrei atacó a su asesor de manejos torticeros 
en el desempeño de [su cargo. 

Le acusó de haber espedido informes por dinero. 



— 35 — 

Los secuaces de Amat callejeaban sus imputa- 
ciones en América i en España. 

Mientras tanto, los partidarios de la Compañía 
de Jesús aprovechaban la coyuntura para acabar 
de desollar a un individuo que li^ibía tenido una 
participación activa en la ejecución del decreto que 
espulsaba a los jesuítas de los dominios españoles. 

La situación del perseguido caballero mejoró al- 
gún tanto con la caída de su encarnizado enemigo. 

Don Manuel de Amat i Junient fue reemplazado 
en el virreinato del Perú por don Manuel Guirior. 

Una real orden fechada el 4 de agosto de 1774 
permitió que Salas reasumiese su plaza de fiscal en 
la audiencia de Chile. 

Aquella bonanza duró poco: un líjero escampo 
en una larga lluvia. 

La corte de Madrid quería que don José Perfec- 
to de Salas no morase en América. 

Le consideraba hombre peligroso, capaz de per- 
turbar la tranquilidad secular de la comarca donde 
residiese en aquella apartada rejión. 

Se le suponía individuo de trastienda, riquísimo, 
ambicioso, aficionado a la intriga. 

Temióse que emplease su influencia en contra de 
la metrópoli. 

A toda costa, urjía arrancarle del centro de sus 
recursos i relaciones. 

Con este objeto, el ministro don José de Gálvez 
le nombró oidor de la audiencia de Cádiz, i dispuso 



— 36 — 

que sin pérdida de momento fuera a ocupar su si- 
llón en dicho tribunal. 

La siguiente nota reservada dirijida al presidente 
de Chile don Agustín de Jáuregui permite echar 
un vistazo entre bastidores: 

«Promovido a la audiencia de contratación de Cá- 
diz el fiscal de ésa don José Perfecto de Salas, de 
que incluyo a Usía el real despacho, me manda Su 
Majestad prevenirle reservadamente que, luego que 
lo reciba, disponga cese en el ejercicio de la fiscalía, 
precisándole a que en primera ocasión venga a estos 
reinos con toda su familia, dejando apoderado para 
contestar en su residencia, bien entendido que será 
del mayor agrado del rei proceda Usía al cumpli- 
miento de esta resolución por los medios mas efica- 
ces, i hasta el estremo de no admitirle escusa alguna, 
por convenir así a su real servicio, de que será Usía 
enteramente responsable; i del recibo de esta real 
orden, me dará Usía puntual noticia, para la de Su 
Majestad. 

«Dios guarde a Usía muchos años. Madrid, 13 de 
julio de 1776. 

<iJosé de Gálvez. 

«Al presidente de Chile» 

Dado el tenor de un mandato tan perentorio, se 
concibe fácilmente que don Agustín de Jáuregui 
exijiera con tono desabrido que el oidor nombrado 
por fuerza, partiera sin replicar con dirección a 
Cádiz. 



— 37 — 

El achacoso anciano se vio obligado a ponerse en 
marcha con su mujer, sus hijos i sus enfermedades 
a desempeñar un cargo que no había pretendido, ni 
quería ejercer. 

El 24 de abril de 1777, don Lorenzo Blanco Ci- 
cerón le reemplazaba en la fiscalía de la audiencia de 
Santiago. 

Don José Perfecto de Salas falleció en Mendoza 
camino de España. 



Visto el oficio reservado trascrito en el párrafo 
anterior, era evidente que don Manuel de Salas no 
habría podido salir airoso en el primer objeto de su 
viaje: la permanencia de su padre en Chile. 

El fracaso era inevitable. 

Don Manuel de Salas no se aquietó, sin embar- 
go, hasta que se pronunció sentencia absolutoria en 
el juicio secreto de residencia que se sustanciaba 
contra el asesor del virrei Amat. 

Logró así que se borrara el feo tizne que se había 
intentado echar sobre el rostro de su padre. 

Por lo demás, la promoción concedida a don José 
Perfecto de Salas sin que la solicitara, era un tes- 
timonio fehaciente de su buena conducta anterior. 

Ningún gobierno honrado nombra juez a un pre- 
varicador consuetudinario, como un galardón de sus 
concusiones, 



— 38 — 

Conviene consignar aquí que don José Antonio 
de Rojas, novio entonces, marido después de doña 
Mercedes de Salas, hija de don José Perfecto, pa- 
trocinó con mucho calor en la corte los intereses i 
causa de su futuro suegro. 

Don Manuel de Salas permaneció en España cer- 
ca de siete años. 

No consiguió tampoco el segundo objeto de su 
viaje: la consecución de un empleo. 



V 



Don Manuel de Salas regresó a Santiago fati- 
gado de pasos inútiles i de tentativas infructuosas 
para lograr un acomodo que le permitiese vivir con 
conveniencia i decoro. 

Solo había conseguido lavar la losa de la tumba 
donde reposaba su padre. 

Se susurraba por los maldicientes que don José 
Perfecto de Salas había dejado una cuantiosa he- 
rencia, producto de la concusión i del cohecho. 

¿Dónde estaba ese ponderado tesoro? 

Únicamente en la boca de los detractores del 
asesor del virreinato del Perú. 

La verdad es que don Manuel de Salas perma- 
neció en España hasta que fue llamado a Chile por 
su madre, que había perdido a su marido i dos hi- 
jos i casi todos sus recursos, i que le necesitaba 
para que viniese a atender a los pocos bienes que a 
ella le quedaban. (1) 



(1) Salas, R ¡presentación a l x, auiiencii de Ohile, fecha 19 de no- 
viembre de 1787. 



— 40 — 

Téngase presente que en aquella época los gas- 
tos de manutención .ascendían a mui poco. 

Voi a indicar algunos precios apuntados por el 
recién llegado. 

Una gallina valía un real. 

Un pollo, medio real. 

Un pavo, cuatro reales. 

Una docena de huevos, medio real. 

Un cordero, tres reales i medio. 

Una fanega de fréjoles, de nueve a quince reales. 

Una de lentejas, de ocho a doce reales. 

La carga de leña de espino con treinta i dos 
palos, tres reales. 

El salario de una criada, ocho reales mensuales; 
i el de una ama de leche, doce reales con la obli- 
gación de lavar la ropa del niño. 



Poco tiempo después de haber llegado a Chile, 
don Manuel de Salas se casó con doña Manuela 
Fernández Palazuelos. 

Hó aquí la partida de matrimonio: 

«En la ciudad de Santiago, el día 1 5 de febrero 
de 1786, el señor doctor don José Antonio Martí- 
nez de Aldunate, tesorero de esta santa iglesia, 
provisor i vicario jeneral de este obispado, habien- 
do dispensado las proclamas dispuestas por dere- 
cho, casó por palabras de presente, según el ritual 
romano a don Manuel de Salas, natural de esta 



— 41 — 

ciudad, hijo lejítimo del señor doctor don José 
Perfecto de Salas, del consejo de Su Majestad, fis- 
cal que fue de esta real audiencia, i provisto de 
oidor de la contratación de Indias de la ciudad de 
Cádiz i de la señora doña María Josefa Corvalán, 
con doña Manuela Fernández Palazuelos, natural 
de esta ciudad, hija lejítima del maestre de campo 
don Pedro Fernánez Palazuelos i de doña Josefa 
Aldunate Acevedo. Fueron padrinos el mismo don 
Pedro Palazuelos i doña María Mercedes de Salas. 
Testigos don Ignacio Irigarai, don Manuel de Al- 
dunate i don Fernando Sánchez. I para que conste 
lo firmo. 

(Doctor Nicolás Moran. Hai rúbrica». 

Los cónyujes tuvieron los siguientes hijos: Per- 
fecto, Pedro, Santiago, Manuel José, Antonia i 
Manuela. 



Don Manuel de Salas no podía limitarse esclusi- 
vamente a llenar su estómago, el de su madre i el 
de su mujer. 

La cosa no era tan difícil, como acabo de mani- 
festarlo. 

Picaba mas alto. 

Deseaba con ansia desempeñar algún papel es- 
pectable en su país, ponerse en aptitud de hacer el 
bien, dar a su familia la posición correspondiente. 

Había vuelto de España sin el destino que en 

6 



— 42 — 

vano había buscado afanosamente; pero con mu- 
chos i variados conocimientos, especialmente prác- 
ticos, adquiridos en el estudio del mundo, que ha- 
bían de ser en gran manera provechosos a su pa- 
tria. 

Anhelaba realizarlos. 

Esa noble aspiración le espoleaba para propor- 
cionarse un empleo que le redituara honra i pro- 
vecho. 

A pesar de tantas decepciones como había es- 
perimentado a este respecto, no desesperaba de 
conseguirlo. 

En un informe dirijido al rei por la audiencia de 
Chile en l.°de diciembre de 1787, el supremo tri- 
bunal decía al soberano: «que don José Perfecto 
de Salas fue fiscal en esta real audiencia, habiendo 
sido sus méritos ventajosos, dilatados i notorios, 
pues no solo sirvió en este reino, sino que hizo de 
asesor muchos años en el gobierno superior i vi- 
rreinato del Perú, contribuyendo al establecimien- 
to del de Buenos Aires, con los servicios mas im- 
portantes, que, como públicos, no los espone la 
audiencia; i que, además de lo dicho, el juicio, apli- 
cación a las letras, probidad con que se ha mane- 
jado el espresado don Manuel, i la triste situación 
a que se halla reducido por la falta de su padre, i 
tener a su cargo a su madre, le hacen acreedor a 
que la real clemencia de Su Majestad le confiera 
una plaza togada en alguna audiencia de estos do- 



43 — 



minios para en premio de los muchos servicios que 
tiene hechos». 



Los días se sucedían para don Manuel de Salas 
con una uniformidad soporífera: el sonido monóto- 
no del péndulo de un reloj. 

La ociosidad le enfermaba. 

Felizmente fue elejido rejidor del cabildo de 
Santiago. 

El presidente, gobernador i capitán jeneral de 
Chile, don Ambrosio O'Higgins, le nombró en se- 
guida superintendente de obras públicas. 

Esos dos cargos gratuitos le abrían una puerta 
para ejercitar su actividad infatigable. 



La tremenda avenida del Mapocho ocurrida el 
16 de junio de 1783 arrastró en su corriente ani- 
males, árboles, muebles, tapias, paredes, ranchos. 

Casi arrebató en sus turbias aguas a veinte i 
ocho monjas del Carmen de San Rafael. 

El malecón del río (tajamar como se le llamaba 
en Santiago) fue destruido en su mayor parte. 

Don Manuel de Salas se ocupó en reconstruirlo 
con arreglo a un plano levantado por un injeniero 
competente i a un presupuesto acordado por la au- 
toridad administrativa. 

Cumple a mi propósito insertar aquí el siguiente 



— u — 

trozo copiado del capítulo XV, tomo II, de la His- 
toria crítica i social ele la ciudad de Santiago es- 
criba por don Benjamín Vicuña Mackenna, para 
que se conozca el juicio que el brillante literato ha 
emitido acerca de este trabajo: 

«El ojo escrutador del presidente O'Higgins ha- 
bía descubierto dos hombres que correspondían 
admirablemente a sus deseos, para confiarles la rea- 
lización de aquella empresa (la reconstrucción del 
malecón), al uno como director científico, al otro 
como administrador de aquellas vastas faenas, que 
debían marchar con un ardor i un empuje nunca 
vistos. Los nombres de aquellos dos obreros del 
progreso, asociados esta vez en un negocio de bien 
comuna], se encontrarán siempre vinculados a cual- 
quiera de las empresas que hayan dado algún lus- 
tre a nuestra ciudad i procurado algún bienestar a 
sus habitantes. 

«Era el uno el del inmortal filántropo don Ma- 
nuel de Salas, el hombre mas profundamente revo- 
lucionario que encontró la República, porque atacó 
a la vez la materia i el espíritu inerte de la era i 
de la raza coloniales; i por esto, mas que ningún otro 
hombre civil de 1810, hízose acreedora al bronce 
su ínclita memoria. 

«Era el otro un artista italiano que en otra oca- 
sión ya hemos nombrado, i cuyo elojio podría re- 
sumirse en dos palabras: fue el creador de Santiago 
ídon Joaquín Toesca»). 



— i5 — 

Creo también oportuno trascribir el siguiente 
oficio, no publicado hasta ahora, pasado por don 
Manuel de Salas a don Ambrosio O'Higgins. 

Este documento manifiesta que el superinten- 
dente de obras públicas no era un simple mayor- 
domo en la reconstrucción del malecón. 

Muí Ilustre Señor Presidente. 

«En 14 de octubre del año pasado de 1791, se 
sirvió Usía nombrarme intendente de la necesaria 
obra de tajamares del río de esta ciudad i de los 
ojos del puente de ella que tanto tiempo hace se 
desean, proyecto que hoi debe al celo de Usía la 
confirmación de Su Majestad i un fondo con que 
verificarse. Inmediatamente empecé a ajitar el de- 
sempeño de esta confianza con todo el celo que me 
dictan el amor a mi país, mi propio honor i el de- 
seo de contribuir con este monumento a la gloria 
de un jefe que por tantos modos beneficia a esté 
reino. 

«Se ha logrado,, a esfuerzo de las oportunas pro- 
videncias de Usía, hacer un abundante acopio de 
materiales, herramientas i utensilios de buena cali- 
dad, i a los precios mas cómodos. Los subalternos 
indispensables que nombré, usando de las faculta- 
des que Usía me hizo el honor de darme, han ser- 
vido con aquella fuerza i actividad que exije una 
obra pública, i de que se les ha procurado dar 
ejemplo. Los sueldos asignados a éstos desde el 
director hasta los simples jornaleros, son los mas 



— 46 — 

cortos que sin duda se han visto en el reino, i tai- 
vez en parte alguna; i sin embargo sirven bien i 
gustosos. 

«Al conjunto casual de estas felices circunstan- 
cias, debe esta ciudad ver concluida, i en su total 
altura, una parte que es considerable para haber 
sido hecha en el primer año en que se empezó sin 
conocimiento del terreno, de los operarios i de los 
abastecedores de materiales, víveres, etc., i en que 
ha sido forzoso hacer otras obras que debían prece- 
der a la principal, como apartar el río i componer 
el camino. Esta tiene de largo ciento veinte varas 
castellanas; de altura, siete, comprendido un estra- 
do o cimiento de tres varas de ancho sobre que 
descansan los estribos; el espesor de la muralla, dos 
varas; i su distancia de estribo a estribo, cuatro 
varas, siendo el grueso de éstos el de vara i cuarta; 
i encima un pasamano de una vara de alto; asimis- 
mo hai hechas cien varas de cimiento, i muchas de 
escavación para otros. 

«Antes de poner la mano a esta obra, i para su 
acierto, entre otras cosas, consulté a Usía para que 
se sirviese declarar cuál de los planes que corren 
en los autos hechos por varios injenieros debía 
ejecutarse; i Usía, en una junta que mandó formar 
para esto, prescribió los materiales, dimensiones i 
lugar desde donde debía empezar a trabajarse, con- 
cluyendo con sujetar a mis débiles conocimientos 
las ocurrencias que no pueden preverse de antema 
no, i hacer aquellas variaciones que exijen las ocu- 



— 47 — 

rrencias. Con estas facultades, las luces que me 
han suministrado la esperiencia i observación, i 
consultando la solidez de la obra con preferencia a 
una escrupulosa adhesión a lo prevenido por la 
junta, se ha variado en la ejecución lo mandado, 
aunque no en parte sustancial; pero que influye en 
la economía i robustez. Todo se ha hecho después 
de mui meditado por el director don Joaquín Toes- 
ca, arquitecto aprobado por la Academia de San 
Fernando i alférez de ejército. 

«Mi anhelo de servir bien al público, i de desem- 
peñar la confianza de Usía, no se tranquilizará con 
esto; i así antes de continuar el trabajo me parece 
conveniente que, si Usía lo tiene a bien, mande 
reconocer lo hecho hasta aquí, i el método que se 
observa, con todo lo demás que le parezca, i deter- 
minar si debe continuarse en la misma forma, o no, 
i de este modo llevar en sus órdenes seguro el 
acierto i cumplimiento de mi obligación, que es 
asegurar a la ciudad i complacer a Usía. 

«Nuestro Señor guarde a Usía muchos años. 

«Santiago, 3 de setiembre de 1792. 

<íManuel de Salas». 



Don José Perfecto de Salas había alimentado 
hasta el fin de su vida la idea de que el rei había 



— i8 — 

de recompensar sus servicios con un título de Cas- 
tilla. 

Mas modesto que su padre, don Manuel insistió 
impertérrito en la pretensión de que se le confirie- 
se un empleo que le pusiese en situación de poder 
servir a sus conciudadanos. 

Léase el oficio en que el presidente, gobernador 
i capitán jeneral de Chile don Ambrosio O'Hig- 
gins apoyaba ante el ministro don Pedro Acuña 
la petición del distinguido pretendiente: 

«Excelentísimo Señor: 

«Don Manuel de Salas ha ocurrido con el memo- 
rial adjunto, acompañado de relación impresa de sus 
méritos propios i heredados, que ha puesto en mis 
manos, para que lo traslade a la superioridad de 
Vuestra Excelencia, solicitando sea colocado en 
plaza togada de alguna de las reales audiencias u 
otro ministerio de real hacienda de esta América. 
Siendo uno de los vecinos i rejidores de mejores cir- 
cunstancias de la ciudad de Santiago, creí convenien- 
te conferirle la comisión de superintendente de obras 
públicas, sin interés, conforme a la lei, en la que ha 
mostrado su honor, vijilancia i capacidad, propor- 
cionando considerables adelantamientos, con aho- 
rros i buena cuenta de los caudales aplicados para 
las fábricas que ha gobernado, entre las cuales es 
de la mayor importancia la de tajamares para res- 
guardo contra las avenidas del río Mapocho de 
esta capital, que se está actualmente ejecutando de 



— 49 — 

orden de Su Majestad. I uniendo a la bella literatu- 
ra, grados en jurisprudencia por la real universidad 
de San Marcos, i ejercicio de abogado de la real 
audiencia de Lima de que está adornado, su acredi- 
tada conducta en todos los cargos de república i 
administración de justicia que hasta ahora ha ob- 
tenido, i consta ser según espone en su representa- 
ción, le considero acreedor por su parte, i que el 
real servicio será bien desempeñado en cualquiera 
de los destinos propuestos en que Su Majestad se 
digne emplearle; i en consecuencia dirijo su recurso 
para que Vuestra Excelencia le dé el espediente 
que a su superior justificación le parezca mas arre- 
glado. 

Nuestro Señor guarde la importante vida de 
Vuestra Excelencia muchos años. Plaza de los 
Ánjeles, 6 de enero de 1793. 

«Ambrosio O'Higginis Vallenar. 
«Al excelentísimo señor don Pedro Acuña». 

El gobierno español espidió sucesivamente en 
favor de Salas dos decretos para que se le tuviera 
presente a fin de colocarle en algún destino de ha- 
cienda o de justicia. 

Los criollos llamaban chistosamente a las reso- 
luciones de esta clase hostias sin consagrar, porque 
la esperiencia había manifestado que solían no pa- 
sar de pura fórmula. 



— 50 — 

Nueve días después de firmado este informe, el 
municipio comisionó al rejidor don Manuel de Sa- 
las para que hiciera reparar el empedrado de las 
calles, que se hallase en mal estado. 

Léase el acta que copio a continuación: 

«En la muí noble i mui leal ciudad de Santiago 
de Chile, en 15 días del mes de enero de 1793 
años, los señores de este ilustre cabildo, concejo, 
justicia i rejimiento, estando juntos i congregados 
en la sala del ayuntamiento, como lo han de uso i 
costumbre, en cabildo ordinario, a saber los que 
abajo firmaron. — También acordaron que se comi- 
sionase al señor don Manuel de Salas para que in- 
mediatamente haga reparar los empedrados de las 
calles públicas que con el tiempo i tránsito de ca- 
rruajes se han descompuesto, antes que el invierno 
los acabe de arruinar, haciendo llevar cuenta por 
separado de sus costos; i que respecto de hallarse 
empleados todos los forzados condenados por las 
justicias al trabajo de obras públicas sin poder dar 
abasto a las tres considerables que hoi se están eje- 
cutando, podrá pagar jente libre. I para la aproba- 
ción de todo, haga el recurso que convenga al señor 
procurador jeneral de ciudad. I así lo acordaron i 
firmaron dichos señores, de que doi fe. José Ramí- 
rez. — Ramón Rosales. — José Miguel Prado. — Juan 
de Espejo. — Juan José de Santa Cruz. — José Teo- 
doro Sánchez. — Francisco Gutiérrez de Espejo. — 
Manuel de Salas. 



— 51 — 

«Ante mí don Andrés Manuel de Villarreal, 
escribano público, de cabildo i minas». 

La real audiencia resolvió como sigue en este 



negocio: 



«Vistos: de consentimiento del señor fiscal de Su 
Majestad, apruébase el acta capitular celebrada 
por el ayuntamiento en 15 de enero último; i en su 
conformidad el rejidor encargado de componer los 
empedrados de las calles lo ejecutará con los presi- 
diarios de la cadena, a cuyo efecto se les hará a los 
alcaldes la prevención oportuna para que celen i 
cuiden de recojer cuantos puedan, haciendo prime- 
ro que se limpien de las basuras e inmundicias que 
tienen, comenzando por las mas principales; i en el 
caso que sea preciso hacer algún gasto de los pro- 
pios por no poderse evacuar este encargo con el 
arbitrio indicado, calculará el costo de una de ellas, 
i lo hará presente. 

«Proveyeron el anterior auto los señores presi- 
dente i oidores de esta real audiencia; i lo rubrica- 
ron los señores del marjen en Santiago de Chile en 
6 de marzo de 1793 años, de que doi fe. Ahu- 
mada». 

Llama la atención que el supremo tribunal re- 
comendara a los alcaldes en su decreto que hicieran 
prender el mayor número posible de delincuentes 
solo para que ejecutaran gratuitamente el trabajo, 
i que indicara como una prevención digna de men- 
cionarse la de que se quitaran las basuras e inmun- 
dicias antes de proceder al empedrado, 



— 52 — 

Tomo también nota de la frase siguiente que 
viene en el informe del fiscal doctor Pérez de 
Uriondo: 

«Los lodos llegan a imposibilitar el tránsito de 
las jentes en todas aquellas calles que no se hallan 
bien empedradas. En el día, hai varias que están 
defectuosas». 



VI 



Una nube de tristeza, como una toca de luto, 
cubrió a la capital, mientras Chile vivió bajo el 
yugo de España. 

La autoridad civil tomaba el tono de la eclesiás- 
tica, imitándola en su rigorismo i austeridad. 

El capitán jeneral impartía sus órdenes desde su 
alto asiento, corno un sacerdote predica la moral 
evanjélica desde el pulpito. 

Véanse los tres primeros artículos del bando de 
buen gobierno promulgado por don Ambrosio 
O'Higgins el 19 de agosto de 1788; i tendremos 
el diapasón impuesto a las conciencias i a las cos- 
tumbres. 



«Que nadie sea osado con pretesto alguno de 
despreciar, o decir blasfemias contra Dios nuestro 
señor, la santísima virjen María, santos, personas 
i cosas sagradas, ni de cometer homicidios, robos i 
desacatos, evitando escándalos, pendencias, daños 



— M 



de terceros i cualquier jénero de delitos, para que 
todos vivan cristiana, honesta i pacíficamente, bajo 
las penas establecidas por las leyes. 



«Que todos estén obedientes a los reyes de Cas- 
tilla, nuestros señores, i al señor don Carlos III 
(Dios le guarde) actual reinante, como sus fieles 
vasallos, acatando sumisamente su augusto nom- 
bre i reales mandatos, i los de este superior gobier- 
no, real audiencia i demás jueces i majistrados, que 
representan la persona de Su Majestad i ejercen 
su jurisdicción real, sin maquinar, o murmurar 
pública ni secretamente contra ella, con apercibi- 
miento de que los contraventores serán juzgados 
como reos de estado i sufrirán las penas dispuestas 
por las leyes. 

3 

«Que, para precaver los graves males i delitos 
que facilitan i encubren la soledad i oscuridad de 
la noche a los mal intencionados, nadie se man- 
tenga arrimado a las puertas, paredes, esquinas o 
bocacalles, ni ande en cuadrilla o a deshora por las 
calles o paseos, recojiéndose todos a sus casas a 
las nueve en invierno, i a las diez en verano, ce- 
rrando a la misma hora sus cuartos i tiendas de 
mercancía, ventas u oficios, sin consentir en ellos 
bailes, canto ni otras diversiones ruidosas, pena de 



— 55 — 

ocho días de presidio o de arresto en cuartel, según 
los sujetos, al que se encontrase después, i si fuese 
hombre con mujer por treinta días, i a ella por 
igual tiempo de reclusión a la casa de recojidas, a 
menos que conste al juez, ronda o patrulla, ser per- 
sonas de honra, notoriamente conocidas, i de nin- 
gún modo sospechosas, o haber salido con motivo 
racional i prudente a dilijencia honesta i nece- 
saria» . 

Durante la época colonial, no existían espansión 
ni cordialidad en los moradores. 

De día, únicamente había en las calles sol i pol- 
vo en el verano; lluvia i lodo, en el invierno. 

Raros transeúntes, como los náufragos de que 
habla Virjilio, interrumpían el silencio i la soledad. 

De noche, se tocaba la queda para que tocios se 
recojieran a sus casas, como si se viviera en una 
plaza sitiada. 



Don Manuel de Salas formo el primer paseo 
público, digno de este nombre, que hubo en San- 
tiago; i organizó un juego de pelota para propor- 
cionar un pasatiempo a la juventud. 

Quiso construir un establecimiento de baños, don- 
de la población habría encontrado limpieza, refri- 
jerio, salud. 

La hijiene estaba mui descuidada en la ciudad. 

Es estraño que don Ambrosio O'Higgins hable 
de paseos en su bando de buen gobierno, a no ser 



— 56 — 

que designase con este vocablo las aceras de las 
calles principales, el ámbito de la plaza, el puente, 
la Alameda Vieja. 

El hecho es que don Manuel de Salas afirma ha- 
ber formado un paseo de que carecía Santiago, i 
asevera que sufrió por ello la censura de personas 
caracterizadas. 

Léase el pasaje en que consigna tal aserto: 

«Desde que se puso a mi cargo la fábrica de los 
tajamares, no solo dediqué todo mi conato a procu- 
rar su robustez, economía i hermosura, sino a ase- 
gurar su conservación. Para unir lo útil alo agrá 
dable i aprovechar las proporciones que presentaba 
el terreno inmediato, formé una alameda o paseo, 
de que carecía esta capital. A pesar de la univer- 
sal concurrencia que tomaba ya por una aprobación 
solemne, sufrió la censura de personas caracteri- 
zadas, i aún de la autoridad pública, hasta que, pa- 
sados aquellos ataques, que siempre sufre todo lo 
bueno, especialmente si es nuevo, no solo subsiste 
con aprecio, sino que se han ordenado costos de 
consideración para mejorar una obra que hice fur- 
tivamente i contra la voluntad de muchos. 

«En medio de la estéril satisfacción de haber ser- 
vido a mis conciudanos, preveía que la obra princi- 
pal i las que eran accesorias habían necesariamente 
de destruirse, si se abandonaban a su propia fuerza. 
Me ofrecían comprobantes de este recelo los frag- 
mentos de muchas obras que ya no existen i algu- 
nas que se hallan deterioradas i marchan a la ani- 



— 57 — 

quilación. Estas armargas ideas afectas al celo ver- 
dadero, las radicaba la funesta esperiencia de lo que 
es tener la jenerosidad de continuar trabajos ajenos. 
Prefiriendo la modesta e interior complacencia de 
hacerme olvidar después, a la de ser propicio a la 
excecrable gloria de hacerme creer necesario cuando 
con mi falta perezcan mis obras, únicamente he 
cuidado de ponerlas a cubierto de tal riesgo. Para 
ello, era forzoso establecer algún arbitrio justo, cu- 
yo producto se invierta constantemente en su repa- 
ro i adelanto. Así, sin gravarse de nuevo los cau- 
dales públicos, lograría este pueblo la seguridad 
de un lugar de concurrencia, tan necesario a la ci- 
vilidad i a evitar diversiones nocivas. 

«Ni mis deseos, ni tos conocimientos de personas 
sensatas i bien intencionadas que consulté, pudie- 
ron presentarme un pesamiento exento de incon- 
venientes ni mas adecuado, que el que tuve el ho- 
nor de indicar a Vuestra Señoría, cuya bondad lo 
adoptó. Se redujo a que con los capitales de cen- 
sos existentes en arcas, i los que se redimiesen en lo 
sucesivo, se costeasen unos baños i un juego de 
pelota público en la plazuela llamada del Basural, 
con lo que se conseguiría conservar los tajamares i 
paseo, asegurar unos caudales que cada día se gub- 
dividen i pierden, i convertir un lugar que solo sirve 
de muladar i escondrijo de malhechores en un pun- 
to de recreo i unión de jentes que, por carecer de 
motivos de juntarse en público, se emplean en vi- 
cios i preparan asechanzas a la virtud. Los líanos 

8 



— 5S — 

traerían el aseo i la salud en un clima seco i ar- 
diente, donde se hacen demasiado comunes las do- 
lencias que nacen de estos principios. El juego de 
pelota presentaría a la juventud fogosa un ejerci- 
cio de sus fuerzas i ajilidad, i una inocente diver- 
sión preferible al mate, naipe, dados, rameras i 
vino: entretenimiento jeneralmente adoptado en 
todo el mundo culto, i tanto que no hai una ciudad, 
i cuasi no hai un buen colejio de la Europa ilus- 
trada i algunos de América, donde no se fomente 
con estudio esta diversión o alguna semejante. 

«Para realizar Usía este designio, interpeló la 
aprobación de la real audiencia, presentando por 
órgano del procurador jeneral el plano i presupues- 
tos. Este supremo tribunal mandó rectificarlo, lo 
aprobó i lo devolvió a Usía para que lo hiciese eje- 
cutar por la persona en quien concurriesen el celo 
i actividad necesarios. Usía se sirvió encargármelo, 
porque encontró en mí estas cualidades, o por la 
casual circunstancia de tener a mi cuidado la obra 
del tajamar que proporcionaba el ahorro de mayor- 
domo, sobrestantes, la fatiga de acopiar materiales 
i el empleo de los escombros de aquélla. 

«Como las murallas de los baños debían elevarse 
sobre el tajamar o propiamente ser una continua- 
ción de éste, se había necesariamente de esperar a 
concluir la una para empezar la otra; i por eso, no 
pudiendo ponerse mano en esta parte del proyecto, 
se trató desde luego de trabajar en la que permitía 
el estado de las cosas, cual era el juego de pelota. 



— 59 — 

Se trazó con arreglo a las mejores noticias que pu- 
dieron adquirirse de personas que habían frecuenta- 
do las ciudades de España, donde son mas comunes 
estos entretenimientos. Necesitando el muro que 
hace fondo de un estribo para su seguridad, se puso 
en lugar de una masa grosera un nicho de buena 
arquitectura que decorase la obra i presentase a la 
entrada jeneral de la ciudad un objeto que minis- 
trase a los viajantes una idea ventajosa que los 
previniese favorablemente. Allí se ha hecho una 
fuente, que abastece el barrio de agua limpia: se 
halla construida una gran parte de la cañería. Es- 
tán haciéndose unos asientos dobles que sirvan al 
mismo tiempo para consumir los fragmentos inúti- 
les, de comodidad a los concurrentes, i de defensa 
a los árboles, que sin costo alguno han de cuadrar 
la plaza i amenizar aquel sitio asqueroso i perju- 
dicial. 

«Debiendo preverse todos los accidentes que al- 
cance la prudencia, i precaver las ocurrencias que 
pueden sobrevenir, he tenido presente que, a pesar 
de la afición que se nota a esta clase de juego i de 
la concurrencia que se ha esperimentado en alguno 
que hubo, sin embargo de ser defectuoso i estar 
mal situado, con todo, podría mui bien no haberla 
éste, o si se verificase, podría decaer por alguna de 
las muchas causas posibles e inevitables. Para que, 
en este caso, no quede inutilizado el gasto i frus- 
trados los fines con que se ha hecho la obra, se ha 
construido de manera que pueda facilísimamente 



— 60 — 

tener otros destinos igualmente útiles. Hablando 
en términos del arte: este es un edificio hecho con 
doble o triple intención. Su tamaño i colocación lo 
proporcionan para convertirse en teatro, i entonces 
escusaría la mitad del gasto. Igualmente puede, 
i con mas facilidad, servir para casa de gallos i 
aumentar los productos que tiene este arbitrio, los 
que disminuyen el alquiler del sitio donde hoi se 
juega. También está dispuesto de modo que pueda 
techarse, dividirse, i formarse así una vivienda do- 
ble i fuerte para custodiar en ella a los reos conde- 
nados a la cadena, que siempre necesita mantener 
la ciudad, para lo que antes arrendaba un edificio 
de San Pablo en cuatrocientos pesos anuales, i hoi 
tiene otro que mui luego deberá dejar a su dueño 
que lo reclama. Para esto, se han dejado huecos, 
aunque tapados, para puertas i ventanas. Si se cre- 
yese conveniente destinarlo a una recova, sería una 
providencia útil, i su ejecución fácil i de poco cos- 
to, i sus productos tan considerables, como el alivio 
que traería al público que la desea». 

Es de sentir que un estadista tan notable como 
don Manuel de Salas admitiera, entre los estable- 
cimientos propios de una ciudad, un reñidero de ga- 
llos, i todavía que lo pusiera en la misma línea que 
un teatro. 

Un reñidero de gallos no podía ni debía ser in- 
dicado por un filántropo como un espectáculo lí- 
cito. 



— 61 — 

«Por esta misma época (dice don Benjamín Vi- 
cuña Mackenna en el capítulo 17, tomo II, de su 
Historia crítica i social de la ciudad de Santiago) 
el ilustre don Manuel de Salas, cuyo civismo se ve 
brillar desde el pavimento de las calles públicas 
hasta las mas altas concepciones de la filantropía i 
de las libertades nacionales, gastó de fondos muni- 
cipales ochocientos treinta i nueve pesos en allanar 
i empedrar el contrafuerte de Santa Lucía, que se 
llamaba entonces Alto del molino, por el que allí 
había puesto uno de los compañeros de Valdivia i 

que hoi continúa llamándose Alto del puerto 

Desde entonces, i no antes, quedó comunicada la ca- 
lle de la Merced con la alameda de los tajamares». 

El paseo formado por don Manuel de Salas era 
en estremo variado i pintoresco. 

A cada paso dado en el malecón, el campo si- 
tuado en la marjen del Mapocho presentaba un 
paisaje diferente: ya una choza, ya un molino, ya 
un cortijo, que aparecían entre las arboledas i huer- 
tas, como nidos ocultos en medio del follaje. 

En lontananza, se destacaban al oriente los co- 
losales Andes coronados de nieve i nubes, que co- 
locaban sobre sus cabezas magníficos turbantes de 
seda i gaza blanquísimas. 

Mientras tanto, el río que corría a los pies, des- 
lizándose entre las guijas, hacía resonar una or- 
questa dulce, aunque monótona, como la canción 
de una madre que arrulla a un niño en sus brazos. 

Creo que el lector leerá con gusto la descripción 



— 62 — 

que de este paseo trazaba en noviembre de 1843 el 
distinguido literato don José Victorino Lastarria: 
«No ha muchos años, en una tarde de octubre, 
me paseaba sobre e\ malecón del Mapocho, go- 
zando la vista del sinmúmero de paisajes be- 
llos que en aquellos sitios se presentan. La na- 
turaleza en nuestra primavera ostenta con profu- 
sión todos sus primores, i parece que desarrolla 
ante nuestros ojos su magnífico panorama con la 
complacencia de una madre tierna que presenta 
sonriéndose un dijecillo al hijo de su amor. El Ma- 
pocliQ ofrece en sus márjenes mil delicias que le ha- 
cen recordar a uno con pena aquellas bellas ilusio- 
nes que se forma en sus primeros amores. Aquí 
aparece el aspecto duro i melancólico de una ciudad 
envejecida, cuyos edificios ruinosos están al desplo- 
marse; a lo lejos, una confusa aglomeración de edi- 
ficios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el 
puente grande del río, que se ostenta majestuoso i 
soberbiamente sentado sobre sus formidables co- 
lumnas. Allí multitud de grupos de árboles floridos, 
que a veces se confunden con los lijeros i blancos 
vapores que se elevan de las aguas. Allá intermi- 
nables corridas de álamos de color de esmeralda, 
cortadas a trechos por el lánguido sauce i por otros 
arbolillos que contrastan sus matices verdinegros 
con el triste amarillo del techo de las chozas. De 
entre las demás arboledas, se ven salir en direccio- 
nes curvas i varias las columnas del humo del ho- 
gar. Los niños triscan en inocente algazara sobre 



— 63 — 

las arenas del cauce; el pastor desciende con su 
blanco rebaño por las laderas del San Cristóbal, i 
se pierde de repente tras de las peñas o arbustos 
que se encuentran al paso. I en medio de estas 
rústicas escenas, se oye la armonía universal de la 
naturaleza, que se despide de la luz del día, i se 
confunde a la distancia con el sordo bullicio de la 
ciudad. ¡Oh encanto del Mapocho! ¡Cuántas veces 
habéis henchido mi pecho del regocijo mas puro! 
¡Cuántas veces habéis ahuyentado de mi corazón 
penas acerbas! Yo derramaría lágrimas de ternura, 
si estando separado de mi patria, me asaltara el re- 
cuerdo de esaí escenas de simple rusticidad en el 
centro de la cultura de un pueblo». 



VII 



Durante mucho tiempo, no hubo en la América 
Española mas que dos consulados: uno en Méjico i 
otro en Lima. 

Por una real cédula datada en Aranjuez a 26 
de febrero de 1795, Carlos IV estableció otro en 
Santiago de Chile. 

La nueva institución era un enjendro anómalo: 
un cuerpo con dos cabezas. 

Estaba compuesta de un tribunal de justicia i de 
una junta económica. 

El tribunal debía sustanciar i fallar breve i suma- 
riamente las causas mercantiles. 

La junta estaba encargada de la protección i 
fomento del comercio, del adelantamiento de la 
agricultura, de la mejora en el cultivo i beneficio 
de los frutos, de la introducción de las máquinas i 
herramientas mas ventajosas, de la facilidad en la 
circulación interior, debiendo comunicar al sobera- 
no lo que estimase digno de su noticia i proponerle 

9 



— 66 — 

las providencias que le dictase su celo en favor de 
la agricultura, industria i comercio del país. 

Carlos IV nombró síndico del consulado a don 
Manuel de Salas. 

Sus obligaciones estaban especificadas en el ar- 
tículo 52 de la cédula de erección. 

Debía promover el bien común del comercio i 
de la corporación, asistir a todas las sesiones jene 
rales o particulares, pedir la esclusión de las perso- 
nas que no tuvieran derecho de concurrir, velar 
para que la cédula mencionada se cumpliera estric- 
tamente, elevar las representaciones i protestas 
correspondientes por su infracción, etc. 

El ejercicio del cargo duraba dos años. 

El titular saliente no podía ser reelejido para el 
bienio inmediato. 



Don Manuel de Salas consideraba que la ins- 
trucción era tan indispensable en la sociedad, como 
el riego en la agricultura, las herramientas en la 
industria, el carro o la nave en el comercio. 

Así el primero de los grandes males que trató 
de remediar fue la crasa ignorancia que siempre 
había habido en Chile, donde se desconocían hasta 
las nociones mas rudimentales de las ciencias a 
cuya aplicación se deben los progresos de la agri- 
cultura, de la minería i de la industria. 



— 67 — 

Por muchos años, la enseñanza, que solo se daba 
en los claustros de las comunidades relijiosas, había 
sido esclusivamente eclesiástica. 

La instrucción pública, sostenida por el estado, 
fue mandada establecer por la real cédula de 28 de 
julio de 1738, que fundó la universidad de San 
Felipe, la cual tardó en inaugurarse hasta el 10 de 
enero de 1747, sin abrir todavía sus aulas, que 
principiaron a funcionar, i no todas, en enero 
de 1758. 

Posteriormente por real cédula de 4 de setiem- 
bre de 1769, se ordenó que se creara, para la edu- 
cación de los jóvenes nobles, i costeado por ellos, 
el colejio de San Carlos o Carolino. 

A estos dos se reducen los establecimientos lai- 
cales de instrucción pública sostenidos, o mejor 
dicho, autorizados por el gobierno, que existían en 
Chile. 

Lo que en ellos se aprendía, era lo mismo que 
se enseñaba en los conventos i en los seminarios: 
primero el latín, no para leer los clásicos romanos 
o los padres de la iglesia, sino para poseer la jerga 
macarrónica de las controversias escolares; i en 
seguida, todas las sutilezas i puerilidades de la 
teolojía escolástica. 

Se habían abierto además, tanto en la universi- 
dad, como en el Colejio Carolino, cátedras de de- 
recho. 

Las constituciones de la universidad habían 



— 68 — 

mandado plantear también cursos de matemáticas 
i de medicina. 

Dejaré a don Manuel de Salas el encargo de es- 
plicar lo que fue la enseñanza de las matemáticas 
en aquel instituto. 

«Desde la erección de la cátedra de matemáticas 
de la universidad (decía éste en un informe al pre- 
sidente) apenas ha tenido unos momentáneos tiem- 
pos de ejercicio, que jamás han comprendido un 
curso, a pesar de los esfuerzos del supremo gobier- 
no, siendo principalmente causa la falta de oyentes: 
i tanto que por eso al misino administrador que la 
obtenía, se le suspendió el sueldo algunos años 
hace; i puesto ahora en su arbitrio enseñar o de- 
jarla, elijió este último estremo». (1) 

Escusado es advertir que lo que sucedía respecto 
de la cátedra de matemáticas, se verificaba respec- 
to de la de medicina. 

Para acabar de bosquejar lo que era la primera 
institución docente de Chile durante la época colo- 
nial, me bastará decir que, mientras no había ni en 
la universidad de San Felipe, ni en todo el país, 
una sola clase de idioma patrio, o de francés, o de 
inglés, se había mandado fundar en ella una de 
araucano, cuyo profesor, según se presumirá, per- 
cibía el sueldo, pero sin haber tenido jamás alum- 
nos a quienes enseñar. 

(1) Salas, Informe al presidente sobre la academia de Sm Luís, fecha 
18 de setiembre de 1801. 



— 69 — 

Por lo espuesto, se verá que aquella universidad, 
mal organizada como estaba, existía todavía mas 
en el papel, que en la realidad. 

Queriendo poner término a una ignorancia tan 
estremada, principal causa del atraso i miseria del 
país, Salas se arrogó el cargo de ministro de ins- 
trucción pública; i en calidad de síndico del consu- 
lado, sin otra autoridad de ninguna especie; sin 
recursos que destinar a la ejecución de su gran 
pensamiento, se empeñó en llevar a cabo, a fuerza 
de actividad i de constancia, imponiéndose todo 
linaje de sacrificios, lo que ni el monarca ni sus 
ajentes habían pensado jamás en practicar para 
bien del pueblo chileno. 

El 1.° de diciembre de 1795, elevó una Repre- 
sentación a los señores de la junta de gobierno del 
consulado para demostrar la necesidad de estable- 
cer la enseñanza pública de la aritmética, jeometría 
i dibujo, si se quería fomentar la industria i el co- 
mercio. 

Este testimonio auténtico de no haberse enseña- 
do nunca en la capital unos ramos tan elementales, 
es el documento mas espresivo que pudiera exhi- 
birse de la estremada ignorancia en que Chile es* 
taba sumido. 

«Convencido de esta verdad (la falta que hacía 
la enseñanza de la aritmética, jeometría i dibujo), 
decía Salas en su memorial, creo de mi obligación 
proponer los medios de ocurrir a este defecto, es- 
perando Usías abracen con gusto una ocasión de 



— 70 — 

ser sólidamente benéficos. Esto lo conseguirán des- 
tinando la sala inmediata al tribunal, que, durante 
el día solo sirve de recibimiento, o antesala, para 
que en ella oigan a principio de la noche lecciones 
de estas tres partes de las matemáticas los alumnos 
que quieran, sin mas gasto que el del papel. Así se 
iniciarán en unos elementos que convienen a todas 
las profesiones, i absolutamente necesarios para las 
ciencias exactas, en las horas que, cuando no se 
emplean mal, se desperdician dedicándolas al ocio, 
que hace frecuentemente inútiles, i aun perjudicia- 
les, las mas excelentes cualidades. 

«Dos requisitos necesarios, cuya falta podría 
detener la ejecución de este rasgo de amor al pú- 
blico de Usías, que son maestro i modelos, los hai 
por felicidad: el primero es don Joaquín Toesca, 
arquitecto aprobado por las academias de Roma i 
San Fernando, cuyo talento es notorio; i los mode- 
los completos los tengo, i ofrezco darlos graciosa- 
mente. 

«El costo para colocarlos, i el de bancos, mesas 
i candeleros, ha de ser corto; el de luces i salario 
del maestro subirá a seiscientos pesos anuales; i 
puede hacerse del fondo del consulado, pues a éste 
difícilmente se le encontrará empleo mas conforme 
a su destino. Estoi seguro de que la benignidad 
del rei lo aprobará, talvez mandando se costee de 
otro ramo, atendida la escasez de éste; i para el 
caso de que uno u otro no suceda, me obligo a 
reintegrar cuanto se haya consumido hasta el día 



— 71 — 

que llegue la noticia de la real voluntad; i si aún 
así ocurre alguna dificultad, pueden Usías mandar 
hacer el gasto del salario que me corresponda como 
síndico, a que añadiré la cantidad en que éste sea 
alcanzado. Para verificarlo, se servirán Usías man- 
dar se tenga de todo una prolija cuenta, i elejir un 
sujeto que cuide particularmente de llevar a efec- 
to esta empresa, o dividir la atención de ella entre 
varios, o como lo tengan por mas conveniente, 
precediendo a todo la licencia del supremo go- 
bierno». 

Las palabras que dejo copiadas, son curiosas, no 
solo porque manifiestan del modo mas espléndido 
el admirable i desinteresado patriotismo de Salas, 
sino también porque hacen ver la pobreza de los 
recursos para la difusión de las luces con que con- 
taba durante el período colonial un país que medio 
siglo después había de llegar a ser el mas aventaja- 
do de la América española por el sistema estable- 
cido de instrucción pública.' 

La junta de gobierno del consulado se negó a 
convertir por la noche su antesala en clase de arit- 
mética, jeometría i dibujo; i a destinar al sueldo de 
profesor i gasto de alumbrado la suma anual de 
seiscientos pesos. 

Sin embargo, la repulsa fue mui suave en la for- 
ma, pues calificó el proyecto de laudable, aunque 
inadmisible por entonces a causa de que las entra- 
das del consulado aún no sufragaban a la moderada 
dotación de sus empleados. 



— 72 — 

«I aunque por dicho síndico se apunta el arbitrio 
de que está llano a ceder la renta que se le asigna- 
se para el pago del perito que haya de destinarse 
a dicha instrucción (concluía la resolución de la 
junta), siendo su empleo temporal, vendría a suce- 
der que el nuevo entable quedase en los principios, 
porque acaso el que se subrogase en el sindicato 
para la próxima elección, no asienta a ceder su ho- 
norario en obsequio de dicho entable, sin que por 
ello la junta se desdeñe de dar, como da, al síndico 
las gracias del interés que manifiesta en el progre- 
so i adelantamiento del comercio, no reparando en 
propios desembolsos. Aumentado que sea el fondo 
del cuerpo, se tendrá presente tan loable empresa, 
para lo que no será fuera del caso premedite el sín- 
dico los medios oportunos a la asecución de este 
intento, promoviéndolos en la forma que corres- 
ponda». 



Don Manuel de Salas apeló del consulado ante 
el rei el mismo día 12 de enero de 1796, en que se 
negó lugar por ahora a su solicitud. 

La resolución del monarca consta del siguiente 
oficio, fechado en San Ildefonso a 24 de julio del 
año mencionado, que el ministro don Diego de Gar- 
doqui pasó al reclamante: 

«Enterado el rei de lo que usted espone en su re- 
presentación de 12 de enero próximo pasado, en 
que da cuenta de haber propuesto a la junta de go- 



— 73 — 

bienio el establecimiento de una escuela de aritmé- 
tica, jeometría i dibujo, i que no ha condescendido 
a este útil proyecto por falta de caudales, reserván- 
dolo para mas adelante, se ha servido resolver que 
el consulado lleve a efecto dicho establecimiento, 
luego que sus fondos alcancen a satisfacer el gasto, 
después de cumplidas sus cargas indispensables, a 
cuyo fin ha espedido con esta fecha la real orden 
correspondiente; i lo participo a Usted para su in- 
telijencia i satisfacción. 

«Dios guarde a usted muchos años. 

«Diego de Gavdoquh. 

Sustancialmente, la resolución era la misma, bien 
que redactada con otras palabras. 

El consulado calificaba el proyecto de loable i el 
monarca de útil; pero se postergaba su ejecución 
para el día en que hubiera dinero con que costearla. 

Lejos de desalentarse por el aplazamiento, el pro- 
motor de la idea insistió en llevarla a cabo. 

Mas todavía. 

Dio a su plan un desenvolvimiento mayor. 

En vez de una escuela nocturna reunida en la 
antesala del consulado, trató de fundar un estable- 
cimiento permanente que tuviera un hogar propio 
i adecuado. 

A fin de realizar su propósito, golpeó a la puer- 
ta de tres corporaciones importantes: el cabildo, el 
consulado i el tribunal de minería. 

10 



— 74 — 

Está escrito: busca i encontrarás. 

EJ ayuntamiento ofreció un auxilio de cuatro- 
cientos pesos anuales al establecimiento en cierne, 
a condición de que se abriera en él una clase de 
idiomas. 

El siguiente trozo del informe en que el procu- 
rador de ciudad don Joaquín Rodríguez de Zorrilla 
apoyó la idea de Salas, es bastante notable, entre 
otros motivos, porque testifica que la opinión de 
que Chile no era nada, m i de que podía ser mucho, 
había cesado de ser la utopia de un solo individuo. 

«Se me atropellan, decía Rodríguez de Zorrilla, 
las diversas especies de imponderables ventajas que 
se siguen precisamente, verificándose el gran pro- 
yecto de que se establezca la escuela de que se tra- 
ta. Su autor es acreedor a que se le levante una 
estatua, pues es el único i el primero que, manifes- 
tando aquí su patriotismo, se ha empeñado en faci- 
litar un camino por donde podamos salir de la inu- 
tilidad i necesidad en que vivimos, capaz por sí solo 
de hacernos felices a nosotros i nuestra posteridad. 

«Tenemos la dicha de haber nacido en un país de 
los mejores del mundo, un país en que nada nos 
falta, en que la misma abundancia nos es perjudi- 
cial, i en que, por falta de industria i de principios, 
no hemos podido hasta ahora remediar este perjui- 
cio i aprovecharnos de aquella gran felicidad. 

«Las naciones mas cultas que han logrado mucho 
menos proporciones, el modo que han hallado de 
aprovecharse de ellas, i de disfrutar mas comodida- 



— 75 — 

des que nosotros, no ha sido otro que el de procu- 
rar a su juventud una educación a propósito para 
emprender por reglas i principios todas las artes i 
oficios de que es un hombre capaz. Esto es lo mis- 
mo que en el día se trata de entablar a beneficio de 
la nuestra. Debemos prometernos adelantamientos 
mui grandes; porque, a mas de ser ella de la mas 
bella disposición para este objeto, tiene en este ex- 
celente país un espacioso campo en que puede mui 
luego manifestar su aprovechamiento, i hacernos 
sentir la utilidad i ventajas que traen consigo estos 
benéficos establecimientos». 

El fervoroso apóstol de la enseñanza supo desper- 
tar igualmente el entusiasmo de la corporación de 
que era síndico, la cual al principio había rehusado, 
como se ha visto, prestar una pieza de su depen- 
dencia para que la escuela funcionase. 

Volviendo ahora sobre sus pasos, el consulado 
prometió una asignación de mil pesos anuales para 
que ella pudiera instalarse en casa propia. 

Solo la junta de minería, la mas rica de las cor» 
poraciones indicadas, se negó a erogar la subven- 
ción de mil pesos, que se le pedía, aunque por sus 
estatutos estaba obligada a sostener un colejio de 
minería, que jamás había pensado en fundar. 

El presidente, gobernador i capitán jeneral de 
Chile don Gabriel de Aviles acojió con favor el 
proyecto de Salas, 

Este personaje agregaba a su apellido el título 



— 76 — 

de marqués; pero compadecía al pueblo, i deseaba 
sacarlo de su postración i miseria. 

En su sala de recibo, había colgado un cuadro pin- 
tado al óleo que representaba a Adán cavando la 
tierra después de su espulsión del paraíso. 

Al pie del lienzo, había hecho colocar la siguien- 
te inscripción: 

De este destripaterrones 
descienden los señorones. 

El 6 de marzo de 1797, el noble magnate ordenó 
que se abriese la escuela propuesta de aritmética, 
jeometría i dibujo bajo la denominación de Acade- 
mia de San Luís en obsequio de la reina de España 
María Luisa, mujer de Carlos IV; se declaró pro- 
tector del establecimiento; le asignó por renta los 
mil pesos ofrecidos por el consulado i los cuatro- 
cientos acordados por el cabildo; mandó que se re- 
presentara al rei la justicia de que la junta de mi- 
nería, mientras no fundara el colejio a que estaba 
obligada, contribuyese con algo para el nuevo ins- 
tituto, que podía preparar a los jóvenes para apren- 
der científicamente la mineralojía i metalurjia; i en 
fin, nombró por director de la academia a don Ma- 
nuel de Salas, «en quien concurrían las circunstan- 
cias necesarias, con la de ser individuo de los dos 
cuerpos contribuyentes, i considerando que ningu- 
no podía ser mas a propósito para promoverla, que 
el mismo que la había ideado, propuesto i obtenido 
de la bondad del soberano». 



~ 77 — 

Para lograr que aquel plan tan humilde fuera 
mandado ejecutar, había necesitado Salas quince 
largos meses de un empeño diario, constante, in- 
fatigable, yendo como pretendiente porfiado del 
consulado al cabildo, del cabildo a la junta de mi- 
nería, de la junta de minería al presidente del rei- 
no, del presidente al monarca; volviendo en se- 
guida a recorrer de alto a bajo la misma escala de 
autoridades con solicitudes i demostraciones; i te- 
niendo en tan fatigoso viacrucis, que halagar el 
amor propio de uno, que responder a la necedad 
del otro, que apelar al patriotismo de éste, que po- 
nerse serio con aquél, en una palabra, que recurrir 
a toda especie de insinuaciones i de esfuerzos. 

I tantos pasos ¿para qué eran? 

Para conseguir que se planteara una escuela cu* 
yo sostenimiento demandaba un gasto anual de 
solo dos mil trescientos setenta i cinco pesos. 

Todavía al fin de aquellos quince meses, todo lo 
que había obtenido era el decreto del presidente 
Aviles, que acabo de mencionar, el cual, como va- 
mos a verlo, era únicamente el principio del prin- 
cipio. 

Quizá haya quien considere demasiado prolija 
mi narración; pero continuaré dando detalles mi- 
nuciosos, porque los juzgo indispensables para pin- 
tar el atraco estremado de aquella época i la per- 
severancia heroica de don Manuel de Salas. 

Verdaderamente merece admiración la grandeza 
de ciertos hombres en medio de tantas pequeneces. 



- 78 — 

Estaba el promotor de la academia de San Luís 
tratando de establecerla lo mejor que se pudiera, 
aunque solo contaba para ello con los mil cuatro- 
cientos pesos ofrecidos por el cabildo i consulado, 
cuando la segunda de estas corporaciones espuso 
que, en atención a haberse disminuido sus entra- 
das por la guerra declarada entre España e Ingla- 
terra, no podía por entonces entregar la cantidad 
que había prometido. 

Sin embargo, este inesperado contratiempo no 
amilanó al inquebrantable Salas, quien resolvió 
abrir luego la academia del modo que fuese posible, 
2 con las únicas clases de gramática i dibujo. 

«Se creyó ser necesaria la cantidad de mil qui- 
nientos pesos por una sola vez i de dos mil tres- 
cientos setenta i cinco pesos por año que se calculó 
para su plantificación i mantenimiento (decía en la 
solicitud que dirijió con este objeto al presidente 
Aviles), i solo hai efectiva la moderada de cuatro- 
cientos pesos cada año, que franqueó el ayunta- 
miento. Con esta sola, puede ponerse en planta la 
escuela, invirtiendo la asignación del primer año en 
costear mesas, bancos, colocación de modelos i de- 
más necesario, obligándome yo a satisfacer los sala- 
rios de los maestros de dibujo i gramática, i alqui- 
ler de la casa, mientras Su Majestad, informado de 
la necesidad, estado i facilidad del establecimiento, 
se sirve proveer a su subsistencia por los medios 
que presenta el espediente. Cuando llegue la de- 
terminación favorable (de que no dudo), ya las 



79 



jen tes habrán sentido las ventajas, i no se dejarán 
alucinar por los interesados en frustrarlas; i yo me 
compensaré de los suplementos i pequeños sacrifi- 
cios que haga al bien jeneral». (1) 



Habiendo sido aceptada el 17 de junio por el 
presidente Aviles la indicación anterior, se instauró 
la academia el 18 de setiembre de 1797 en una ca- 
sa de la calle de San Antonio, situada al frente de 
la habitación de Salas ; que al decir de éste era ade- 
cuada entre las raras de arriendo que se presenta- 
ban, i le proporcionaba la gran ventaja de faci- 
litarle una asistencia inmediata i frecuente al 
establecimiento. (2) 

Tuvo desde luego tres clases: una de primeras 
letras según el método adoptado en la corte i sitios 
reales; la segunda de gramática latina i castellana; 
i la tercera de dibujo. 

Entiendo que aquella fue la primera vez que hu- 
bo en Chile enseñanza pública de la lengua patria. 

Era tanta la escasez de hombres de alguna ins- 
tracción en cualquier ramo, que la clase de dibujo 
no habría podido abrirse si por casualidad no hu- 



(1) Salas, Representación al presidente de Chile, fecha 28 de mayo de 
1797. 

(2) Salas, Informe al presidente interino don José de Santiago Con- 
cha, fecha 10 d abril de 1801. 



— 80 — 

biera llegado un profesor italiano, don Martín 
Petri. 

Por lo que tocaba a las matemáticas, el mismo 
Salas declaraba que, aún habiendo habido fondos, 
habría sido imposible comenzar su enseñanza por 
falta de maestros. (1) 

En 31 de enero de 1793, el rei tuvo a bien apro- 
bar la fundación de la academia de San Luís, 
ordenando que para su sostenimiento dieran anual- 
mente: rail pesos la junta de minería; mil, el con- 
sulado; i cuatrocientos, el cabildo de Santiago. 

Gracias a esta real disposición, Salas pudo contar 
con los dos mil cuatrocientos pesos que tanto había 
anhelado; pero «la falta de un profesor de matemá- 
ticas (decía en el informe a que he aludido varias 
veces) nos redujo a pensar solo en disponer las 
cosas para cuando se consiguiese, alejándonos de 
esta esperanza la guerra, que hizo necesaria la 
presencia de los tres injenieros que había en el 
reino en los puertos de mar». 

Al fin, después de tan porfiado batallar contra 
obstáculos de todo jénero, pudo abrirse bajo la 
dirección del injeniero don Agustín Marcos Caba- 
llero, recién venido de la Península, la tan deseada 
clase de matemáticas el 1.° de octubre de 1799, 
casi a los cuatro años cabales de haberse propuesto 
un proyecto tan sencillo i poco costoso. (2) 



(1) Salas, Informe al presidente interino don José de Santiago Concha. 

(2) Salas, Informe al presidenta interino don José de Santiago Concha. 



— 81 — 

Junto con la real orden en que se aprobó la fun- 
dación de la escuela llamada academia de San Luís, 
se espidió con igual fecha otra mui honorífica para 
Salas, en la cual se confirmaba el nombramiento 
de director que le había conferido el presidente de 
Chile: 

«El capitán jeneral de ese reino marqués de 
Aviles ha dado cuenta al rei en carta de 12 de 
mayo del año próximo anterior de que, a conse- 
cuencia de la real orden de 24 de julio de 1796, 
procedió a la erección de una escuela de aritmética, 
jeometría i dibujo, nombrando a usted por director 
de ella, así por haber sido el primero que promovió 
tan útil proyecto, como por las recomendables cir- 
cunstancias que en usted concurren; todo lo cual 
se ha dignado su Majestad aprobar con mucha 
complacencia; i espera del celo patriótico de usted, 
i de su acreditada contracción, que, en el desempe- 
ño del honroso encargo, procurará con la mayor 
eficacia el aprovechamiento de la juventud que 
concurra a dicha escuela. Lo que participo a usted 
de real orden para su satisfacción e intelijencia. 

«Dios guarde a usted muchos años. Aranjuez, 
31 de enero de 1798. 

Saavedra. 

«Al señor don Manuel de Salas.» 

Cuando el director vio algo regularizada la ense- 
ñanza, procuró asegurar por todos los medios que 

U 



estaban a sus alcances la mayor concurrencia de 
alumnos. 

Fueron varias las medidas que tomó al efecto. 
Determinó distribuir cada año por partes iguales 
doscientos pesos entre los seis discípulos mas aven- 
tajados, de cada curso de matemáticas para estimu- 
larlos a no cortar su carrera. (1) 

Auxilió con comida i ropa a los que eran mui 
pobres, i descubrían buena intelijencia. (2). 

A solicitud suya, declararon la asistencia con 
aprovechamiento a la academia de San Luís, motivo 
de preferencia en igualdad de circunstancias, el 
consulado, para la provisión de sus cargos vitali- 
cios (3); i el cabildo, para los empleos de alarife i 
agrimensor. (4) 

Con igual propósito, Salas dirijió a las diputa- 
ciones territoriales de minas una circular en que 
las instaba para que promoviesen suscripciones 
destinadas a sostener en la academia a uno o dos 
niños de cada mineral, que por sus disposiciones 
naturales dieran esperanzas de poder formarse pe- 
ritos competentes. 

Son dignas de ser leídas las frases siguientes con 
que terminaba la carta a que me refiero: 



(1) Cuentas de las entradas i giújs de la academia de San Luís. 

(2) Id. 

(3) Acuerdo de la junta de gobierno del consulado, fecha 21 de enero 
de 1800. 

(4) Libro de actas del cabildo de Santiago, sesión de 15 de mayo de 
1800. 



U 83 - 

«Como he comprometido mi honor en verificar 
este seminario; como hoi lo miro por la primera 
obligación de mi empleo; i estoi penetrado de que 
es el objeto mas propicio a mi patria, dedico a sus 
progresos todas mis meditaciones i tiempo. Por 
eso, deben persuadirse a que no será infructuosa 
la venida de los jóvenes que se destinen a estos 
estudios, i a que velaré sobre su educación i ade- 
lantamiento con preferencia a mis hijos. Si consigo 
el efecto de esta proposición, será alguno de los 
pasos que he dado con buen éxito; si nó, lo contaré 
entre los innumerables que he perdido, de que no 
me arrepiento, i que no me desanimarán». (1) 

Como el anhelo de Salas era propagar una ins- 
trucción sólida i verdaderamente científica, cuidó 
de formar como pudo un gabinete de física i una 
biblioteca. 

Esta constaba en 1801 de ochocientos volúmenes, 
de los cuales ciento quince habían sido obsequiados 
por Salas, i doce por el marqués de Aviles, don 
Luís de Álava, don José de Resabal, don Pedro 
Diaz Valdés, don Juan Martínez de Rozas, frai 
Francisco Sánchez i don José de Santiago Concha. 

Había donado además gran número de modelos 
de dibujo, algunos planos de obras públicas, varias 
cartas jeográficas, dos esferas, un microscopio, un 
reloj, un retrato del marqués de Aviles durante 



(1) Salas, Circular alas diputaciones territoriales de minas, fecha 24 
de mayo de 1801, 



— 84 — 



cuya presidencia se habia planteado la academia de 
San Luís, el cual había sido trabajado por don 
Martín Petri, primer profesor de dibujo del esta- 
blecimiento. 



En 10 de abril de 1801, don Manuel de Salas 
dirijió al presidente interino del reino, el oidor don 
José de Santiago Concha, un informe sobre el 
orijen, progreso i estado actual de la academia de 
San Luís, que comprende, no solo la historia de 
aquella casa de educación referida por su fundador, 
sino también una esposición de sus ideas sobre ins- 
trucción pública, i de las esperanzas que había con- 
cebido. 

Salas comenzaba su memorial con el siguiente 
exordio, el cual hace ver la elevación de sus miras: 

«El conocimiento de que a este país ofrece re- 
cursos su rara feracidad para hacer dichosos a los 
habitantes, i aún para contribuir de un modo gran- 
de i eficaz a la opulencia de su metrópoli, a quien 
es gravoso, me sujirió siempre varios pensamientos 
hacia su bien. De unos desistí, porque la reflexión 
i esperiencia me manifestaron que no eran oportu- 
nos; otros desvanecieron las circunstancias; i algu- 
nos luchan con embarazos inseparables de la nove- 
dad. En lo que jamás encontré razón de dudar, o 
que no sirviese a confirmar mi primer concepto, 
fue el de que el remedio radical es la enseñanza de 



— 85 — 

las ciencias naturales. Me ratificó la vista de 
Europa, donde se abrazaron con ansia desde que se 
conoció que las palabras valen menos que las cosas, 
i que de éstas son precarias i pequeñas las que no 
se tratan científicamente, o se fundan en el cono- 
cimiento de sus elementos. El ejemplo de España, 
donde trabajaron inútilmente los mejores econo- 
mistas, cifrando los adelantamientos de la nación 
en el fomento de algunos artículos, hasta que con 
la venida de la casa reinante se descubrió el camino 
verdadero; los establecimientos de Felipe V i Car- 
los III, que liarán perpetuamente gloriosos sus 
nombres, manifestaron la gran mina de talentos i 
riquezas reales, i que todo era antes empírico i 
defectuoso. Estudiando la naturaleza, conociendo 
las cosas por sus causas i principios, se halló la 
senda única i mas corta de hacer felices a los pue- 
blos, dándoles las luces i ocupación cuya falta los 
arruinaba, 

«Convencido de la insuficiencia de todos los 
medios de que se ha usado hasta tioi para fomentar 
este reino, i que cada día decaen sensiblemente 
sus primeras riquezas, especialmente la población, 
fuente de todas, creí que solo podría dársele la 
enerjía que desea la corte, por aquellos caminos 
que, aunque lentos, condujeron con seguridad a 
otros estados a la prosperidad; que puede recuperar- 
se aquella que nos recuerdan la tradición, historia i 
vestijios, siguiendo las huellas de los que con menos 
proporciones la consiguieron. 



— 86 — 

«Siendo éste, i no habiendo otro, el de vulgari- 
zar los conocimientos que facilitan el cultivo de las 
producciones propias, i que por eso han merecido 
justamente el nombre de ciencias útiles, lo he pro- 
curado constantemente. En realidad, nada puede 
ser un punto mejor de unión de todas las opiniones, 
un símbolo de todas las clases que buscan la ver- 
dad i comodidades, que la evidencia misma i el 
modo cierto de lograrlas. No encontrándose en los 
medios practicados, debe buscarse en otros ; que 
tienen a su favor el consentimiento jeneral. Las 
ciencias especulativas, necesarísimas a la conducta 
del hombre, no pueden ocuparlos a todos, ni servir 
a todas sus necesidades. Una agricultura sin consu- 
mos ni reglas, una sombra de industria sin ense^ 
ñanza ni estímulo, un comercio, o propiamente mer- 
cancía de rutina, sin cálculos, combinaciones ni 
elementos, necesitan para salir de la infancia i tos- 
quedad los auxilios del arte de medir i contar, por 
cuyo defecto no se ve aquí en estas profesiones 
pasar de la mediocridad, como sucede a cada paso 
en todo el mundo; i por eso la común prosperidad, 
que nace de la individual, no avanza' una línea. 

iLas facultades abstractas que exijen previa- 
mente metodizar el discurso, hallarán su perfección 
en las demostrativas, si antes se enseña por ellas a 
buscar por orden práctico i progresivo los conoci- 
mientos útiles i sólidos de que es capaz el injenio 
humano. Así se rectifica acostumbrándolo a la exac- 
titud en el raciocinio, i de ese modo se purgan los 



_- 87 -. 

ánimos del escolasticismo i espíritu de partido, que, 
después de trastornar el juicio, inspiran una terque- 
dad que trasciende a la sociedad i costumbres, que 
siempre se resienten de aquella futilidad i orgullo 
consiguientes a los estudios de memoria, mui di- 
versos de la sinceridad i modestia inseparables de 
los que solo estudian la verdad, que se habitúan 
á ella a fuerza de buscarla, i que fundan sus mas 
sublimes discursos en principios sencillos i cier- 
tos. 

«Sobre todo (porque nos toca de mas cerca), la 
desacreditada, la ruinosa, la desesperada ocupación 
de las minas, que debe ser la primera en estima- 
ción, en utilidad i en adelantamiento, jamás tendrá 
el que puede ; si el arte no suple las ventajas que 
tenía cuando se labraba en la superficie por enjam- 
bres de operarios, si no se sustituye la razón a la 
fuerza. Nunca los tesoros que los montes oprimen 
para reservarlos de la mano ignorante i avarienta, 
i franquearlos a la diestra i laboriosa, nos darán en 
los signos de todas las riquezas, aquellas con que 
nos dotó la Providencia con predilección. En vano 
pisamos las preciosas producciones del reino mine- 
ral: las mas nobles se solicitan con ímproba fatiga e 
incertidumbre; las demás se esconden a nuestra vis- 
ta. Los desperdicios en todo sentido de las prime- 
ras i el absoluto desconocimiento de innumerables 
fósiles útiles para las artes, farmacia i fábricas, nos 
privan de objetos que bastarían a constituir el bien- 
estar de naciones enteras. Nada hai mas obvio; 



todos lo conocemos, i nos lo recuerdan los viajeros, 
escritores, i cuantos tienen sentido común». 

La reiterada comparación entre el miserable es- 
tado a que Chile se hallaba reducido i la prospe- 
ridad floreciente a que le llamaban sus recursos 
naturales, halagaba las imajinaciones, i causaba 
tristísima impresión en los ánimos de muchos. 

La repetición de los proyectos de mejoras i las 
dificultades que el réjimen existente oponía a su 
realización, debían a la larga predisponer contra la 
metrópoli a gran número de chilenos. 

Salas hacía en su memorial una reseña de la fun- 
dación i de los progresos de la academia de San 
Luís, i de algunos de los planes que había concebido 
para mejorarla. 

Por último, el ilustre filántropo terminaba con 
esta sentida peroración: 

«Tales son las ideas i los recursos que me he 
propuesto. No todo es asequible de un golpe; pero 
todo se hará sucesivamente. El total es un plan 
a que se irán adaptando las partes, según se 
presenten aquellas felices ocurrencias que nunca 
faltan, si se esperan con celo i buena voluntad. 
Aunque se varíe, o no se logre en la plenitud 
que se desea, a lo menos se conseguirá, i ya se ha 
adelantado bastante para dar por bien empleado el 
trabajo. Confieso injenuamente que me lo hubieran 
hecho abandonar los cuidados que me cuesta, si no 
tuviese a la vista ejemplares de iguales dificultades 
que venció la constancia, aunque de jenios superio- 



— 89 — 

res, i con auxilios para poder resistir a los Aristar- 
cos, que, no contentos con su ignorancia, predican 
la pereza; si no rae alentase la perspectiva de los 
útiles efectos que debe producir necesariamente. 

«No me sostiene la esperanza de recompensa, 
porque estoi cierto de que la que se da a este j ene- 
ro de fatigas, es tarda, aunque segura; i solo puede 
hallarse de pronto en la satisfacción de concebirse 
uno autor de un gran bien. Por otra parte, el interés 
de cualquiera clase rebajaría el servicio, i sería in- 
ferior siempre al que produjera este mismo anhelo 
aplicado a otros objetos. Aspiro únicamente a que 
se me permita concluir una obra cuya importancia 
es incalculable. Sin duda, el rei continuará su pro- 
tección, nunca tan necesaria i mas bien empleada, 
si Usía, que dignamente le representa, patrocina 
las ciencias que mas influyen en el adelantamiento 
del país de su mando, radicando así en sus habitan- 
tes el reconocimiento i gratitud al soberano.» 



Junto con pasar esta esposición al presidente 
interino del reino don José de Santiago Concha, 
Salas le pidió que designara día para los exámenes 
públicos de aritmética i jeometría que los alumnos 
de la academia estaban preparados para rendir; i 
ordenara además que el cabildo, consulado i tribu- 
nal de minería nombrasen comisiones que fuesen a 
presenciar dichos exámenes. 

12 



— 90 — 

El presidente señaló para el objeto indicado el 
29 de abril de 1801 i los siguientes no impedidos. 

Voi a dar a conocer el informe de las comisiones 
nombradas, el cual manifiesta que Salas había lo- 
grado ya hacer participar a otros las ideas de me- 
jora social, que tanto se había esforzado por hacer 
aceptar. 

Muí ilustre señor Presidente: 

«Los comisionados en virtud de superior decreto 
de Usía por los cuerpos que de sus fondos sostie- 
nen la escuela de aritmética, jeometría i dibujo, 
para presenciar los exámenes públicos de sus alum- 
nos e informar a consecuencia, han visto con la 
mayor satisfacción las pruebas que lian dado de su 
aprovechamiento en los dos primeros estudios. 

«Para juzgar con toda seguridad que estos apli- 
cados jóvenes han correspondido completamente al 
esmero i dedicación del digno e instruido profesor 
que los enseña, les basta solo haber observado el 
desembarazo con que han respondido a las prolijas 
preguntas, la posesión del idioma técnico, su pron- 
titud en deshacer la menor equivocación que ocu- 
rría, la detención de reflexión para proceder en las 
operaciones preparatorias a las demostraciones i el 
método i seguridad en ellas. 

«Estos primeros ensayos hacen ver en perspec- 
tiva los favorables pronósticos de ilustración que 
se anuncian en el discurso inaugural que pronunció 
el joven don Joaquín Campino i Salamanca, 



«. 91 — . 

«En efecto, los comisionados que conocen que es 
un error creer que las nociones jenerales i el celo 
suplen la falta de principios, i que están persuadi- 
dos a que cuando éstos no se esperan sino de la 
esperiencia de los casos particulares, se establecen 
con suma lentitud, i siempre con poca seguridad, 
creen que con la enseñanza de tan útiles conoci- 
mientos, i los del dibujo, que se ha interrumpido 
con la ida del profesor que por rara casualidad se 
logró al principio, los cuales son la base de las cien- 
cias naturales i mecánicas i de las artes, no tarda- 
rán en verse en el país agrimensores, que, estable- 
ciendo sólidamente los hechos, preparen la pronta 
i entendida decisión en los litijio3 sobre límites de 
las propiedades territoriales; perspicaces mineralo- 
jistas, metalúrjicos i docimásticos; químicos que, 
simplificando las operaciones que estañen el día en 
manos meramente prácticas, aumenten sus tesoros 
i descubran nuevos recursos; buenos constructores 
navales i hábiles pilotos que den i faciliten al país 
todas las ventajas con que los convida la naturaleza 
i su situación jeográfica i política; elegantes arqui- 
tectos, pintores i escultores, que establezcan el 
placer i comodidades de la vida, que esparcen las 
nobles artes; por último, ven abierta una nueva 
carrera de utilidad i aprovechamiento, así a la ju- 
ventud distinguida, como a la menos considerada. 
Circunstancia es esta que han notado los comisio- 
nados con el mayor placer en la academia; porque, 
prescindiendo de que los mas necesitados son quizáv 



— 92 — 

los mas acreedores a la instrucción pública, sobre 
todo a ésta que conduce a las artes, es de un exce- 
lente influjo la reunión por los conocimientos entre 
clases que separan el nacimiento i la comodidad 
mas de lo que exije el orden de una sociedad bien 
organizada. Así serán mas respetados los unos, i 
mas atendidos i considerados los otros. 

«La noticia de tantos establecimientos útiles, que 
en todas partes han perecido, o con la muerte de 
su autor, o con su ausencia, sobre todo cuando es- 
tán en su infancia, hace temer a los comisionados 
que pudiera caberle igual suerte a éste; i a fin de 
precaver tan fatal accidente, no pueden menos de 
excitar el celo de Usía a que propenda, con la au- 
toridad que le dan su dignidad i la calidad de pro- 
tector, i con sus informes a Su Majestad, al mas 
sólido establecimiento de tan útil enseñanza. Sufi- 
cientes medios le ocurrirán a Usía de pro tejer el 
establecimiento; pero, entre otros, será uno el apo- 
yar eficazmente los que sabrá sujerir a Usía el di- 
rector don Manuel de Salas, que, como autor del 
pensamiento, i de acreditada instrucción, intelijen- 
cia, laboriosidad i constancia, tendrá meditado el 
asunto en toda su estensión, fases i circunstan- 
cias. 

«Santiago de Chile, a 11 de mayo de 1801. 

((Juan Enrique Rosales. — Juan José de Santa 
Cruz, comisionados del cabildo. — Juan Manuel 
Cruz, — José de Cos Iriberri, comisionados del con- 



— 93 — 

sulado. — José Baptista ae las Cuevas, comisionado 
del tribunal de minería)). 

El documento inédito que acaba de leerse, revela 
varios hechos sobre los cuales conviene fijar la con- 
sideración: la falta de elementos civilizadores que 
había entonces en Chile; el candor de los ciudada- 
nos mas encumbrados para creer que la simple en- 
señanza de los rudimentos de la aritmética, de la 
jeometría i del dibujo eran suficientes para hacer 
florecer las ciencias, las artes, la industria; i la 
vehementísima aspiración que muchos esperimen- 
taban de que Chile llegara a una situación mas 
próspera. 



El discurso del alumno don Joaquín Campino 
recomendado por la comisión informante, i del cual 
por casualidad me he proporcionado una copia, es 
una pieza realmente notable que hace conocer las 
ideas mui adelantadas que comenzaban ya entonces 
a difundirse en la sociedad chilena. 

Probablemente es obra de don Manuel de Salas, 
o éorrejido por éste. 

Son sus doctrinas; es su estilo; son frases suyas, 
que aparecen repetidas en otros escritos debidos a 
su pluma. 

Don Joaquín Campino, andando los años, llegó 
a ser un estadista distinguido, mui capaz de com- 
poner un buen discurso; pero en aquella fecha era 
todavía demasiado joven, casi un niño 



— 94 — 

La producción a que me refiero, merece por mas 
de un título ser salvada del olvido a que parecía 
ser condenada. (1) 

El discurso, sin embargo, es confuso i desaliña- 
do, muchas veces oscuro. 

Todas estas eran las consecuencias necesarias de 
la supina ignorancia en que se mantenía sumerjidos 
a los chilenos. 

Pero prescindamos de los defectos literarios de 
la forma. 

No puede negarse que es una pieza curiosísima, 
en la cual aparece de resalto el nuevo espíritu que 
empezaba a animar a muchas personas de impor- 
tancia. 

En aquel discurso, se hace ostentación de la fide- 
lidad mas sumisa al monarca; i evidentemente tal 
fidelidad era sincera. 

No obstante, el razonamiento que se desenvol- 
vía, llevaba a una trasformación completa del orden 
existente, 

Se recomendaban las ciencias de observación i 
de esperimentación, como las únicas verdaderas i 
las únicas útiles. 

I no era difícil prever los resultados que podía 
traer para la metrópoli el que algunos criollos a lo 
menos se habituaran a investigar la razón de las 



(1) He publicado el discurso de don Joaquín Campino en Los Precur' 
sores de la independencia de Chile, tomo III, capítulo VII, § 8, pajina 
385. 



— 95 — 

cosas, i fueran llevados así a inquirir el fundamento 
i objeto de las instituciones a que se les mantenía 
sometidos. 

Se hablaba en aquel discurso, por ejemplo, acer- 
ca de las ventajas del comercio, por cuyo medio 
había de buscarse el beneficio común del jénero 
humano, i que debía encaminarse a establecer en- 
tre los pueblos las relaciones mas amistosas. 

¿Cómo podía conciliarse semejante doctrina con 
el réjimen de monopolio i de restricción que Es 
paña mantenía con tanta suspicacia en sus posesio- 
nes ultramarinas? 

Por otra parte, el autor del discurso insistía una 
i otra vez en la idea desconsoladora del miserable 
atraso a que el país se hallaba reducido i en la har 
to halagüeña de la prodijiosa prosperidad a que 
estaba llamado. 

Aquel contraste del desconsuelo presente i de 
la ilusión futura, sobre el cual se llamaba tanto la 
atención, debía naturalmente ir inclinando los áni- 
mos a desear una gran mudanza. 

El autor del discurso sostenía por último que el 
rei procedía como padre, i no como dueño de sus 
vasallos. 

¿Qué había de suceder cuando los chilenos se 
convencieran de lo contrario? 



El resultado de los primeros exámenes de la 
academia de San Luís produjo una impresión su- 



-, 96 — 

mámente favorable en muchos de los personajes 
mas encopetados de la sociedad de Santiago. 

«Para manifestar a los cuerpos protectores i al 
público la realidad de la enseñanza, i que se ha- 
bían hecho progresos efectivos i considerables (de- 
cía la junta de gobierno del consulado en un infor- 
me al rei), el director de la academia don Manuel 
de Salas pidió al gobierno que señalase día para 
los certámenes públicos de aritmética i jeometría 
que por la primera vez se han visto aquí, como lo 
informaron los diputados de los cuerpos, lo presen- 
ció la audiencia i un numeroso concurso, que oyó 
con satisfacción las pruebas de la suficiencia de los 
alumnos, i el discurso pronunciado por uno de ellos, 
manifestando cuánto debe esperarse de los nuevos 
conocimientos en un país tan fértil como virjen, i 
que necesita mas que otro de estas nociones para 
desterrar la miseria, ignorancia i despoblación». 

La audiencia compuesta de los oidores Concha, 
Aldunate, i Herrera, la cual en aquellas circuns- 
tancias estaba ejerciendo el gobierno accidental del 
país, aprobó, por auto de 14 de diciembre de 1801, 
provisionalmente, «mientras Su Majestad determi- 
naba lo que fuese de su agrado», las ordenanzas 
que Salas había redactado para la academia. 

Aquel alto tribunal aprovechó la ocasión para 
declarar que la realización de la escuela menciona- 
da era debida a Salas «a pesar de los obstáculos 
que habían ocurrido», i para «dar a éste las gra- 
cias a nombre del rei, exhortándole a que continua- 



— 97 — 

se como hasta allí, procurando i proponiendo cuan- 
to contribuyese a la subsistencia i progresos del 
establecimiento, cierto de que había de encontrar 
en aquella superioridad la protección i auxilios que 
necesitase, i merecía aquella útilísima empresa». 

El mismo día, la audiencia espidió un segundo 
auto, tan honorífico para don Manuel de Salas, 
como aquel de que acabo de hablar. 

«Santiago i diciembre 14 de 1801. 

«Vistas en la real audiencia gobernadora las 
cuentas presentadas por don Manuel de Salas, di- 
rector i establecedor de la real academia de San 
Luís, comprensivas de los gastos hechos desde su 
erección en fines de julio de 1796 hasta el fin de 
diciembre de 1800, con setenta documentos que 
comprueban la inversión de cinco mil trescientos 
sesenta i ocho pesos dos i medio reales, i la exis- 
tencia de setecientos ocho pesos tres i cuartillo 
reales, que componen la suma de seis mil setenta i 
seis pesos cinco i medio reales, total que ha recibi- 
do en el tiempo corrido desde una a otra fecha, 
con lo que han informado el ilustre cabildo, el con- 
sulado, i el tribunal de minería, i espuesto el mi- 
nisterio fiscal, dijeron los señores que la componen 
que, en atención a las fundadas razones que espo- 
nen dicho ministerio, el cabildo i consulado i mas 
que todo, al concepto que justamente merece del 
público i de este tribunal el comisionado, que, no 
solo emplea sus conatos, sino que ha hecho dona- 

13 



— 98 — 

ciones a favor de aquel establecimiento, debían, 
por tanto, aprobar, como desde luego aprobaban, 
las espresadas cuentas, que se archivarán después 
de darse al interesado testimonio de esta providen- 
cia, agregándose otro a los que se saquen del espe- 
diente sobre la aprobación de las ordenanzas que 
se han mandado compulsar para informar con ellas 
a Su Majestad. I así lo proveyeron, mandaron i 
firmaron dichos señores, dé que doi fe. 

Concha. — A Idunate. — Herrera. 

«Ante mí, Antonio Garfias, escribano sostituto 
de gobierno». 

Antes de proseguir esta relación, voi a llamar a 
la lijera la atención sobre algunos hechos, aunque 
me parece que el lector no puede menos de haber- 
los notado. 

Un simple particular hacía por la instrucción 
pública mas que el presidente i la audiencia de 
Chile, mas que el rei i su consejo de Indias. 

Todos los buenos ciudadanos confiaban en que 
la tal academia había de sacar al país del profundo 
abatimiento en que estaba sumerjido. 

Mientras tanto, aquel establecimiento era una 
simple escuela de aritmética i de jeometría, que en 
cuatro años i medio solo había impuesto un gasto 
de cinco mil trescientos sesenta i ocho pesos tres 
i cuartillo reales, i cuyo total de entradas había as- 
cendido solo a seis mil setenta i seis pesos cinco i 
medio reales, 



_ 99 — 

I esta era la grandiosa i colosal empresa para 
cuya fundación i sostenimiento, un ciudadano tan 
filantrópico e ilustrado, como constante en sus 
propósitos, había tenido tanto que batallar, i tantos 
obstáculos que vencer, según lo declaraban las 
primeras autoridades i corporaciones del país. 

Estos hechos, demasiado significativos por sí 
solos, no han menester de comentarios. 



Don Manuel de Salas, alentado con el entusias- 
mo que iba despertando la contemplación de los 
frutos de su institución, pensó en darle mayor en- 
sanche. 

La junta de gobierno del consulado espone como 
sigue en un informe al rei cuáles eran los planes de 
Salas a que acabo de aludir. 

«Con testimonio de todo, la real audiencia in- 
formó con fecha de fines de diciembre de 1801, re- 
presentando la importancia de los servicios de don 
Manuel de Salas, i cuánto contribuiría a completar- 
los la mano que los empezó, si se le sostiene i auto- 
riza con algún carácter que recomiende su influjo i 
llame la atención de los que deben concurrir a unas 
ideas que no bastan a persuadir la razón i los con- 
vencimientos, cuando no se apoyan en la conside- 
ración de quien los profiere, ni en las facultades 
para hacerlos valer. Sin la calidad de rejidor, no 
habría conseguido que la ciudad contribuyese con 



— 100 — 

sus fondos. La dirección de minería le facilitó los 
' medios con que espera añadir la enseñanza de la 
mineralojía i química. El sindicato del consulado 
abrió la puerta a este pensamiento, que de otro 
modo no habría promovido, i que estaría en el ol- 
vido en que están hoi otros de igual magnitud, que 
empezó i cesaron, porque recayeron en otras manos 
por no haberse entendido como debería la real or- 
den de 30 de abril de 1798 en que se le mandaba 
permanecer por el tiempo de la real voluntad en 
un destino en que fue antes prorrogado, i en que 
tuvo tantas aprobaciones de la corte. Concurren 
otros méritos, que hicieron espedir la real orden 
de 4 de junio de 1793, a que se agregan los actua- 
les, que labra a costa de continuas fatigas, incomo- 
didades i persecuciones. Si esta gracia se une a la 
aprobación de las ordenanzas, se habría logrado 
perfeccionar el proyecto, i estimular a otros a se- 
guir estas huellas por un camino que hacen mas 
escabroso las orgullosas preocupaciones i el mal 
éxito de los que se atrevieron a quererlas disipar, 
cuyos efectos ya empieza a sentir el actual empren- 
dedor; i aunque hasta ahora solo han servido a 
molestarle sin fruto de sus émulos, es mui de rece- 
lar que la continuación le agobie, i frustrando sus 
buenos designios, retraigan en adelante a otros de 
imitarle. 

«Para completar la enseñanza útil a estos países, 
i' aún a sus habitantes, hizo Salas en calidad de 
director de minería una representación al gobierno 



— 101 — 

en que describe prolijamente el estado actual de 
las minas, las causas de su decadencia i las venta- 
jas que producirían si se labrasen con aquel conoci- 
miento que requieren su delicadez i la preciosidad 
de sus frutos. Manifiesta por menor la ignorancia 
absoluta de estos principios i los males que oca- 
siona, sofocando la abundancia de minerales, i las 
bellas proporciones que tiene el reino para florecer 
por este jénero de industria, i ser tan útil a su me- 
trópoli, como cualquiera otro de América. 

«Los hechos, documentos i reflexiones que com- 
prueban cuanto espone, pasaron por el examen del 
procurador jeneral de ciudad del ayuntamiento, 
consulado del comercio, tribunal de minería i mi- 
nisterio fiscal, sin la menor contradicción; antes sí 

apoyaron el pensamiento como útil i fácil. 

«Este se reduce a practicar aquí lo mismo que 

hace florecer estas labores, aunque menos pingües, 
en los países donde se dirijen por el arte, que es lo 
que se ha encargado por la corte en diversas reales 
órdenes i providencias, i sobre todo en las ordenan- 
zas de este gremio, i particularmente en los títulos 
17 i 18, sin que hasta hoi se haya podido realizar 
a pesar de enormes gastos de la real hacienda, i 
cuidados del ministerio, prefiriéndose la práctica i 

la rutina. 

«Salas hizo sensibles los motivos que han frus- 
trado estos buenos deseos, fiados unas veces a ma- 
nos inespertas, i otras a personas poco francas en 
comunicar sus luces. Indicó las muchas materias 



— 102 — 

.que podrían esportarse a la Península, las cuales 
aumentarían el comercio de sus producciones, sus 
consumos i la ocupación de estos i aquellos habi- 
tantes. 

«Propuso la ejecución de este útil i vasto plan 
de una manera sencilla, o mas bien lo presentó 
como verificado en la parte principal i mas difícil. 
Establecida ya la enseñanza, i conseguida la apli- 
cación i aprovechamiento en la aritmética, jeome- 
tría, estática i demás partes de las matemáticas 
necesarias a estos trabajos, que se dictan en la aca- 
demia de San Luís, se tendrán luego quienes sepan 
dirijirlos, minorar los peligros, escusar los gastos i 
aquel horror con que se miran como destinados 
solamente para hombres desesperados e incapaces 
de las ocupaciones regladas. Se logrará así poner 
en el grado de estimación que merece la profesión 
científica del artículo capaz de mayor i mas pronto 
incremento de estos dominios. 

«Estos principios, que facilitan el uso de las 
fuerzas, simplifican las operaciones i constituyen el 
arte de estraer los fósiles, son de una necesidad 
absoluta; pero es necesario unir a ellos la ciencia 
que enseña a conocer las mineralizaciones, i separar 
los metales, lo que no puede conseguirse segura- 
mente sin las reglas adoptadas jeneralmente, i que 
resisten tanto unos empíricos ignorantes, que con- 
tinuamente tropiezan con objetos nuevos, que resis- 
ten a sus limitadas investigaciones. 

«Para disipar estas tinieblas, Salas propone un 



— IOS — 

medio, el menos costoso i el mas conforme a los 
fines con que Su Majestad sostiene en Madrid las 
cátedras de química i mineralojía. Pide que se soli- 
citen dos alumnos de ellas, de los adelantados, para 
que vengan a enseñar a los jóvenes que encontra- 
rán ya preparados con los rudimentos previos; con 
lo que en breve habrá muchos que lleven así. a to- 
das partes i a poca costa estas útiles nociones. Pide 
espresamente que sean españoles para quitar aquel 
recelo que se tiene de los estranjeros, que reservan 
sus conocimientos para conservar a la nación en su 
dependencia; i porque, siendo naturales, se conten- 
tarán con una manera de vivir decente i cómoda, i 
para conseguirla no desdeñarán el trabajo que la 
proporcione, aunque con lentitud; miras que no 
puede tener un estranjero, que solo aspira a una 
fortuna repentina en recompensa de un viaje i fati- 
gas en que no le empeña la gloria de ser útil, ni el 
amor de su patria, ni el servicio de su rei. 

«Los cuerpos que espusieron sus dictámenes en 
este negocio, convinieron unánimes en la necesidad 
de llevarlo a cabo; solo discrepaban en los fondos 
de que debe hacerse uso. El ayuntamiento i el 
consulado hallaron mas conforme al instituto del 
tribunal de minería la erogación. Éste se allanó en 
la parte que le permiten otras atenciones que con- 
cibe mas urj entes; pero, en consideración a las ven- 
tajas que han de resultar a los individuos de uno i 
otro gremio, pues el adelantamiento de las minas 
influye en él comercio, que además adquirirá nue- 



— 104 — 

vos artículos de canje i esportación, por lo que el 
consulado hizo esta misma solicitud antes, la 
audiencia gobernadora resolvió representar que 
debía hacerse el gasto del envío i entretenimiento 
de estos profesores a costa de ambos consulados de 
comercio i de minería, cuyos caudales jamás se 
emplearán mejor, i que por otra parte están en 
estado de sufrir mui bien una moderada contribu- 
ción temporal, dirijida inmediatamente a llenar los 
fines con que están gravados los traficantes, los mi- 
neros i los cultivadores, esto es, para fomentar sus 
adelantamientos, que solo podrán conseguirse ins- 
truyéndolos en los medios de sacar partido de sus 

ocupaciones. 

«El plan de gastos de esta empresa, formado por 

el director, de orden del gobierno, es por sí mui 
moderado, i sumamente pequeño, si se compara 
con los menores que se han hecho para estos fines 
sin fruto alguno. Propuso que se señalase al primer 
profesor la dotación de mil pesos anuales, lo que 
creía suficiente, pues en un país barato, puede bas- 
tar a sostenerle decentemente; porque pueden pro- 
porcionársele algunos otros auxilios i ahorros por 
parte de la escuela, i también porque debe contar 
con la recompensa de los particulares a quienes 
haga algún servicio, como lo han esperimentado 
siempre los facultativos medianamente hábiles a 
quienes alguna aventura trajo al reino. Para uno 
segundo que ayude i supla las faltas del primero, 
propuso seiscientos pesos de salario por las mismas 



— 105 — 

razones, i por la opción que tendrá a ocupar su lu- 
gar. Para gastos ordinarios de laboratorio, reponer 
utensilios i llevar alguna vez los alumnos a exami- 
nar sobre el terreno los objetos de la nueva ciencia, 
tiene por bastantes cuatrocientos pesos. Para man- 
tener de comida i vestuario a seis individuos, si- 
guiendo en esto la ordenanza de minería, se necesi- 
tan setecientos veinte pesos. Un sirviente para las 
ocupaciones fuertes, a que no bastan los niños, se 
pagará con cien pesos. 

«Siendo necesaria entonces una casa mayor que 
la que hoi ocupa la academia, puede conseguirse 
con el aumento de ciento ochenta pesos de alquiler. 
De modo que tres mil pesos anuales bastarán en 
pocos años a radicar en el reino i difundir por to 
das partes unos conocimientos tan necesarios, como 
apetecidos, i que devolverán en breve con exorbi- 
tancia una erogación que es despreciable, aunque, 
contra toda esperanza no produzca los efectos que 
debe. Será una tentativa laudable i mui racional, 
libre de los embarazos que han frustrado otras, i 
que se manifiestan claramente en la representación. 
. «Para costear la venida de los dos profesores, 
don Manuel de Salas propone que se les anticipe el 
sueldo de un año, cuya mitad se les entregará a su 
llegada a Montevideo, Valparaíso o el Callao, i el 

resto en viniendo a esta ciudad. 

«Como no se tiene idea justa de los instrumentos 

que deben traer, esto es, de los que no pueden 
construirse aquí, como tampoco de los libros mas 

14 



— 106 — 

necesarios, no puede designarse su costo; pero, 
siendo fácil conseguirlos de alguno de los laborato- 
rios de Madrid, pueden traerlos con el seguro de 
que se pagarán su valor i conducción, sirviendo 
para esto los ahorros de la academia i otros arbi- 
trios que para entonces habrán facilitado el buen 
deseo i el celo del director. Como es necesario que 
a los conocimientos elementales que tengan adqui- 
ridos, junten noticias particulares de este reino 
para que tengan ideas de sus relaciones con la Pe- 
nínsula i de los objetos que deben servir a incre- 
mentar el comercio i la industria, ofreció el direc- 
tor encargar a una persona residente en la corte el 
suministrárselas, igualmente que algunos pequeños 
auxilios para proveerse de utensilios i libros que 
no puedan franquearse en los laboratorios, ni los 
tengau propios los profesores. A mas, será el prin- 
cipal cuidado de esta persona procurar que recaiga 
la elección en sujetos hábiles i de buena índole, 
pues la primera calidad sin la segunda embaraza 
las mas veces, i retrae a los oyentes, a quienes se 
vende la instrucción a costa de la humillación i del 
desprecio. 

«Pueden concurrir a dar idea de la importancia 
de esta empresa, de la facilidad de su ejecución i 
de algunas materias cuyo examen puede ser de mas 
pronta i grande utilidad, la lectura de este espe- 
diente, la de un informe difuso que Salas hizo sien- 
do síndico de este consulado en 12 de enero de 
1796, la de otro dé 12 de marzo de 1798 i la del 



— 107 — 

que hizo la junta gubernativa con la misma fecha. 
En ellos, se indican los muchos recursos que encie- 
rra este reino para hacer un comercio activo i li- 
bertar a la Península de la dependencia de los 
estranjeros que le venden objetos de que podíamos 
abastecerla, si tuviésemos los principios i conoci- 
mientos que nos faltan, i que solo pueden radicar- 
los la enseñanza i la práctica de la química i de la 
mineralojía. Por eso, lo que se pide, i lo que aquí 
necesitamos, son dos profesores de química, que se 
hayan contraído particularmente al ramo de mine- 
ralojía para que sepan i enseñen elementalmente la 
primera ciencia, de que es un ramo la segunda, i 
puedan adestrar a nuestra juventud en tratar cien- 
tíficamente los metales i las demás producciones de 
la naturaleza. 

«El ministerio fiscal, por contemporizar, o mas 
bien, por facilitar la ejecución de este pensamiento 
hasta que lo recomienden sus mismos efectos, fue 
de dictamen que pueden reducirse los gastos a me- 
nos cantidad, señalándose al primer profesor solo 
setecientos pesos, i al segundo, cuatrocientos, i re- 
duciéndose el número de alumnos agraciados a cua- 
tro; con lo que ascendería el total de gastos a solo 
dos mil doscientos pesos, los que podían darse la 
mitad por el tribunal de minería, i el resto por el 
consulado i ayuntamiento. Pero la audiencia gober- 
nadora, atendiendo al estado de los fondos de estos 
cuerpos, i a que la utilidad de la nueva enseñanza 
fluye principalmente en beneficio de las minas, de 



— 108 — 

la industria, de la agricultura i del comercio, por 
lo que el consulado hizo esta misma solicitud en 12 
de marzo de 1798, resolvió informar al rei que de- 
bía hacerse la erogación por mitades entre el con- 
sulado i tribunal de minería; i al mismo tiempo, 
apoyar la solicitud, esponiendo que, para realizarla, 
convenía que se encargase la ejecución al autor de 
ella, don Manuel de Salas, que había manifestado 
su aptitud para este j enero de cosas, i por hallarse 
en él aquel celo, actividad i luces que rara vez se 
encuentran unidas con el deseo eficaz de verificar 
tales empresas, que ordinariamente se han frastra- 
por falta de un ájente adecuado». 



Estaba nuestro ilustre filántropo fabricando cas- 
tillos en el aire, cuando esperimentó un terrible de- 
sengaño, que, no solo desvanecía las lisonjeras 
esperanzas que había concebido de mejorar la aca- 
demia de San Luís, sino que también derribaba 
desde los cimientos lo que tanto había costado rea- 
lizar, i lo que ya estaba dando frutos. 

Habráse observado que en varios de los docu- 
mentos copiados se habla de las enemistades i de 
las persecuciones que se había atraído Salas por 
motivo de sus patrióticos proyectos. 

Algunos de esos adversarios que lograron sen- 
tarse en el tribunal de minería, consiguieron hacer- 
se oír en la corte. 



— 109 — 

Lo cierto fue que el presidente don Luís Muñoz 
de Guzmán tuvo que poner el 13 de julio de 1802 
el cúmplase a la siguiente real orden: 

«En vista de lo representado por el tribunal je- 
neral de minería de ese reino en 20 de diciembre 
de 1799 i de la real orden de 31 de enero de 1798 
por la cual se mandó establecer ahí una cátedra de 
aritmética, jeometría i dibujo, se ha servido el Rei 
derogar por ahora la citada real orden en todas sus 
partes, i mandar que ese consulado reintegre inme- 
diatamente al fondo de mineros las cantidades que 
de él se hayan pagado para el espresado fin. Parti- 
cipólo a Usía de real orden para que disponga su 
puntual cumplimiento. 

«Dios guarde a Usía muchos años. 
«Aranjuez, 7 de junio de 1801. 

«Soler». 



Una resolución como la que acaba de leerse ha- 
bría amilanado a cualquiera hombre que no pose- 
yese la estraordinaria persistencia de Salas. 

Pero éste no desistió de su propósito, i obtuvo 
un verdadero prodijio. 

¿Sabéis qué? 

Consiguió que el presidente de Chile suspendie- 
ra, hasta que el soberano lo reconsiderara, la ejecu- 
ción de lo mandado por el gobierno central. 

I en seguida alcanzo que la resolución misma fue- 
ra definitivamente revocada. 



— 110 — 

La siguiente real orden contiene una relación del 
caso a que me refiero: 

«He dado cuenta al Rei de la representación de 
esa audiencia gobernadora de 20 de enero de 1802 
i del espediente que incluía sobre la aprobación de 
las ordenanzas para gobierno de la escuela de arit- 
mética, jeometría i dibujo establecida en esa capi- 
tal con el título de San Luís, como asimismo de la 
carta de Vuestra Excelencia de 8 de mayo de 1803, 
número 84, en que participó con testimonio que no 
había hecho novedad en cuanto a la subsistencia de 
dicha escuela, suspendiendo el cumplimiento de la 
real orden de 7 de junio de 1801, derogatoria de la 
de 31 de enero de 1798 en cuanto a que del fondo 
de minería se satisfacían mil pesos anuales para la 
misma escuela, por haberse acreditado la necesidad 
i utilidad de ese establecimiento, particularmente 
para la minería. 

«Enterado Su Majestad de uno i otro espedien- 
te, i en vista de lo que acerca de ellos ha espuesto 
el supremo consejo de Indias en consulta de 23 de 
julio último, se ha servido resolver que no se haga 
novedad en las contribuciones que hacían la ciudad» 
consulado i tribunal de minería para la referida es- 
cuela, pues está probado el distinto aspecto i con- 
cepto que ésta tiene del que tenía cuando informó 
a Su Majestad dicho tribunal, i que influyó a la 
derogación, quedando por lo mismo relevado el 
consulado del reintegro o devolución al tribunal de 
minería de los mil pesos anuales. 



— 111 — 

«Por consecuencia, se ha dignado Su Majestad 
aprobar lo que dispuso Vuestra Excelencia en auto 
de 18 de diciembre de 1802 para que no se suspen- 
diese el establecimiento de la escuela, como igual- 
mente las ordenanzas que formó el director don 
Manuel de Salas, cuyo celo i desvelos han mereci- 
do el soberano aprecio de Su Majestad, i los acuer- 
dos del cabildo secular i tribunales del consulado i 
minería en que declararon que la asistencia a la 
academia con aprovechamiento sería un mérito po- 
sitivo que en igualdad de circunstancias haría pre- 
feribles a sus alumnos en la provisión de los em- 
pleos que les correspondan. 

«Finalmente, se ha dignado el Rei resolver que, 
cuando se propongan "arbitrios i sueldos proporcio- 
nados para los dos profesores de química que se 
han pedido para la misma escuela, determinará Su 
Majestad lo que tenga por mas conveniente sobre 
este particular. 

«De su real orden, lo comunico todo a Vuestra 
Excelencia para su intelijencia i cumplimiento. 
«Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. 
«San ! Ildefonso, 18 de agosto de 1805. 

«Soler. 
«Al señor presidente de Chile». 



Gracias a esta nueva disposición, don Manuel de 
Salas conservó siquiera la modesta escuela de arit 



— 112 — 

mótica i de jeometría, ya que no le fue posible plan- 
tear en ella las clases aolicables a la minería, de las 
cuales había aguardado tan provechosos resultados. 
La poderosa corte española, en cuyos dominios 
no se ponía el sol, no encontró tres mil pesos anua- 
les para fomentar en Chile la enseñanza de las cien- 
cias indispensables a la esplotación de las minas, 
una de las principales fuentes de producción en este 
país. 

A pesar de tantas contrariedades, el infatigable 
Salas no se había dejado abatir. 

Aún antes de que llegara la real orden de 18 de 
agosto de 1805, había continuado atendiendo a la 
academia de San Luís con tanto celo, como si no 
fuera un establecimiento amenazado de ruina. 

En diciembre de 1804, encargó al profesor don 
Vicente Caballero que levantara un plano de la 
ciudad de Santiago. 

Aquel mismo año, había arreglado una: especie 
de gabinete de historia natural bajo la dirección del 
ensayador jeneral de la Moneda don Francisco Ro- 
dríguez Brochero. 

Especialmente, después de la llegada de la real 
orden referida, redobló sus esfuerzos. 

I para que se comprenda cuantos debían ser és- 
tos, conviene que se sepa que era tal la escasez de 
los elementos escolares, como tiza, lápices, compa- 
ses, papel marquilla, tinta de China i otros, espe- 
rimentada a la sazón en Santiago, que era preciso 
encargarlos a Lima o Buenos Aires. 



— 113 — 

En abril de 1808, Salas trasladó la academia a 
una casa de la calle las Monjitas, la cual era mas 
espaciosa i cómoda que la de la calle de San An- 
tonio. 

La academia de San Luís subsistió hasta que, 
durante la revolución, fue incorporada en el Insti 
tuto Nacional, cuando éste se fundó el año de 1813. 



II 



VIII 



Don Manuel de Salas, en su calidad de síndico 
del consulado, trató de realizar seria i concienzuda- 
mente el grandioso programa trazado en la real 
cédula espedida en Aranjuez a 26 de febrero de 
1795. 

Precisamente la materia a que ella se refería 
había sido el objeto de sus constantes estudios i 
observaciones. 

Así concibió i ejecutó en favor del progreso 
agrícola, industrial i comercial de Chile mucho mas 
que todos sus colegas juntos, mucho mas que cual- 
quiera de los presidentes, i que algunos de ellos 
reunidos, escepto el que, a la sazón, iba a con- 
cluir el período de su gobierno, don Ambrosio 
O'Higgins, barón de Vallenar, que fue realista ra- 
bioso, mas español que un conquistador, pero tam- 
bién un administrador empeñoso i escelente, a quien 
debió mucho el adelantamiento material del país. 

Hubo un tiempo en que habría podido decirse 
con la mayor propiedad que el verdadero asiento 



— 116 — 

del gobierno estaba, no en el palacio que el repre- 
sentante del rei ocupaba en la plaza principal de 
la ciudad, sino en la modesta casa que el síndico 
del consulado habitaba en la calle de San Anto- 
nio. 

«El nombramiento de síndico de este consulado 
que Vuestra Excelencia se sirve hacer en mí (decía 
Salas al ministro don Diego Gardoqui en oficio de 
10 de enero de 1796) me proporciona una ocasión 
de complacerle i de ser útil a mi país, manía que 
ha guiado siempre mi aplicación, viajes i observa- 
ciones. Tener oportunidad de llenar estas dos mi- 
ras de mi ambición me es mas lisonjero que si viese 
cumplida la real orden que Vuestra excelencia 
espidió en 4 de junio de i 793 para que se me des- 
tinase en real hacienda, o si hubiese tenido efecto 
el real decreto que manda a la cámara consultarme 
para toga en 13 de octubre de 1794 por varios 
servicios que informa el actual presidente en 6 de 
enero de 1793, principalmente por el que hago en la 
intendencia de obras públicas de esta capital, de 
que estoi encargado como uno de sus rejidores. 

«Ni ésta, ni otras atenciones, me han impedido 
contraerme al desempeño de mi nueva obligación, 
i sin limitarme a lo que literalmente me prescribe, 
he promovido cuanto se dirije al bien de los ramos 
que Vuestra Excelencia quiere protejer. A mi so- 
licitud, se han señalado ya premios para las memo- 
rias que mejor indaguen el orijen de su decadencia 
i los medios de repararla. El desorden i abusos que 



— 117 — 

arruinan a los cosecheros i negociantes de trigo, 
cuya reforma ha ocupado la atención del gobierno 
i excitado los clamores del público un siglo hace, 
contenidos en gruesos volúmenes de autos, se han 
encargado por la junta a mi cuidado para su exa- 
men. Conociendo la necesidad que hai de una aca- 
demia de dibujo, aritmética i jeometría, promuevo 
su establecimiento; i para facilitarlo, he ofrecido 
costearlo, mientras lo apruebe Su Majestad». 



La comparación de lo que Salas había visto en 
sus viajes con el estado a que Chile se hallaba re- 
ducido, le había inspirado la convicción profunda 
de que ésta era una de las comarcas mas desvalidas 
i atrasadas del orbe, cuando podía ser una de las 
mas ricas i felices. 

Según él, los chilenos formaban un pueblo mise- 
rable; pero podían ser uno poderoso. 

Dios había hecho por nuestra tierra cuanto era 
deseable; el hombre, nada! 

Salas tenía el candor de creer que aquel cúmulo 
de males innecesarios podía remediarse con prove- 
cho de los intereses de la metrópoli, sin menoscabar 
las prerrogativas reales, sin ofender las preocupa- 
ciones del pueblo español, que consideraba a la 
América como dominio conquistado, como medio 
de proporcionarse una renta. 

Era, pues, un reformador radical, pero vasallo 



— 118 — 

leal i sincero, que habría retrocedido espantado, si 
alguien le hubiera demostrado que sus proyectos 
de mejora podrían, andando el tiempo, hacer con- 
cebir a los chilenos planes de trastornos políticos. 

I, sin embargo, era sin pretenderlo un gran re- 
volucionario. 

La opinión de que Chile no era nada, i podía 
serlo todo, que propagaba de palabra i de obra, 
halagaba naturalmente a los criollos, infundiéndo- 
les esperanzas i deseos imposibles de realizar bajo 
el réjimen español. 

Las trabas del sistema colonial i la satisfacción 
de tales aspiraciones eran incompatibles. 



La Representación sobre el estado de la agricul- 
tura, industria i comercio del reino de Chile hecha 
al ministro de hacienda don Diego Gardoqui por 
el síndico del consulado don Manuel de Salas en 
10 de enero de 1796, es una memoria notabilísima. 

Ella presenta un cuadro acabado de lo que era 
Chile al comenzar la revolución, debido a la pluma 
de un testigo ocular, mui fidedigno. 

Veamos cómo pinta el territorio i sus habitantes: 

«El reino de Chile, sin contradicción el mas fér- 
til de América, i el mas adecuado para la humana 
felicidad, es el mas miserable de los dominios espa- 
ñoles. Teniendo proporciones para todo, carece aún 



— 119 - 

de lo necesario; i se traen a él frutos que podría dar 
a otros. 

«Su estensión desde Atacama a la Concepción, 
que es la parte ocupada por los españoles, encierra 
nueve mil leguas en área, que participan de todos 
los climas, ya por su situación jeográfica (pues em- 
pezando en 24°, latitud meridional, termina en 37°), 
ya por hallarse bañada por un costado de doscien- 
tas sesenta leguas del mar, i por otra igual borda- 
da de las altas sierras nevadas de los Andes, como 
por otras diversas causas subalternas que concu- 
rren a variar el temperamento en una misma altura. 

«En este espacio, en que jamás truena, ni gra- 
niza, con unas estaciones regladas que rarísima vez 
se alteran, sembrado de minas de todos los metales 
conocidos, con salinas abundantes, pastos copiosos, 
regado de muchos arroyos, manantiales i ríos, que 
a cortas distancias descienden de la cordillera, i 
corren superficialmente, donde hai buenos puertos 
i fácil pesca; en un terreno capaz de todas las pro- 
ducciones i animales de Europa, de que ninguno 
ha dejenerado i algunos mejorado, donde no se co- 
nocen fieras ni insectos, ni reptiles venenosos, ni 
muchas enfermedades de otros países, i en donde 
se han olvidado los estragos de la viruela por me- 
dio de la inoculación; en este suelo privilejiado, 
bajo un cielo benigno i limpio, debería haber una 
numerosa población, un comercio vasto, una flore- 
ciente industria, i las artes que son consiguientes: 
mucho mas si se considera inmediatamente coló- 



— 120 — 

cado cerca del rico Perú, esterilizado por el terre- 
moto que desde fines del siglo anterior lo hace de- 
pender de Chile para su subsistencia. 

«A pesar de todas estas proporciones, la pobla- 
ción, según los mejores cómputos i razones que se 
han tomado antes i ahora, no pasa de cuatrocientas 
mil almas. Siendo capaz cada legua de mantener 
mil personas, según el mas moderado cálculo, tiene 
este reino, cuando mas, la vijésima parte delajente 
que admite; i esta despoblación asombrosa, verda- 
dero termómetro del estado de un país, dará una 
justa idea de su miseria. Es a la verdad de admirar 
que esté desierta una tierra que corresponde con 
prodigalidad al cultivo, donde la fecundidad de las 
mujeres es grande, en que continuamente se esta- 
blecen forasteros, siendo raro «1 natural que sale, 
donde ni la guerra ni la marina consumen los hom- 
bres; pero es aún mas portentoso que entre los ha- 
bitantes de un país tal, cuyo moderado trabajo ali- 
menta a otros pueblos, se hallen muchos cercados 
de necesidades, pocos sin ellas, i raros en la abun- 
dancia. Nada es mas común que ver en los mismos 
campos que acaban de producir pingües cosechas, 
estendidos para pedir de limosna el pan, los brazos 
que las recojieron, i talvez en el lugar donde acaba 
de venderse la fanega de trigo a ínfimo precio en 
la era. 

«Quien a primera vista nota esta contradicción, 
si se deja llevar del espíritu decisivo de los viaje- 
ros, desata luego el enigma concluyendo que la 



— 121 — 

causa es la innata desidia que se ha creído carácter 
de los indios, i que ha contaminado a todos los na- 
cidos en el continente, aumentada i fomentada por 
la abundancia; o mas induljente, buscando causas 
ocultas i misteriosas, lo atribuye al clima. Pero 
ninguno se toma el trabajo de analizar, ni se abate 
a indagar razones mas sencillas i verosímiles. 

«La flojedad i molicie que se atribuyen a estos 
pueblos, es un error; sí, Señor Excelentísimo; es 
un error que he palpado muchas veces, i he hecho 
observar a hombres despreocupados. Todos los 
días, se ven en las plazas i calles jornaleros robus- 
tos ofreciendo sus servicios, malbaratados, a cambio 
de especies, muchas inútiles, i a precios altos. Se 
ven amanecer a las puertas de las casas de campo 
mendigando ocupación; i sus dueños en la triste 
necesidad de despedirlos. 

«Soi continuo espectador de esto mismo en las 
obras públicas de la capital, en que se presentan 
enjambres de infelices a solicitar trabajo, rogando 
se les admita, i con tal eficacia que, por no aumen- 
tar su miseria con la repulsa, o hacerla con decen- 
cia, les propuse por jornal en el invierno un real 
de plata, i la mitad a los niños, siendo el ínfimo de 
uno i medio real, que sube por grado en otros tra- 
bajos hasta el doble. Concurre así cuanta jente ad- 
miten los fondos, sin que jamás haya dejado de so- 
brar; i esto consta de las cuentas remitidas a la 
corte. 

: «Nadie dirá que ha dejado una obra o labor por 

16 



— 122 — 

falta de brazos. Apenas se anuncia alguna, cuando 
concurren a centenares. Las cosechas de trigo, que 
necesitan a un tiempo de muchos jornaleros, se ha- 
cen oportunamente, a pesar de su abundancia. Las 
vendimias, que requieren mas operarios que las de 
España por el distinto beneficio que se da al vino, 
se hacen todas en un mismo día con solo hombres. 
Las minas, que ofrecen un trabajo duro, sobran 
quienes lo deseen. Conque no es desidia la que do- 
mina. Es la falta de ocupación la que los hace desi- 
diosos por necesidad: a algunos la mayor parte del 
año que cesan los trabajos; i a otros el mas tiempo 
de su vida, porque no lo hallan. Si como quieren 
persuadirse algunos indolentes políticos, la agricul- 
tura i las minas fuesen bastante ocupación para to- 
dos, no esperarían a que se les advirtiese: la nece- 
sidad i la esperanza los llevarían por la mano. Pero 
las tierras solo se cultivan a proporción de los con- 
sumos, de cuya regla fija si se apartan, sobreviene 
la carestía o decadencia. Esto hace que sea limitado 
el número de manos; i como solo pueden emplearse 
cierto tiempo del año, es de necesidad que el resto 
se mantengan ociosos. Las minas situadas muchas, 
i jeneralmente las de plata, en las sierras nevadas, 
solo se laborean el verano; i los mineros, no solo 
sufren la involuntaria ociosidad del invierno, sino 
que están sujetos a la continjencia de una ocupa- 
ción precaria, que no puede pasar a sus hijos. 

«Esta falta de objetos en que emplear el tiempo, 
hace mas común el funesto uso de los medios de 



— 123 — 

sofocar la razón, de suspender el peso de una exis- 
tencia triste i lánguida; de aquellos brevajes con 
que los infelices, con el pretesto de divertir sus 
aflicciones, parece que buscan un remedio para el 
mal de vivir. Estragados así, espuestos a la intem- 
perie de un clima seco, acortan su vida tan comun- 
mente, que el que ha escapado de los riesgos con 
siguientes a tal abandono, rara vez llega a la vejez; 
de modo que no hai un país en el mundo donde 
haya menos ancianos. A esto, se sigue el celibato, 
pues así como el hombre, luego que tiene una ocu- 
pación subsistente, su primer deseo es llenar las 
intenciones de la naturaleza casándose, cuando nó, 
huye i detesta una carga que no ha de poder llevar, 
que le hará autor de unos seres precisamente mise- 
rables, que sean, como sus padres, vagos, sin hogar 
ni domicilio, ni mas bienes ordinariamente, que los 
que apenas cubren su desnudez. Los niños no cono - 
cen ocupación; i las cortas labores de las mujeres, 
que reciben su precio como una limosna, no las 
alcanzan a sustentar». 

En resumen, la tierra era fértil, la cordillera es- 
taba preñada de metales, el mar abundaba en pes- 
ca, la población era laboriosa; pero había indijencia 
i ociosidad a causa de escasear el trabajo por el in- 
creíble atraso de la agricultura i de la industria. 

La difusión de la enseñanza, la apertura de nue- 
vas fuentes de riqueza i la libertad del comercio 
eran los remedios indicados para curar esa anemia 
que estenuaba al país» 



— 124 — 

El infatigable apóstol del progreso intelectual, 
moral i material presentó a la junta del consulado, 
con fecha 11 de julio de 1796, una Representación 
sobre fomentar algunos artículos útiles al comercio 
del reino. 

El formidable ciclope no se cansaba de martillar, 
aunque el hierro estuviera frío. 



Don Manuel de Salas completó esta pintura tan 
triste de lo que era Chile, i tan halagüeña de lo 
que podía ser, en una presentación que dirijie en 
1804 al presidente don Luís Muñoz de Guzmán la 
diputación o junta directiva del hospicio de la Olle- 
ría, de que Salas era miembro, sobre asuntos del 
establecimiento, siendo de notar que tales ideas 
aparecían ya patrocinadas, no por un solo individuo, 
sino por una corporación. 

«La pobreza estrema, la despoblación asombrosa, 
los vicios, la prostitución, la ignorancia i todos los 
males que son efecto necesario del abandono de 
tres siglos (hacía decir Salas a la diputación del 
hospicio en aquel documento) hacen a este fértil i 
dilatado país la lúgubre habitación de cuatrocientas 
mil personas, de las que los dos tercios carecen de 
hogar, doctrina i ocupación segura, cuando podrían 
existir diez millones sobre mas de diez mil leguas 
cuadradas de fácil cultivo. 

«La preferencia esclusiva que se dio a las minas, 



— 125 — 

i que hizo tanto mal a la Península, como a este 
continente, fue causa del olvido de la agricultura, 
que debió abastecer a la metrópoli de las materias 
que compra a sus enemigos; orijinó el desprecio del 
arte mismo con que deberían estraerse estos meta- 
les, único objeto de la codicia, i cuya abundancia i 
permanencia los hace cada día representar menos 
en el comercio, al paso que la tosquedad en su es- 
tracción i la ignorancia de su beneficio hacen mas 
difícil i ruinosa su adquisición. 

«La limitada esportación de frutos propios sos- 
tiene apenas un lánguido cultivo; i las ocupaciones 
temporales que exije éste son mucho mas limitadas 
que en otras partes, donde la naturaleza de las pro- 
ducciones requiere preparaciones que, añadiéndoles 
valor, emplean en las estaciones muertas a las mu- 
jeres, a los niños i aún a los mismos labradores. El 
comercio esterior, que se reduce al cambio de un mi- 
llón de pesos, valor del oro, plata i cobre que anual- 
mente produce el reino, por efectos de Europa, i el 
de los granos que lleva a Lima para solo pagarse 
de la azúcar i tabaco i otros cortos artefactos, no 
presentan ocupación sino a mui pocos; i el jiro in- 
terior, que lo constituye la reventa, las segundas 
compras, las usurarias anticipaciones, hacen la es- 
casa fortuna de algunos, i la ruina de muchos, es- 
pecialmente de los mas recomendables de las úni- 
cas manos criadoras, del labrador, el artesano, el 
minero, el jornalero. Estos brazos privilejiados des- 
tilan un sudor o sangre que, después de mejorar 



— 126 — 

algo la suerte de tal cual, los estenúa, i les hace 
aborrecer un trabajo sin esperanza, que, no alcan- 
zando a sus míseras familias, les hace mirar con 
horror el matrimonio, i los hijos como carga inso- 
portable-; i solo reproducen unos efímeros herede- 
ros de su triste vida, de su mal ejemplo i de los vi- 
cios que se procuran para atolondrarse, i suspender 
una existencia insufrible para otros cualesquiera en 
quienes la misma estupidez i el no reconocer mejor 
destino no contribuyesen a hacerles tolerable el 
suyo. La facilidad de satisfacer de cualquier modo 
las primeras necesidades les priva de aquel vehe- 
mente estímulo que hace al hombre laborioso i le 
conduce gradualmente a apetecer la comodidad, i 
después, la distinción. Los excesos a que los con- 
duce la perversa o ninguna crianza, i la carencia de 
recursos para vivir, los familiarizan con los críme- 
nes que en vano intenta reprimir una justicia se- 
vera que con penas inútiles acaba de degradarlos, 
i abatir aquellos resortes que sostienen la virtud, i 
que conserva mas bien la exactitud que no puede 
observarse respecto de hombres ya corrompidos, 
dispersos, i que nada tienen que perder. 

«Esta descripción melancólica, pero iujenua, del 
pueblo, que tiene presente Vuestra Excelencia; este 
análisis lijero, pero fiel, es únicamente capaz de 
esplicar un fenómeno tal, como el ver despoblado 
un país tan feraz, bajo un clima templado, sin fie- 
ras ni insectos venenosos, sin tempestades ni pestes, 
sin guerra ni emigraciones; solo así se resuelve el 



— 127 — 

problema. ¿Por qué los campos mas fértiles i rega- 
dos están sin cultivo? ¿Por qué tantos artículos 
que sirven al comercio, artes i farmacia están se- 
pultados? ¿Por qué muchas materias que podrían 
venderse a los estranjeros, redimiendo a la Penín- 
sula de la dependencia de comprarlas, no se envían 
a pesar de las reiteradas órdenes i medios para ha- 
cerlo, de que tiene noticia la diputación? No es Se- 
ñor, la desidia la que forma este raro conjunto de 
necesidad i abundancia, de abandono i proporcio- 
nes, de privaciones i deseos; no se orijina de alguna 
causa física, ni de algún principio misterioso, que 
se figuran los que no se han detenido a examinarlo. 
No hai otro motivo, que el mismo que ha produci- 
do iguales efectos en todos los terrenos, como éste, 
en que solo se prestó atención a las minas, pastos 
i granos con esclusión de la industria, i cuya cons- 
titución se varió luego que ésta vino a ocupar 
aquellas manos i aquellos días que no podían em- 
plearse en tales objetos. En suma, los trabajos 
sedentarios i perennes llenaron unos vacíos que 
trastornaban las sociedades, disminuyeron los culti- 
vadores i criaron consumidores de los frutos que 
antes embarazaban; tuvieron sobrantes con que 
cambiar los de otras partes; tuvieron nuevas nece- 
sidades que satisfacer; tuvieron esperanzas, costum- 
bres, virtud, educación; i se acabaron la mendiguez 
i la indijencia». 



— 128 — 

Las dos calorosas esposiciones que acabo de co- 
piar, me parece que deben ser consideradas como 
el mas formidable ataque que pudiera dirijirse con- 
tra un sistema que en tres siglos había ocasionado 
tanta miseria i estorbado tanta grandeza; pero, a 
fin de evitar falsos conceptos, no me cansaré de 
repetir que Salas estaba mui distante, completa- 
mente ajeno, de ocultar el mas lijero designio de 
desconocer los derechos del rei, el mas remoto plan 
de un trastorno político cualquiera. 

Por el contrario, confesaba que los monarcas 
españoles habían hecho en favor de esta comarca 
cuanto podía esperarse de su real benignidad (l); 
i declaraba sin doblez que deseaba que España tra- 
bajase en la prosperidad de Chile para que se 
estrechasen mas los vínculos entre ambos países. 

«Chile, decía, debe ser tan útil a la metrópoli, 
como hasta hoi le ha sido gravoso. España necesita 
consumidores para sus frutos i artefactos; Chile, con- 
sumirlos i pagarlos: para lo primero, es necesaria una 
gran población; para lo segundo, que ésta tenga 
con que satisfacer lo que recibe. Se completaría 
la felicidad de ambos países si los efectos que éste 
retornase fuesen de los que no produce la Penínsu- 
la i compra a otras naciones: así no embarazando 
su esportación, i conservando a la madre patria la 



(1) Representación de la diputación del hospicio al presidente don Luís 
Muñoz de Guzmán en 1804. 



— 129 — 

debida dependencia, la libertaría de la que su- 
fre». (1) 

Indudablemente, las opiniones i planes de Salas 
impulsaban a una revolución; pero ello sucedía sin 
que su autor lo sospechara siquiera. 

Los obstáculos de toda especie que aquel emi- 
nente hombre de bien encontró para la realización 
de sus benéficos proyectos debían a la larga acre- 
centar el descontento contra el orden establecido, 
que sus ideas, sin que él lo pretendiese, iban poco 
a poco suscitando. 

Así Salas, sin que tal fuera su propósito, hizo 
al gobierno español con solicitudes i representacio- 
nes de interés público una oposición tan cruda i 
tremenda, como la que al presente podría hacerse 
con los mas furibundos artículos de diario. 



(1) Salas, Representación al ministerio de hacienda sobre el estado 
de la agricultura, industria i comercio del reino de Oídle, 10 do enere 
de 1796. 



17 






La Representación sobre el estado de la agricul- 
tura, industria i comercio del reino de Chile hecha 
al ministro de hacienda don Diego de Gardoqui 
por el síndico del consulado don Manuel de Salas, 
es una larga memoria, de que ya he insertado un 
trozo, i en la cual reunió los datos mas curiosos so- 
bre el atraso en que se hallaban dichos ramos i so- 
bre los medios de mejorarlos. 

Las principales industrias ejercidas en el campo 
eran la siembra de trigo i la crianza de ganado. 

Salas calculaba que el precio corriente del trigo 
era por lo jeneral mas o menos el de diez reales la 
fanega de ciento cincuenta i seis libras. 

Por lo que toca al ganado, se había visto ejem- 
plo de venderse una res en pie hasta diez pesos, 
i se calculaba que en cecina, sebo, grasa i cuero 
podía producir el mismo precio. 

Se había logrado vender carneros a peso cada 
uno, i ovejas a tres i medio reales. 



— 132 — 

Sin embargo, Salas cuidaba de advertir que ya 
no se conseguían precios tan altos. 

La carga de leña de espino con treinta i dos pa- 
las i peso de quince a diez i seis arrobas, valía tres 
reales. 

La fanega de carbón, de cuatro a seis reales. 

El ciento de horcones de espino de dos i media 
varas, seis pesos. 

El ciento de horcones de talhuén, cinco pesos. 

El ciento de varas de talhuén, de diez i ocho a 
veinte i dos reales. 

Cada tijera! de canelo, real i medio. 

Cada tijeral de roble, dos i medio reales. 

Cada viga de canelo, tres reales. 

Cada viga de roble, cinco reales. 

Cada pilar de ciprés, ocho reales. 

Cada tabla de ciprés, dos i medio reales. 

Cada tabla de patagua, dos reales. 

Cada arroba de vino, cuya fabricación costaba 
cinco reales, se vendía de ocho a doce reales. 

La arroba de aguardiente, de cinco a seis pesos. 

La fanega de aceitunas, de tres a cinco pesos. 

La de almendras en cascaras, a un real mas o 
menos. 

La de higos, de veinte a veinte i cuatro reales. 

La de peras, melocotones, manzanas i membri- 
llos secos, de diez a doce reales. 

La de ciruelas, de seis a ocho reales. 

La de anís, de diez a diez i seis reales. 

La de cebada, de tres a cuatro reales. 



— 133 — 

La de fréjoles, de nueve a quince. 

La de lentejas, de ocho a doce. 

La de maíz en grano, de ocho a doce. 

La de garbanzos, a diez i seis reales. 

La de comino, a veinte. 

La de papas, de cuatro a seis reales. 

La de azafrán i orégano, de ocho a doce reales. 

Salas se limitaba, en la memoria que estoi estrac- 
tando, a decir que la esplotación de las minas era 
lamentable, sacándose de ellas en oro, plata i cobre 
solo un millón trescientos mil pesos. 

Los imicos artesanos que había en Chile eran 
herreros, plateros, carpinteros, albañiles, pintores, 
sastres, hojalateros i zapateros, todos ellos muí 
malos. 

La pesca se hacía en reducidísima escala, siendo 
las mas productivas la del congrio en Coquimbo, 
cuyo producto se calculaba en cuatro mil pesos 
anuales, i la de la pescada en Valparaíso, cuyo pro- 
ducto se calculaba en veinte mil pesos. 

Esta segunda pesca solo tenía de fecha unos 
treinta años. 

El primero que había entablado este negocio ha 
bía sido don Luís Lizón. 

Se preparaban en algunas curtidurías algunas 
malas suelas i algunos malos cordobanes. 

En Quillota, se elaboraban por año unos tres mil 
quintales de jarcia, i un poco de hilo de acarreto. 

No alcanzaban a hilarse i tejerse en todo el país 



— 134 — 

mas de ciento cincuenta mil varas de bayeta ordi- 
naria. 

Se hacían pellones. 

En Coquimbo i Aconcagua, se labraban utensi- 
lios de cobre. 

Se trabajaban en algunos lugares tinajas de ba- 
rro. 

Por cuenta del rei, se fabricaba la pólvora nece* 
saria para las minas i los fuegos artificiales, la cual 
se vendía a seis reales la libra. 

Tal era el estado de la industria, 

Salas resumía en los siguientes cuadros todo el 
comercio de Chile: 

COMERCIO DE ESPORTACIÓN 
Artículos llevados a Lima i a otros puertos del Perú 

Mercaderías Cantidades Precios 

corrientes 

Trigo 220,000 fanegas a 10 reales.... $ 275,000 

Sebo 21,000 quintales a 5 pesos .... 105,000 

Cobre en barra 13,000 id. a 8J pesos.... 110,500 

Id. labrado 16,900 libras a 3 reales 6,000 

Jarcia en blanco. .. . 3,000 quintales a 8 pesos — 24,000 

Almendras 12,000 libras a 1\ reales 3,750 

Vino 6,500 botijas a 5 pesos arroba 32,500 

Cueros de vicuña... 1,500 a 10 reales 1,875 

Congrio seco 200 quintales a 20 pesos 4,000 

Cordobanes 14,500 a 10 reales 15,625 

Charqui o cecina... 1,000 quintales a 3 pesos 3,000 



— 135 — 

Grasa de vaca 1,200 id. a 2 pesos.... 2,400 

Harina 600 fanegas a 10 reales 750 

Otros efectos de poca monta, como anís, orégano, 
nueces, hilo bramante, frutas secas i en dulce, co- 
cos, legumbres, estribos de madera, petacas o ar- 
cas de cuero, canchalagua, culén, velas de sebo, 
lenguas de vaca, azafrán, cueros curtidos i sin 
curtir, cebada, quesos, pescadilla, manteca, pon- 
chos i alguna madera 25,000 



Total I 609,400 

Artículos llevados a Buenos Aires i a las provincias 
al este de la cordillera 



Mercaderías Cantidades Precios 

corrientes 

Cordobanes 12,000 a 7 reales $ 10,500 

Cobre labrado 10,000 libras a 1\ reales 3,125 

Almendras, pellones, algunas menestras, quesos, can- 
chalagua i culén 1,000 

Plata sellada 250,000 



Total % 264,625 

Al presidio de Juan Fernández, se enviaban por 
cuenta del rei mercaderías que importaban dos mil 
novecientos noventa i ocho pesos seis reales, i por 
cuenta de particulares, otras que importaban dos 
mil quinientos noventa i siete pesos. 

Al presidio de Valdivia se enviaban por cuenta 
del rei mercaderías que importaban once mil ciento 
diez i siete pesos; i por cuenta de particulares, otras 



— 136 — 

que importaban once mil seiscientos treinta i siete 
pesos cuatro reales. 

COMERCIO DE IMPORTACIÓN 

Artículos traídos del Perú a Chile 

Mercaderías Cantidades Precios 

corrientes 
Azúcar (cuando 

menos) 76,000 arrobas a 4 pesos $ 304,000 

Bayeta ordinaria. 200,000 varas a 3 reales. 75,000 

Tocuyos 300,000 id. a 2| reales 107,812 4 

Añil 5,000 libras a 20 reales 12,500 

Paño de Quito.... 5,500 varas a 20 reales 13,750 

Arroz 1,500 arrobas a 20 reales ... 3,750 

Piedras de sal ... . 22,000 a 2 pesos. 44,000 

Salitre (de cuenta 
de la real ha- 
cienda) 400 quintales a 23 pesos.. 9.200 

Otros efectos pequeños, como sombreros de paja, 
pabilo, manteles, colchas de algodón, pita, cho- 
colate, cuerdas, albayalde, solimán, miel, muni- 
ción, peltre labrado, cacao, telas de clin, pasti- 
llas de olor, botonaduras i chancacas 50,000 

Tabaco en hoja i polvo (por cuenta de la real ha- 
cienda) 300,000 



Total $ 920,012 4 

Artículos traídos a Chile de las 'provincias trasandinas 

Mercaderías Cantidades Precios 

corrientes 

Yerba del Paraguai. 100.000 arrobas a 3 pesos $ 300,000 

Mantas 20,000 a 9 reales 22,500 



Total $ 322,500 



— 137 — 

A rtículos traídos de la isla de Juan Fernández 

Mercaderías Cantidades Precios 

corrientes 

Langostas secas 50 quintales a 14 pesos $ 700 

Berrugate 16 id. a 18 pesos.... 288 

Eesinas i huevos para remedio 10 

Total $ 998 

Salas calculaba aproximativamente en un millón 
cincuenta mil pesos el valor de las mercaderías traí- 
das de España, advirtiendo que no podía fijarse de 
una manera exacta «por variar según los buques 
que venían, la guerra i otros accidentes que concu- 
rrían a impedir su regularidad». 

El autor de aquella interesantísima memoria 
proponía diversos arbitrios para remediar el abati- 
miento de Chile. 

Voi a enumerarlos a la lijera. 

Debía propagarse con el mayor celo la enseñan- 
za de las ciencias, que tuvieran aplicación a la agri- 
cultura, a la minería i a la industria. 

Era preciso remover completamente las trabas 
fiscales que impedían el libre comercio entre la me- 
trópoli i sus posesiones ultramarinas, i entre unas 
i otras de estas últimas. 

Salas no se atrevía a pedir espresamente la li- 
bertad de comercio con las naciones estranjeras; 
pero ello se deducía con la mayor claridad de los 
principios que sentaba para apoyar su tesis. 

18 



— 138 — 

Sostenía con empeño la facilidad i las ventajas 
de establecer nuevos cultivos o nuevas industrias, 
como la siembra del tabaco, del cáñamo, del lino; 
la esplotación del verdete o cardenillo, del vitriolo, 
de la sal amoniacal, del bórax, del cinc, de la plati- 
na, del cobalto o bismuto; la preparación de carne 
salada i de caldos portátiles; la fabricación de cía- 
vos, planchas de cobre, cola fuerte; la mejora de las 
curtidurías; el aprovechamiento o estracción de la 
lana en bruto o hilada, de la pluma, de la clin, de 
los trapos viejos. 

Solicitaba que se enviaran de la Península hom- 
bres prácticos, instrucciones, razones de precios co- 
rrientes. 

Lo que le hacía concebir mas lisonjeras esperan- 
zas era el cultivo del lino. 

«Estoi tan seguro, decía, del buen éxito que ten- 
drán el cultivo del lino i el envío de esta materia a 
España, que no dudo hacer el sací ificio a la común 
felicidad de los primeros gastos, que serán los que 
únicamente deberán perderse; irpara esto franqueo 
lo que puedo, esto es, la gratificación de setecien- 
tos pesos que se me acaban de asignar por la inten- 
dencia de obras públicas, el salario de síndico del 
consulado, las tierras que se quieran emplear en 
estas siembras con los utensilios, bueyes i oficinas 
necesarias en las inmediaciones de esta ciudad para 
que, espuestas a vista de todos las esperiencias, 
exciten á su imitación». 



— 139 — 

El siguiente documento, inédito, i completamen- 
te ignorado hasta ahora, como la mayor parte de 
los que he dado a conocer en esta obra, va a hacer- 
nos saber, entre otras cosas, cuál fue la determina- 
ción que dictó la corte con motivo de la patriótica 
representación de Salas. 

«Excelentísimo Señor: 

«De orden de Su Majestad de 20 de marzo del 
año pasado, previene Vuestra Excelencia a este 
consulado que, imponiéndose de una representación 
que dirijió a Su Majestad el síndico don Manuel 
de Salas acerca del estado de la población, agricul- 
tura, industria i comercio de este reino, i los dife- 
rentes medios que podrían adoptarse para su ade- 
lantamiento, tome aquellos que le parezcan mas 
conducentes para este fin, con tal que no perjudi- 
quen al comercio de europeos, ni menoscaben los 
intereses del real erario; i que a la mayor brevedad 
i con toda justificación, informe sobre el asunto, i 
proponga las providencias que crea oportuno i con- 
veniente se tomasen, 

«La junta la ha examinado con detenida aten- 
ción; i conviniendo la suma de los valores del co 
mercio de este reino que se especifican en la repre- 
sentación con la noticia jeneral que se tiene de que 
el jiro es de tres millones de pesos, infiere que los 
pormenores del plan que encierra son exactos i se- 
guros, de suerte que estas noticias, añadidas a las 
de las adjuntas notas, pueden servir de contesta 



— 140 — 

ción de las que con fecha de 11 de mayo de 1795 
encarga Su Majestad, ya que el mal éxito de las 
diferentes dilijencias que ha practicado el consula- 
do para adquirirlas ha embargado el cumplimiento 
de una real orden que hubiera cumplido desde lue- 
go a haber tenido anticipadamente estas minucio- 
sas noticias. 

«No halla menos acierto, en las causas a que se 
atribuye el atraso, ni menos fundadas las reflexio- 
nes que sobre ellas se hacen; i aunque todos los 
medios de adelantamiento que se proponen, le pa- 
recen^ conducentes j-para el fin, sin embargo, ni las 
circunstancias de la despoblación de este reino i la 
diferente dirección que tiene su vasta industria, ni 
los escasos fondos del consulado, comparados con 
lo vasto de los proyectos, permiten atender a po- 
nerlos todos en planta al mismo tiempo. 

«Entre los varios que comprende la representa- 
ción, ninguno parece a la junta mas a propósito 
para el fomento de la agricultura, ninguno mas 
practicable, ni mas propio para estender el comercio 
de este reino, que el cultivo del lino. Los ensayos 
hechos hasta ahora, aunque imperfectos, i la analo- 
jía de esta materia con el cáñamo conducen a la 
junta a creer a que podría obtenerse fino i con to- 
das las cualidades que pueden apetecer las fábricas 
de Europa. El poco valor de las tierras, lo bajo de 
los jornales i la noticia que anuncia el Correo Mer- 
cantil de haberse vendido en Inglaterra ventajosa- 



— 141 — 

mente el lino en rama, trasportado desde Bahía 
Británica, ofrecen la lisonjera esperanza de que, es- 
tendido este cultivo i propagado entre las familias 
de inquilinos que habitan las estancias, o haciendas 
de particulares, i hallado el método mas convenien- 
te de prepararlo según las circunstancias locales, 
podría establecerse este artículo de estracción, cuya 
utilidad para este reino es incalculable. 

«El acierto en su preparación no es seguramente 
el mayor tropiezo del proyecto. La esperiencia, la 
observación, los errores mismos i el tiempo podrían 
removerlo. Poderlo poner desde esta distancia en 
los puertos de España a menor precio, o cuando no, 
en concurrencia con el precio del que suministra la 
Busia, es la mayor dificultad que se presenta, i si 
hai algún arbitrio para vencerla, es estender tanto 
su cultivo, que, siguiendo esta especie la lei jeneral 
de todos los efectos de consumo que llegan a una 
máxima abundancia, salga de estos puertos al me- 
nor precio posible. Nada tendría que hacer el con» 
sulado para lograr esta estensión, si todos los ha- 
cendados siguiesen el ejemplo de don Manuel de 
Salas, que ha ofrecido a la junta suministrar gra- 
tuitamente a los inquilinos de su hacienda simien- 
te, tierras, utensilios i comunicarles la instrucción 
que ha adquirido con su incesante incubación sobre 
este objeto de tres años a esta parte. Se ve, sin 
embargo, que algunos se han estimulado; i se soli- 
cita con empeño la semilla; i que solo a los alrede- 
dores de esta capital se han hecho mas de veinte 



— U2 — 

siembras de alguna consideración, prescindiendo de 
otras hechas en otros partidos. 

«Para sostener este movimiento, el consulado ha 
ofrecido a los esportadores el premio de un cuarti- 
llo en libra del lino en rama que estrajesen media- 
namente preparado por el término de tres años, que 
deberán contarse desde la actual cosecha. Pero no 
teniendo la junta por suficientemente eficaz este 
auxilio para la estensión del cultivo del lino, para 
su abundancia i consiguiente concurrencia con el 
de Rusia en los mercados de Europa, no puede me- 
nos de pedir a Vuestra Excelencia se sirva inclinar 
el real ánimo de Su Majestad a que, ya que la con- 
cesión de los terrenos de realengo a propósito para 
el cultivo del lino i cáñamo que Su Majestad man- 
da se haga en su real nombre, no ha tenido efecto, 
ni es probable que lo tenga en un país donde hai 
tanto terreno propio sobrante, haga la gracia de la 
exención de diezmos en el lino, i de toda contribu- 
ción municipal, cualquiera que sea, como lo está de 
todos los derechos reales, al modo que con el objeto 
de fomentar la isla de Cuba, libertó Su Majestad 
de esta contribución el añil, café i otras especies. 

«Ninguno de estos medios es necesario emplear 
para fomentar el cultivo del cáñamo. Se conoce su 
cultura; se sabe su preparación i laboreo; está es- 
tendido con ventaja el consumo que se hace de esta 
especie; i se estenderá cada vez mas, si los comer- 
ciantes de Buenos Aires i Montevideo, que, inte- 
rrumpida actualmente la comunicación con Europa, 



— H3 — 

han pedido en este año pasado al pie de quinientos 
quintales de filástica i de alguna jarcia, satisfechos 
de su calidad, i hallando mayor comodidad en sus 
precios, continuasen pidiendo remesas, aún después 
de concluida la guerra. Se estenderá por sí solo, 
cuando acordada la buena curtiembre de los cueros, 
sobre cuyo objeto está actualmente recojiendo luces 
la junta, i entablada su esportación, sea necesario 
recurrir a esta materia para hacer toda la cordele- 
ría i jergas toscas para empaquetar los tercios i 
efectos de trasporte, en que ahora se emplea una 
considerable parte de los cueros. 

«Promover el establecimiento de un hospicio 
para las mejoras i estensión de los tejidos de lana, 
es otro de los medios que en beneficio de la indus- 
tria propone don Manuel de Salas. Suponiendo que 
fuese compatible el asilo i hospitalidad de la desva- 
lida e impedida humanidad, en cuyo beneficio se 
han establecido los hospicios, con el trabajo i acti- 
vidad de una fábrica cualquiera, sobre cuyo punto 
los hospicios de Europa suministran bastantes mo* 
ti vos de duda; i que el consulado tuviese un consi- 
derable residuo de fondos con que poder en alguna 
parte influir en su establecimiento i conservación, 
la junta cree podría lograrse el fin que don Manuel 
de Salas se propone sin necesidad de establecer con 
el nombre de hospicio una fábrica imperfecta, i de 
sujetar unas manos débiles e impedidas a un traba- 
jo asiduo, que, por corto que sea, siempre les es in- 
tolerable, por otros medios, que empleará oportu- 



— 144 — 

ñámente, mas análogos al instituto de la junta, i 
que estén dentro de los límites de las facultades que 
Su Majestad le ha concedido, dejando al superior 
gobierno tan importante i necesario establecimien- 
to, cuya mano armada de toda la autoridad podría 
allanar las dificultades que ocurriesen, fuera de que, 
aunque no se saca de las lanas del reino todo el par- 
tido que es de desear, se advierte, no obstante, me- 
jora en los tejidos groseros de que cubren su des- 
nudez los infelices, i mayor estensión de ellos, de 
que es una prueba la disminución en la importación 
de ropas llamadas de la tierra que el Perú suminis- 
traba. 

«El acertado juicio sobre la propuesta del esta- 
blecimiento de una fabrica de planchas de cobre 
para forro de los buques, cuyo proyecto a primera 
vista ofrece tantas ventajas recíprocas para la me- 
trópoli i para estos dominios de Su Majestad, pen- 
de de otras muchas noticias químicas, mecánicas i 
mercantiles, mui menudas i exactas, que ha ofreci- 
do don Manuel de Salas comunicar al consulado, 
que reserva, para cuando llegue este caso, informar 
a Su Majestad sobre el asunto. 

«Pero, como este metal suministra por medio de 
los ácidos el cardenillo de tanto uso para las artes, 
i en ninguna parte hai mas proporción de lograrlo, 
así por la abundancia del metal, como por la del 
majistral común por cuyo medio se obtiene, la jun- 
ta, persuadida de la facilidad de crear este artículo 
de comercio, juzga que el único auxilio que este 



— 145 — 

ramo necesita para estenderse entre los cosecheros 
de vinos es el de comunicarles la instrucción nece- 
saria para hacerlo; para cuyo efecto, si Su Majestad 
se dignase mandar traducir por alguno de los di- 
rectores i maestros de los laboratorios de química 
de Madrid alguna de las memorias sobre el asunto 
de la Academia Real de las ciencias, añadiéndola o 
rectificándola según los conocimientos modernos 
en esta parte, este consulado se encargará de que 
se imprima a su costa para distribuir después sufi- 
ciente número de ejemplares para que los que quie- 
ran dedicarse a fabricarlo puedan unir a la abun- 
dancia con que puede suministrarse esta droga una 
excelencia de calidad que dispense de admitir la del 
estranjero. 

«No ha parecido a la junta menos interesante el 
fomento de otros ramos que espresa don Manuel 
de Salas; i así le ha encargado haga a costa del 
consulado algunos ensayos, particularmente sobre 
las pastillas para caldo, cuyo artículo, al grado de 
fomento que permite la abundancia de las carnes i 
aves de este país, i su superior calidad a las de Bue- 
nos Aires, podrá servir quizá para la provisión del 
ejército i marina real i mercantil, i aún para consu- 
sumo entre la jente desacomodada. 

«I como estas excelentes tierras, incultas rjor 
falta de frutos de salida, podrían producir el pastel, 
rubia, gualda, zumaque i otras plantas útilísimas, 
le ha comisionado igualmente para que pida semi- 
llas a España con una razón de los parajes de don- 

19 



— 146 — 

de se suministran, sus precios, usos, consumos i la 
correspondiente instrucción sobre su beneficio, con- 
servación i trasporte, para fomentar el consulado 
el plantío de aquellas que suministre a España el 
estranjero; o que si se producen en España, no per- 
judique su cultivo en estos dominios la agricultura 
i comercio de aquéllos, cuya regla debe ser tanto 
mas invariable para el consulado, cuanto que, según 
la riqueza de este país en el reino mineral i vejetal, 
la prosperidad de su agricultura i comercio es mui 
compatible con la de la metrópoli. 

«Es indudable que, fomentados estos ramos i el 
del alumbre, bórax, cinc, vitriolo, sal amoníaca, bis- 
muto i otros muchos semimetales, fósiles i drogas, 
se podría lograr formar cargamentos que atrajesen 
los buques de España directamente a estos puertos, 
i no con escala a ellos. Otros muchos artículos que 
ahora no aparecen de salida, la tendrían entonces; 
pero por desgracia los nombres de las cosas es la 
única idea que han dejado los naturalistas en las 
rápidas visitas que han hecho por este reino. Por 
lo tanto, cree la junta que todos sus esfuerzos i es- 
pendios para promover estos ramos serán inútiles, 
mientras que Su Majestad no envíe de cuenta de 
la real hacienda a residir por algunos años en este 
país a un hábil i esperto químico, que, preparado 
con algunos conocimientos de las relaciones de su 
profesión con las artes i el comercio, enseñe a sa- 
car partido de las riquezas que encierra este suelo; i 
respecto a que el cuerpo de minería ha de recibir 



— 147 — 

tanto beneficio de las luces que comunique en do- 
cimacia i metalurjia, no podrá parecer a Vuestra 
Excelencia irregular proponga también la junta a 
Su Majestad, que este cuerpo costee los gastos de 
su laboratorio. 

«A este mismo cuerpo, no solo por el estado de 
sus fondos, sino también por su propia ordenanza 
e instituto, corresponde peculiarmente atender al 
sólido establecimiento i conservación de la acade- 
mia a que se ha dado ya principio con la enseñanza 
del dibujo, no pudiéndose proporcionar la de arit- 
mética i jeometría, a menos que Su Majestad aprue- 
be el medio propuesto por don Manuel de Salas a 
la junta de dispensar la ordenanza que prohibe ocu- 
parse en este ministerio a los oficiales de injenieros, 
exonerándose así el consulado de la contribución 
anual interina de mil pesos que ha entablado desde 
este año para emplearlos en otros objetos mas 
propios de los fines de su creación, i que tengan 
una relación mas inmediata con el fomento de la 
agricultura e industria i estensión del comercio. 

«Estos son los medios que la junta ha estimado 
por mas conducentes para el aumento i progreso 
de los diferentes ramos que constituyen la pública 
felicidad de este reino, i las providencias que juzga 
convenientes, i que espera que, mereciendo la apro- 
bación de Su Majestad, se dignará tomar en bene- 
ficio de estos dominios. 

Santiago de Chile, a 12 de marzo de 1798. — José 



— 148 — 

Ramírez. — Pedro Palazuelos. — Francisco Javier 
de Zuazagoitai)}. 



El infatigable Salas informó al mismo tiempo 
por separado de la manera que va a leerse; 

«Excelentísimo Señor: 

«Obedeciendo la real orden de 20 de marzo del 
año anterior, pasé al consulado copia de mi repre- 
sentación de 12 de enero de 1796 para que, según 
se le previene, tome de los medios que propongo 
aquellos que tenga por mas conducentes a los obje- 
tos de su instituto, i represente las providencias 
que convengan espedirse, informando de todo, como 
lo hace en esta ocasión. Los que por ahora cree 
mas dignos de atención por su importancia i posi- 
bilidad, son los mismos en que he incubado mas, i 
están a la sazón casi ejecutados. 

«La academia, que ha de suministrar las luces que 
necesariamente deben preceder a las artes, comercio 
i agricultura, está abierta desde mediado del año 
anterior; i como no he podido proporcionar mas 
enseñanza que la de gramática, primeras letras i 
dibujo, se ha resuelto hacer efectiva la oferta de 
mil pesos anuales, que la escasez de fondos ha frus- 
trado hasta hoi. Con este auxilio, so oirán leccio- 
nes de aritmética i jeometría, según la voluntad 
del rei; i se prepararán los discípulos para aprove- 



— 149 — 

charse de las que reciban de docimacia i química, 
que les diese el facultativo que se pide a Su Ma- 
jestad. 

«De igual importancia estima el cultivo del lino, 
tanto por la estensión de que es susceptible, cuanto 
por el grado de persuasión en que ha puesto mi 
constancia la facilidad i conveniencia de este ramo; 
de modo que ya se han hecho mas de veinte peque- 
ñas siembras en las inmediaciones, o se promueven 
en las provincias, i hacen ensayos en Buenos Aires, 
Para estimular a la esportaeión, ofrece la junta gra- 
tificar con un cuarto de real en libra a los que la 
hagan los tres primeros años, i pide se releve esta 
materia de diezmos i otros derechos, repitiendo la 
súplica que antes hice. Deseando dar por mi parte 
un nuevo impulso a esta empresa, i considerando 
que solo se conseguirán la abundancia, baratura i 
perfección de ella cuando el cultivo i beneficio se 
hagan por labradores pobres, interesados en el buen 
éxito, i en economizar el tiempo, para que así se 
estienda i dispense la ocupación que para ellos se 
busca principalmente, ofrecí a la junta (i voi a eje- 
cutar el plan que considero mas adecuado) repartir 
entre los mismos que en los tres anos anteriores 
han trabajado a jornal en mis cosechas, o las han 
visto, quinientas arrobas de semillas; darles gratui- 
tamente tierras, bueyes i herramientas para será 
brar el lino; pozos para embalsarlo; almacenes en 
que depositarlo hasta el invierno, que no tienen en 
que ocupar; hornos i utensilios para beneficiarlo; i 



— 150 — 

algunos socorros pecuniarios mientras lo venden. 
Con esto, i tener seguro el espendio, están anima- 
dos a emprender por sí el nuevo trabajo. En defecto 
de otros compradores, lo seré yo, fijándoles el pre- 
cio de sus frutos, con anticipación, en yerba, mace- 
rado o agramado; i éste será tal, que ni los desalen- 
tará, ni distará mucho del que debe tener para que 
costee su esportación. Disminuyendo gradualmente 
estos auxilios en cuatro o cinco años, se conseguirá? 
sin una visible mutación en el valor, i sin esfuerzos 
violentos, sacar a los labradores de los objetos en 
que se criaron. Hecha vulgar esta labor, se trasla- 
dará por sí sola, o por iguales medios que ejecuta- 
ré, si fuese necesario, a lugares mas a propósito; 
pero que por distantes, no deben ser preferidos por 
ahora a las inmediaciones de la capital. En ella, 
aunque mas caro todo, deben jeneralizarse la afición 
i conocimiento para que se difundan como del centro 
a la circunferencia. Se pueden precaver los errores 
que desanimarían, i suministrar auxilios, preceptos, 
ejemplo i espendio, sin lo cual jamas florece ningún 
ramo de agricultura. Una demostración de esta 
clase debe ser mas activa que muchos raciocinios- 
Si se le une el buen éxito de la remesa que hice el 
año pasado, i de otra que luego enviaré a disposi- 
ción de Vuestra Excelencia, sin duda otros segui- 
rán estos pasos, en que no desmayaré, persuadido 
a que no hai preocupación ni dificultad capaz de 
resistir a la tenaz obstinación en querer un bien, 
La indefesa incubación de tres años, i el tacto de 



— 151 — 

todas las incidencias de este objeto, me persuaden 
que esta es la época de lograr tan importante em- 
presa; i que, si se abandona, solo servirán los esfuer- 
zos actuales de argumentos contra su posibilidad; i 
creyéndola frustrada por otros principios pasarán 
tantos años sin volverse a pulsar, como han corrido 
desde que se encargó por la primera vez en una lei 
de Indias. 

«El consulado, encontrando digna de tentarse la 
fábrica del cardenillo, pide a Vuestra Excelencia 
noticias sobre esta materia. Aunque siempre serán 
útiles, pero talvez con las que he adquirido, logra- 
ré hacer unos ensayos que llenen los deseos, luego 
que con las vendimias vengan los materiales nece- 
sarios para su formación! Seguiré las instrucciones 
que contienen las memorias de Mr. Montet, que se 
hallan en la Historia de la Academia de los años 
de 1750 i 1753; i que puede tener a la vista el que 
se encargue de colectar i rectificar las que ahora se 
piden. 

«La junta reserva informar sobre la construcción 
de planchas de cobre para cuando yo presente el 
resultado de mis investigaciones i tentativas. Trato 
incesantemente de hacerlo; i no dudo que, aún cuan- 
do no se hagan con la perfección que denotan las 
muestras que tengo, pueden ponerse en estado de 
ir a recibir la última preparación en los cilindros, 
mientras tenemos esta máquina, i martinetes, mu- 
cho mas fáciles de ejecutar aquí, que en Europa, si 
a la abundancia de maderas i corrientes de aguas, 



— 152 — 

se añadiesen las instrucciones necesarias. Todo se 
conseguirá con el tiempo; i espero antes de mucho, 
remitir algunas. 

«Cuando consiga que estos dos objetos i otros 
estén en ■ la misma situación que la academia i el 
lino, tendrán mas apoyo; su ejecución distará me-, 
nos, al paso que se hagan sensibles sus ventajas. 

«Se me ha comisionado para hacer venir las se- 
millas, i cultivar aquellas plantas que ofrecen espe 
ranza de formar nuevos ramos de esportación, i 
principalmente las que llevan a Europa los estran- 
jeros, o se producen allí con embarazos que aquí no 
tenemos, que ocupan muchas tierras, o las emplean 
mucho tiempo en perjuicio de objetos mas necesa- 
rios. La rubia, que a mas de estos inconvenientes, 
necesita molinos para pulverizarse, debe mirars 
con preferencia, donde sobran campos incultos i 
proporciones para molerla. La gualda, el pastel, el 
zumaque i otras muchas materias para las artes i 
farmacia se hallan en el mismo caso. De ellas pido 
simientes al consulado de ja Corufía, i muestras de 
clavos i planchas de cobre antes de recibir la últi- 
ma mano. A. su llegada, nada omitiré para comple- 
tar el encargo, guiado de la esperanza de que el 
logro de un solo objeto de éstos hará el mismo bien 
que la trasplantación del café a las Antillas, acción 
que dio tanta gloria al jeneroso vasallo que espuso 
su vida por conducir un arbusto. 

«Para que sepamos los precios, usos i consumo 
que tienen en las fábricas i medicina las gomas, re- 



— 153 — 

sinas, sales, semimetales, fósiles, planchas, betunes 
i otras muchas materias que apenas conocemos, i 
sobre todo sus preparaciones, adopta el consulado 
mi pensamiento de que se pida a Su Majestad 
mande venir un sujeto que una a estas nociones 
principios químicos. Su enseñanza, no solo será 
ventajosa al comercio, sino a la minería, tan atra- 
sada por falta de tales nociones. Deberá,, para hacer 
útil su venida, emplear parte del año en dar leccio- 
nes en la academia, i aquel tiempo en que las esta- 
ciones permiten viajar, salir a reconocer estos países 
vírjenes. Recorrida la vasta i varia superficie del rei- 
no por uno que conozca bien la física i economía, aso- 
ciado con quien a los conocimientos locales junte los 
medios de facilitar por su celo i conexiones la ins- 
pección de los objetos de un viaje económico, puede 
conseguirse mas fruto que de los que a tanta costa 
se han hecho en obsequio de las ciencias. Cualquie- 
ra hallazgo compensará con exceso los gastos i fa- 
tigas. Tal vez la molibdena, que tan misteriosamen- 
te se saca en Inglaterra; las tierras lijílidas, que se 
recejen un solo día en Lemnos; el carmín, que tan- 
to produce a Ñapóles; la puzolana, que enriquece 
al país que le da el nombre; la momia mineral, que 
constituye una renta al rei de Persia, que se creyó 
hallar en Lorestan, según Savari; algún criadero 
de piedras preciosas, cuya invención es probable, 
según los indicios que se encuentran, i porque la 
naturaleza, siempre consecuente en sus produccio- 
nes, ha situado tales riquezas en lugares que tienen 

20 



— 154 — 

igual positura en el globo; alguna cosa de éstas, u 
otras de semejante importancia, sería el término 
feliz de tan benéfica espedición. No hai seguramen- 
te teatro mas digno de ella, por vasto, por nuevo, 
por fecundo, i porque solo así será útil a su madre 
patria. El naturalista que actualmente lo examina 
con solo el fin de acopiar materiales para el real 
gabinete, ha encontrado preciosidades que le asom- 
bran; i excitan en todos el sentimiento de que sea 
tan limitada su comisión, como estendidas las re- 
jiones en que va a ejecutarla. Podría encargarse al 
sujeto nombrado que, después de instruido en los 
fines de su venida, con la lectura de éste i los de- 
más informes, al pasar a la Coruña, viese en Tubia 
la fábrica de planchas, i el método de dulcificar el 
cobre. Las luces que suministraría por este medio, 
no solo cederían en beneficio público, sino que, 
aprovechando a los particulares dueños de trabajos 
que por ignorancia de esta operación u otras los 
suspenden, o los tratan con flojedad, le compensa- 
rían a proporción del bien que les resultará; de modo 
que encontrará ocasión de ilustrarse sirviendo a la 
patria, i de enriquecerse. El costo del laboratorio, 
la conducción de un profesor i su salario deben sa- 
carse de los fondos de los cuerpos que inmediata- 
mente reciben el beneficio, pues son mas que sufi- 
cientes para ello; i desde luego no se les presentaría 
un empleo mas conforme a los fines con que se han 
gravado los comerciantes i mineros. Todos conocen 
que, sin esta enseñanza i la que se prepara en la 



— 155 — 

academia, nada adelantarán; pero quieren que re- 
caiga sobre otros el peso, o que lo sufra la real ha- 
cienda. Cuando los caudales existentes no sobrasen 
para estos fines, se podrían muí bien sostener la 
academia i el químico con la supresión de empleos 
menos útiles i gratificaciones escusadas, lo que con- 
vendría encargarse a este capitán j enera], como 
presidente de la junta i comisionado para el esta- 
blecimiento de ella. En vista de todo, con audien- 
cia de ambos cuerpos i del síndico, hallará segura- 
mente medios de proveer al lleno de esta empresa, 
de cuyo éxito estoi tan persuadido, que no temo 
asegurar a Vuestra Excelencia de que así hará a 
estos países i a la nación un bien capaz de lisonjear 
al mas jeneroso corazón. 

«Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia 
muchos años. 

«Santiago de Chile i marzo 12 de 1798. — Ma- 
nuel de Salas)). 



Leídas las dos apremiantes i patrióticas solicitu- 
des que acabo de insertar, ha llegado la oportunidad 
de conocer la determinación que el soberano dictó 
con motivo de ellas. 

Esta determinación espresa perfectamente el 
profundo egoísmo que dominaba a la metrópoli. 

«Visto en mi consejo de las Indias, con lo es- 
puesto por mi fiscal, decía el rei, i teniendo presen- 
te que, a mas de no acompañar la junta de ese con- 



— 156 — 

sulado la justificación mandada, cuanto propone 
viene a ser en perjuicio de mi real erario, de los 
interesados en los diezmos i otros, no obstante la 
prevención hecha en la real orden de 20 de marzo 
de 1797, he resuelto remitiros las adjuntas copias 
rubricadas de mi infrascrito secretario, de las re- 
presentaciones de la junta de ese consulado i su 
síndico don Manuel de Salas de 12 de marzo de 
1798, para que, oyendo al reverendo obispo i cabil- 
do de esa iglesia catedral, interesados en ios diez- 
mos, a los oficiales de mi real hacienda, i al fiscal 
de esa mi real audiencia por los derechos de mi real 
erario, i el voto consultivo del acuerdo, informéis 
con justificación i brevedad, como os lo mando, so- 
bre todos los medios que en dichas representaciones 
se indican de adelantar la población, la agricultura 
i las artes en ese reino, lo que contemplareis mas 
conveniente a las circunstancias de él i esos mis 
vasallos. 

«Fecha en Madrid a 31 de enero de 1800. — Yo 
el Rei. 

«Por mandado del Rei Nuestro Señor, Silvestre 
Collar)). 



No ha llegado a mi noticia que se adelantara mas 
en aquel interesante asunto. 

El poderoso soberano de España e Indias, que 
mantenía bajo su cetro mas reinos, que provincias 
bajo el suyo otros monarcas, se manifestaba menos 



— 157 — 

jeneroso en favor de sus subditos, rehusando des- 
prenderse de una pequeña porción de sus rentas en 
beneficio de ellos, que su vasallo don Manuel de 
Salas, el cual cedía sin retribución, por puro pa- 
triotismo, tierras, semillas, animales i utensilios de 
labranza, i hasta dinero, para promover la pública 
prosperidad. 

El contraste entre la conducta del uno i la del 
otro era propio para sujerir reflexiones bien poco, 
favorables respecto de un rei a quien parecía no 
importarle nada merecer el título de padre de sus 
pueblos. 

La indiferencia real era tanto mas notable, cuan- 
to que el soberano no acostumbraba proceder de 
aquel modo, cuando se trataba de los intereses de 
sus subditos peninsulares. 

Puedo citar para comprobar esta última aserción, 
entre otros hechos, no solo aquel encargo de que 
por nada debía perjudicarse el comercio de los es- 
pañoles europeos a que aludía el consulado de Chile 
en el informe antes inserto, sino también la si- 
guiente real orden, que era bien significativa. 

«El rei ha considerado que el comercio de las ma- 
nufacturas nacionales de esparto puede ser suma- 
mente ventajoso a la nación, porque contribuiría a 
promover la agricultura, a animar la industria i a 
estender la marina en todos sus ramos. Para fo- 
mentarle en lo posible, le ha libertado Su Majestad 
de los derechos de almofarifazg-o i alcabala, sep-ún 
se previene en el real orden de este día. Resta 



— 158 — 

ahora que los jefes i ministros reales de las provin- 
cias de Indias, a donde se destinen las enunciadas 
manufacturas, concurran eficazmente a prestar los 
mas eficaces auxilios a fin de que se introduzcan, i 
propague por todas partes el consumo de ellas. - 

«Es evidente que si cada uno de por sí procura 
usar en su casa los ruedos, esteras i demás efectos 
de esparto de la Península, ostentando hallar en 
ella comodidad i placer, en poco tiempo ejecutarán 
lo mismo hasta ios mas pobres, pues se sabe cuánta 
es la influencia que tiene para acreditar una manu- 
factura, el ejemplo de los jefes i jentes principales 
de los pueblos. 

«El alto concepto que Su Majestad tiene del celo 
patriótico de Vuestra Excelencia me dispensa de 
hacerle insinuación alguna, puesto que desde luego 
hará cuanto interese al bien del comercio de la 
nación, como que conoce es el único medio de res- 
tablecer la felicidad pública. Así solo tengo que ad- 
vertir a Vuestra Excelencia es la voluntad sobera- 
na que inspire los mismos sentimientos de que está 
animado a todos los ministros reales i demás de- 
pendientes que están bajo su mando, haciéndoles 
entender harán un obsequio digno de la real acep- 
tación en usar en la forma esplicada los efectos 
nacionales de esparto. 

«Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. 
— Madrid, 11 de julio de 1780. — José de Gdlvez, 

«Al señor presidente de Chile». 



— 159 — 

Como se ve, el gobierno español «a fin de favo- 
recer a los peninsulares», no vacilaba en ordenar 
puede decirse, a los colonos que usaran las esteras 
i otros tejidos de esparto, i lo que todavía era mas 
curioso, que «ostentaran hallar en ello comodidad i 
placer». 

I mientras tanto, no auxiliaba en lo menor a los 
chilenos para salir de la miserable situación en que 
se encontraban, i para acercarlos a la opulencia que 
soñaban. 

No hallaba siquiera arbitrios para proporcionar- 
les el profesor, los libros, los utensilios de química, 
cuya remisión imploraban con tanta instancia. 

Hai consecuencias que inevitablemente, mas tar- 
de o mas temprano, se deducen de los hechos, aún 
cuando, como sucedía a los chilenos de entonces, se 
tenga poca voluntad de deducirlas. 

Creería hacer un agravio al lector si me detuvie- 
ra a mencionar las que sin ninguna dificultad se 
desprendían de los procedimientos del [gobierno es- 
pañol que dejo, no solo narrados, sino también do- 
cumentados. 



X 



Don Manuel de Salas había deseado, i deseaba 
desempeñar un empleo, no tanto por motivo de lu- 
cro, cuanto para ponerse en situación de trabajar 
en beneficio del país. 

El puesto de síndico del consulado le había dado 
investidura para hacerlo. 

Por desgracia, la duración del tal cargo era solo 
de dos años. 

Viendo la dificultad de hacer algo de provecho 
en tan angustiado tiempo, el eminente repúblico 
resolvió solicitar que se prorrogase el plazo de sus 
funciones. 

Con este objeto, el 10 de enero de 1796, junto 
con dirijir al ministro Gardoqui la representación 
sobre el estado de la agricultura, industria i comer- 
cio de Chile i sobre los medios de mejorar la pos- 
tración en que se hallaban, le pidió en oficio sepa- 
rado que se le conservase en su puesto hasta que 
el gobierno dispusiese otra cosa. 

Como para realizar las reformas indicadas en la 

21 



- 163 - 

memoria referida «i verificar otras ideas que me he 
propuesto (decía Salas en su oficio), no sea bastan- 
te el tiempo que me queda de síndico, i este carácter 
debe contribuir para promoverlas, si Vuestra Exce- 
lencia lo tiene a bien, puede mandar lo retenga 
hasta que disponga otra cosa. Tómese esta mi pro- 
puesta como súplica, o como oblación de mi perso- 
na, para el logro de las benéficas providencias de 
Vuestra Excelencia, su benigna acojida será un 
favor que me obligue a continuar solicitando cono- 
cimientos que en estas partes no se adquieren 
con facilidad, ni para esponerse en corto tiempo 
sin oportunidad, i con el desconsuelo de que talvez 
no sean sostenidos por otro. Me alienta para ha- 
cerla sin rubor la satisfacción de que nadie se per- 
suadirá n que el estímulo es el cortísimo salario, que 
ofrezco en mi informe, i siempre invertiré en cosas 
semejantes, ni otros deseos que los de servir al rei 
i al público bajo las órdenes de Vuestra Excelencia. 
Esta esperanza será un constante atractivo para 
velar sobre la conservación de este útil cuerpo, que 
necesita de una continua inspección, para que, como 
los demás que se fían a su misma fuerza, i a solo 
los principios que los constituyen, no se altere i 
decaiga». 

Carlos IV accedió a la petición del síndico, i le 
eoncedió una prórroga de dos años en el ejercicio 
de su empleo. 



_ 163 - 

He dicho i repetido varías veces que don Ma- 
nuel de Salas era un partidario sincero de la me- 
trópoli, i que deseaba que España i su colonia mar- 
chasen juntas como madre e hija. 

Por este tiempo, se le presentó oportunidad de 
manifestar nuevamente su modo de pensar a este 
respecto. 

El 2 de enero de 1799,, se recibió en Santiago 
una real orden espedida en Aranjuez a 20 de junio 
de 1798 a fin de recabar un donativo i un préstamo 
sin interés para subvenir a los crecidos gastos de- 
mandados por la guerra con la Gran Bretaña. 

Se había cuidado de ensalzar en ella la benigni- 
dad del monarca, que, pudiendo imponer una con- 
tribución, prefería las voluntarias ofrendas de la 
lealtad i patriotismo, 

El ministro de hacienda Saavedra comunicaba 
la rejia petición con el siguiente oficio: 

«Remito a Usía de orden del rei el adjunto es- 
pediente del real decreto que Su Majestad se ha 
servido dirijirme con fecha 27 del corriente por el 
cual me manda abrir en España e Indias dos suscrip- 
ciones: la una a un donativo voluntario en dinero i 
alhajas de oro o plata; i la otra a un préstamo pa- 
triótico sin interés, reintegrable en diez años, que 
empezarán a contarse desde los dos primeros de 
paz que sigan al día de su publicación. 

«Su Majestad espera que todos sus vasallos le 
han de dar en esta ocasión las mas insignes pruebas 
de un amor verdaderamente filial, por las que se dis- 



— 164 — 

tinguirán con particular esmero los empleados en 
sus reales oficinas, como que reconocerán ser para 
con ellos mas estrecha la obligación de concurrir a la 
defensa de la monarquía, a la cual se hallan espe- 
cialmente ligados por los vínculos de la gratitud. 
No es de presumir que haya ni uno solo a quien 
falte una alhaja de oro o plata ( uo ofrecer en dona- 
tivo, o que no se someta gustoso a una espontánea 
retención temporal de una porción de su sueldo, 
mayormente cuando, aplicándola a tomar acciones 
o parte de acción del préstamo patriótico, le queda 
la segura esperanza de su reintegro; que es decir 
no hace mas que suspender por un tiempo el cobro 
de aquella porción retenida, haciendo al mismo 
tiempo un recomendable servicio al estado. 

«Así que Su Majestad está en la confianza de 
que los individuos dependientes de las oficinas que 
en España e Indias se hallan bajo la dirección de 
Usía desplegarán todos los recursos de amor, leal- 
tad i patriotismo, porque, además de que su rei les 
dará un ejemplo capaz de excitar su imitación, los 
exhortará individualmente por cartas que dirijirá 
a cada uno de por sí con las enérjicas espresiones 
que sabrá inspirarle la dignidad del asunto, bajo el 
supuesto de que es la voluntad soberana que Usía 
me dé aviso de las resultas para ponerlas en la real 
noticia». 

Don Manuel de Salas cooperó, en cuanto pudo, 
a la realización de la colecta ordenada por el mo- 
narca. 



— 165 — 
En prueba de mi aserto, léase el oficio siguiente: 
«Señores de la junta del consulado, 

«El síndico ha visto la copia del decreto de Su 
Majestad, de la real orden con que se dirije al su- 
perior gobierno, i el oficio con que éste acompaña 
ambas, todo terminado a manifestar el ánimo del 
rei, que prefiere, a la resolución de gravar a los 
vasallos con impuestos estraordinarios, la de espe- 
rar de su lealtad medios para subvenir a las urjen- 
cias del estado, proponiendo un donativo voluntario 
i un empréstito patriótico. 

«A. la verdad, el conocimiento que tenemos de 
la situación actual del real erario, bastaría a excitar 
en Usía los nobles deseos de ocurrir a su decaden- 
cia; pero hoi son demsiado vehementes los estímu- 
los, i la necesidad mui urjente para mirarla con 
serenidad. La benevolencia con que el soberano pro- 
cura nuestros auxilios, hará el mismo efecto que 
en España i otras naciones que los papeles públicos 
nos anuncian. 

«A mas, la guerra, que solo nos ha perjudicado 
en los intereses, si dura, incomodará seguramente 
nuestras propiedades i personas. Influyendo en la 
preponderancia que conseguirán las potencias ri- 
vales, tal vez alterará la constitución de nuestro 
gobierno i nos traerá todos los horrores de que 
hasta hoi nos han cubierto la protección de la Pe- 
nínsula, i la distancia. Si aquella nuestra madre 
patria padece por su positura, sin que por la nuestra 



— 166 — 

podamos ayudarla, es necesario darle muestras a lo 
menos de nuestra sensibilidad i de que reconocemos 
aquellos vínculos que forman un mismo pueblo de 
los habitantes de los dos estremos del mundo. 

«Los cuerpos destinados para fomentar el pa- 
triotismo deben animarlo con el ejemplo i persua- 
sión, mas que todos los mas beneficiados. Usía debe 
al actual monarca su existencia, sus fondos, sus pri- 
vilejios i facultades de hacer el bien. Lo es indu- 
dablemente del comercio que la guerra se concluya, 
que España se ponga en estado de dictar las con- 
diciones, i también que nos libertemos así de unos 
impuestos a que dará mar jen nuestra frialdad, así 
como ha dado lugar a este recurso el no haber te- 
nido buen efecto la solicitud que poco hace se hizo 
de admitir caudales en las reales arcas. 

«Solo resta que Usías hagan saber, a la univer- 
salidad del comercio, a este cuerpo, que siempre ha 
sido el grande efujio en las necesidades del estado 
i su supremo administrador, las que ahora sufre. 
A su vista, hará los esfuerzos que le permita su 
débil constitución. Para ello, sería oportuno con- 
gregar una junta jeneral, i proponer la forma de 
ejecutar este importante servicio, pues de su vo- 
luntad de hacerlo no debemos dudar, habiendo 
siempre este reino, a pesar de su pobreza, dado tan 
grandes muestras de su fidelidad, como otro alguno, 
de los que componen la monarquía. 

«Santiago, 6 de abril de 1799. 

v «.Manuel de Salas». 



~. 167 — 

El consulado aceptó la indicación de su síndico. 

La reunión jeneral que éste proponía, se verificó 
en uno de los salones de la universidad de San Fe- 
lipe, por ser estrecha la sala en que la junta cele- 
braba sus sesiones. 

El presidente don Joaquín del Pino i el obispo 
don Francisco de Marán estimularon el celo de los 
habitantes para tomar parte en las suscripciones» 

La real audiencia, el cabildo secular i eclesiástico, 
los ministros del tesoro, la junta de minería, etc., 
hicieron otro tanto entre sus dependientes. 

Emplea/los, comerciantes, agricultores, todos, lle- 
varon su óbolo a la caja real. 

Hasta las monjas dieron su dinero i sus plega- 
rias. 

El monasterio de Santa Rosa erogó doscientos 
pesos; el del Carmen de San "Rafael, trescientos; el 
de Santa Clara, cuatrocientos; el de la limpia Con- 
cepción, quinientos. 

El entusiasmo de las relijiosas puede conocerse 
por la siguiente carta con que la abadesa de las 
clarisas remitió su continjente al obispo Marán. 

«Ilustrísimo Señor, 

«En contestación de la que recibí de Vuestra 
Señoría Ilustrísima con fecha 2 de abril dirijida a 
hacer presente a esta comunidad las prevenciones 
de nuestro augusto i católico monarca insertas en su 
real decreto de 27 de mayo último, estimulando a 



— íes — 

sus leales vasallos a la contribución de un donativo 
gracioso, o empréstito, a fin de subvenir a las exi- 
jencias de la corona i del estado que ocasionan las 
guerras con la Inglaterra, hallándose en la precisa 
necesidad de mantenerlas por la defensa de sus 
dominios i demás intereses de la monarquía, esta 
comunidad siempre rendida a los pies del trono, 
i propensa a manifestar al soberano evidentes se- 
ñales de su amor i distinguida lealtad, exhala sus 
mas fervorosos votos ante las aras del Altísimo 
incesantemente por medio de una devota rogativa, 
establecida todos los días, para impetrar las mise- 
ricordias del Señor en auxilio de Su Majestad, por 
su real salud, i la de la reina, nuestra señora, i felices 
progresos de sus armas. Así igualmente ha deseado 
sacrificar sus personas i facultades, llegado el caso 
de poder ocurrirá la precisión de indijencia, o mera 
insinuación de la superioridad, por cuyo motivo, 
representándola justa i tan tiernamente nuestro 
amado monarca, i las singulares espresiones con 
que la aviva el particular celo de Vuestra Señoría 
Ilustrísima, promoviendo por el amor a su Majes- 
jestad los debidos homenajes i obsequios de los 
cuerpos relijiosos, excitan a éste de la antigua fun- 
dación de la esclarecida virjen Santa Clara a poner 
en mano de Vuestra Señoría Ilustrísima el donati- 
vo de cuatrocientos pesos de plata para que se re- 
mitan a Su Majestad. Es cierto que la demostra- 
ción no es a medida de la voluntad, sino de la in- 
dijencia i críticas circunstancias en que no ignora 



— m — 

Vuestra Señoría Ilustrísima se hallan las cortas 
rentas de este pobre convento, pues ellas no alcan- 
zan a cubrir los indispensables gastos de una creci- 
da comunidad i demás refacciones anexas a la con- 
servación del culto i de material de la casa; pero, 
sin embargo de la sensible situación que padece, 
nada reserva de cuanto a ella toca que no ofrezca 
a su Majestad para el tiempo de mayor urjencia» 
valorizando la comunidad su oferta con la promesa 
de sus mas fervorosas i continuas súplicas al Todo- 
poderoso a efecto de alcanzar de su divina clemen- 
cia los prósperos sucesos del reino i las felicidades 
de su real Majestad. 

«Dios, nuestro señor, guarde a Vuestra Señoría 
Ilustrísima muchos años. Santiago, 27 de setiembre 
de 1799. 

«Ilustrísimo Señor, besa las manos de Vuestra 
Señoría Ilustrísima su mas humilde sierva i sub- 
dita. 

«Sor Alfonsa de Vargas, abadesa. 

«Al ilustrísimo señor doctor don Francisco de Borja Marán»* 

La metrópoli derrochó el caudal de afecto que le 
profesaban los colonos, como un pródigo suele dila 
pidar millones. 

Escusado es decir que los personajes mas enco- 
petados de Santiago esperaron durante mucho tiem- 
po las cartas de Carlos IV cuya remisión les anun- 
ciaba el ministro don Francisco de Saavedra, las 
cuales no llegaron nunca. 

22 



170 



Don Manuel de Salas erogó la cantidad de vein- 
te i cinco pesos que ahora parece exigua, pero que 
era excesiva para su renta. 



Se ha visto que la formación de un paseo público 
había suscitado censuras contra don Manuel de Sa- 
las entre la jente adusta i mojigata. 

La obra del malecón dio pretesto igualmente pa- 
ra que algunos émulos o malquerientes procurasen 
morderle con diente de víbora o de perro rabioso. 

Será él mismo quien refiera este incidente de su 
vida: 

«Señor Prior i Cónsules, 

«En el último correo, se ha dirijido a este supe- 
rior gobierno una real orden en que se dice haber 
llegado a su Majestad varias quejas sobre la lenti- 
tud con que se trabaja en la fábrica de los tajamares 
del río que riega esta capital, sin embargo de ha- 
bérseme entregado cerca de sesenta mil pesos de 
una vez, i once o doce en cada año del ramo de 
balanza, la que, con todo, estámui lejos de su con' 
clusión; pero que lo que mas estraña el rei es que 
yo no haya dado cuentas, lo que, siendo cierto, se 
me obligue a darlas prolijas i exactas, repitiéndose 
esta operación anualmente; que se examine si será 
mejor sacar la obra a pública subasta, como se ha 
intentado persuadir a su Majestad ser mas conve- 
niente; i que, con anuencia del ayuntamiento i mi- 



— 171 "— 

nisterio fiscal, se determine en el real acuerdo, i dé 
cuenta de todo. 

«Aunque puedo en el día demostrar hasta la evi- 
dencia la falsedad de esta impostura en todas sus 
partes, i trato de hacerlo incesantemente, manifes- 
tando que las cuentas se han dado i fenecido; que 
jamás ha habido dinero alguno en mi poder; i que 
solo ha recibido el mayordomo cortas cantidades 
mensualmente en virtud de presupuestos i razón de 
gastos; que la obra no está mui lejos de su conclu- 
sión, i esto debido a mi dedicación i celo; que su 
magnitud misma i bondad la han detenido, i sobre 
todo, la falta de fondos, pues cuando los había tuvo 
un incremento asombroso, con todo, como de las 
calumnias siempre queda vestijio, especialmente en 
la distancia, para borrarlo, necesito hacer ver que 
mi conducta, mérito i opinión deben ponerse a cu- 
bierto de toda nota, i me hacen digno de otro jé- 
nero de homenajes, que los que tributa la envidia, 
i que no debían hacerme esperar un rasgo capaz 
de desalentar al mas constante. 

«Usía, que es testigo de mis operaciones, de mi 
celo, desinterés e importantes servicios hechos en su 
establecimiento i progresos, de mi conato en desem- 
peñar sus encargos, de las distinciones que por ese 
medio he recibido de su Majestad, i de mi contrac- 
ción a los objetos del bien público, aún después de 
cesar el carácter (de síndico) que me autorizaba 
para promoverlos; Usía que lo ha visto todo, que 
debe estar penetrado de la injusticia con que se me 



— 172 — 

hiere, i del perjuicio que puede traer la tolerancia 
de semejantes atentados, especialmente se digne 
certificar con estensión, i con aquella rectitud que 
constituye su carácter, de un modo que acredite mi 
justicia, que no reclamo en vano la protección de 
un cuerpo a quien he deseado sincera i eficazmente 
ser útil, i que me ha dado tantas pruebas de su bon- 
dad, aceptando mis esfuerzos i recomendándome al 
soberano. 

«Santiago, 21 de octubre de 1799. 

^Manuel de Salas». 

El compareciente pidió que se le diera testimo- 
nio de los documentos que acreditaban los servicios 
que había prestado al consulado. 

La corporación accedió a su solicitud. 

El informe que copio a continuación, es una pieza 
importantísima en la vida de Salas. 

Está suscrito por don José de Cos Iriberri, secre- 
tario de la junta. 

«Señores prior i cónsules, 

«Por decreto de 22 del corriente, me manda Usía 
agregar a la representación de don Manuel de Salas 
los documentos que justifican los buenos servicios 
que ha hecho a la causa pública durante su sindi- 
cato en este real consulado. En cumplimiento de 
lo dispuesto por Usía, he rejistrado los libros i di- 
ferentes legajos de la secretaría de mi cargo, i veo 



— 173 — 

haber intervenido en casi todos los asuntos que se 
han ventilado en las juntas de gobierno, bien sea 
representando, o promoviendo algunos espedientes, 
o bien informando en otros, tanto en los peculiares 
del consulado, como en los que el superior gobier- 
no ha remitido a informe de la junta; de suerte que 
trasladar literalmente todas sus representaciones e 
informes, sería obra mui voluminosa i prolija, ade- 
más de no ser necesaria para el objeto con que re- 
representa don Manuel de Salas. 

«En esta intelijencia, he creído deberme limitar 
a indicar en estracto i citar aquellos documentos 
mas notables, de algunos de los cuales el mismo 
interesado puede pedir copia íntegra, si lo tuviere 
por conveniente. 

«A foja 10 vuelta del libro de acuerdos, consta 
haberse recibido de síndico don Manuel de Salas 
a consecuencia del nombramiento que se sirvió 
hacer Su Majestad en la real cédula de erección. 

«Al folio 77 del tomo I de reales órdenes, existe 
la real orden en que, — enterado Su Majestad de 
que don Manuel de Salas es mui a propósito por 
su talento, celo e instrucción particular para pro- 
mover los proyectos i establecimientos útiles al 
comercio le prorroga en el sindicato por otros dos 
años — (su fecha es de 13 de abril de 1797); i segui- 
do espediente con motivo de que, cuando se recibió 
esta real orden estaba ya nombrado, por haberse 
cumplido el primer bienio, el teniente coronel de} 
rejimiento de caballería del Príncipe, don Martín 



- 174 - 

de Lecuna i Jáuregui, se declaró por la junta de 
gobierno de 15 de noviembre de 1797 deberse 
poner en posesión del sindicato a don Manuel de 
Salas, como consta en el espediente número 10 del 
legajo 1.° de espedientes, cuya resolución aprobó 
Su Majestad por real orden de 30 de abril de 1798, 
que se halla al folio 15 del tomo II de reales ór- 
denes. 

«Al número 9 del legajo 1.° de espedientes, exis- 
te uno promovido hasta su conclusión por el mis- 
mo síndico sobre que el asesor no exija derechos, i 
se arreglen los del escribano i alguacil. 

«Al número 24 del mismo legajo, otro que pro- 
movió sobre los embarazos que se han notado en el 
despacho de los pleitos mercantiles con motivo de 
la real orden de 21 de setiembre de 1796, en que 
se dispone que, sin embargo de lo prevenido en el 
artículo 9 de la real cédula de erección, se admitan 
las apelaciones o alzadas de autos, aunque no sean 
definitivos. 

«Al número 31 del mismo legajo, se halla otro 
en que promueve el establecimiento de un monte- 
pío, en el que se está entendiendo. 

«Al número 12, otro sobre apertura i construc 
ción de un nuevo camino de cordillera promovido 
por don Martín de Lecuna i Jáuregui, en el que 
consta haber sido comisionado don Manuel de Sa- 
las por la junta para las diligencias previas de re- 
conocimiento i formar la instrucción necesaria para 



_ 175 — 

gobierno del comisionado para practicar dicho re- 
conocimiento. 

«Al número 14, otro espediente que promovió 
sobre esclarecimiento de algunos puntos dudosos 
de la real cédula de erección del consulado, en el 
que se está entendiendo. 

«Al número 18 del tomo II de reales órdenes, 
se halla la de 31 de enero de 1798, comunicada por 
el superior gobierno, en que Su Majestad aprueba 
el establecimiento de una escuela de aritmética, 
jeometría i dibujo, i la elección de don Manuel de 
Salas para director de ella. 

«En el libro de memorias de este real consulado, 
se halla la representación que dirijió a Su Majes- 
tad, con fecha de 10 de enero de 1796, acerca del 
estado de la agricultura, industria i comercio de 
este reino, sobre la que, informando la junta en 
virtud de la real orden que existe al tomo I, folio 
76, de reales órdenes, espresa, a foja 14 vuelta, 
número 19, del copiador de informes, que tiene por 
acertadas las causas a que don Manuel de Salas 
atribuye el atraso de este reino, i por fundadas las 
reflexiones que hace; i que su pensamiento del culti- 
vo del lino lo tiene por el mas propio para dar 
estensión al comercio del reino. 

«En el libro de acuerdos, folio 53, párrafo 167, 
consta que hizo la oferta de dar terrenos de valde, 
i los demás utensilios necesarios para el cultivo i 
beneficio del lino a los inquilinos de su hacienda 



— 176 — 

del Salto, lo que consta haber verificado por los 
documentos del espediente número 25 del legajo 
1.° de espedientes, por lo que la junta al folio 88, 
párrafo 330 del libro de acuerdos, convencida de 
haber tocado sus esfuerzos en los límites a que un 
particular puede estenderse, acordó destinar mil 
pesos para sostener el impulso que don Manuel de 
Salas ha dado al cultivo del lino, cuyo espediente 
en copia se ha remitido a Su Majestad, informan- 
do entre otras cosas (folio 17, número 40 del libro 
de correspondencia de la corte): — que la confianza 
que merece a la junta la incansable actividad de 
su síndico don Manuel de Salas, sus luces, incuba- 
ción i estudio, su tenaz constancia para no desalen- 
tarse en medio de las dificultades que la diferencia 
de terreno i clima oponen siempre a estas empre- 
sas, la han dispensado de comunicar las instruccio- 
nes que pudiera haber recojido en algunos sabios 
agrónomos sobre el cultivo de esta planta, que es 
otro de los auxilios que incumbe suministrar a 
estos cuerpos. — 

«Consta igualmente que en los cuatro años de 
su sindicato ha asistido puntualmente a todas las 
juntas de gobierno, o a lo menos no se halla una 
a que haya sido necesario citar a su teniente. 

«Santiago de Chile, 28 de octubre de 1799. 

«Josg de Cos Iriberri» 



— 177 — 

Los informes que el consulado i las otras auto- 
ridades se apresuraron a enviar en favor del ilus- 
tre i calumniado filántropo, fueron tan honoríficos, 
como los merecía. 

El gobierno español, dándose por satisfecho, le 
declaró completamente vindicado. 

Aquel fue un espléndido triunfo que la envidia 
de los malévolos proporcionó al patriotismo de un 
hombre de bien. 



XI 



La vida de don Manuel de Salas tiene diversas 
fases, todas brillantes i beneficiosas. 

Voi a dar a conocer una en que no le he mostra- 
do todavía. 

En 18 de diciembre de 1802, el presidente don 
Luís Muñoz de Guzmán le dirijió el oficio si- 
guiente: 

«Señor rejidor don Manuel de Salas: 

«Habiéndose pasado del hospital antiguo llama- 
do, según tengo entendido, de la Ollería, a los en- 
fermos que están al cuidado de los relijiosos de San 
Juan de Dios a su nueva casa, he meditado que la 
que han dejado vacía se aplique a hospicio de po- 
bres, de que hai grave necesidad en esta ciudad. 

«Para ello, traté particularmente con el ilustrí- 
simo señor obispo; i habiendo su ilustrísima acce- 
dido a mi pensamiento, i a efecto de que desde lue- 
go se proceda a verificarlo, tengo por conveniente 
comisionar a Usted para que, yendo a la dicha casa, 



_ 180 — 

examine su capacidad, en inteligencia de que, aun- 
que tengo hecho el cómputo por la distribución de 
limosnas, mendigan de trescientas cincuenta a cua- 
trocientas personas en la ciudad, no se necesitará 
mas alojamiento que para la mitad, o casi menos, 
porque el terror del recojimiento retraerá, a mu- 
chos que toman por vicio la mendicidad, de la nota 
de pobres. Se tendrá presente que, sea el número 
que fuese, ha de dividirse en cuatro estancias sin 
comunicación entre sí: la primera para hombres, la 
segunda para mujeres, i las otras dos para niños i 
niñas; que han de constar cada una de un dormito- 
rio capaz, un refectorio, una ropería i un obraje o 
laboratorio para ocuparlos en algunos oficios o ma- 
nufacturas que ayuden a su manutención i los ha- 
biliten para salir algún día de la reclusión con uti- 
lidad del público i suya. Añadirá a las viviendas de 
los chicos i chicas una galería o patio para que 
jueguen a las horas que se les permita este desaho- 
go, propio de su edad i necesario en ella para su 
salud. También deberá tenerse presente que se ha 
de disponer un alojamiento decente en cada una de 
ellas para el rector i rectora que ha de haber con 
el fin de doctrinarlos i dirijir sus costumbres. Se 
supone, por último, que se ha de proveer la casa de 
las oficinas correspondientes a una crecida familia 
en despensa, cocina, lavadero i utensilios domés- 
ticos. 

«Hecho Usted capaz de todo esto, se impondrá 
bien del estado de la casa, de su valor, por si se 



— 181 — 

compra, formando para mi intelijencia plano de ella 
i de la entidad de la refacción que se necesite para 
ponerla en estado de aplicarla al fin propuesto, todo 
lo que fío al celo de Usted, prometiéndome que no 
demorará el cumplimiento del encargo, i que pro- 
curará allanar las dificultades que ofrezca a primera 
vista el edificio. 

«Dios guarde a Usted muchos años. — Santiago, 
18 de diciembre de 1802. 

«Luís Muñoz de GuzmárCb . 

Es t altamente honroso para Salas que las autori- 
dades se acordasen de él siempre que había alguna 
obra de beneficencia o de utilidad pública que eje- 
cutar gratuitamente. 



La cuestión de la miseria es un problema difici- 
lísimo, que ha suministrado un tema inagotable a la 
pluma i a la lengua. 

Son muchos los artículos, los folletos i los volú- 
menes que se han escrito acerca de ella. 

No son menos los discursos, debates i disertacio- 
nes a que ha dado lugar. 

Para resolverla acertadamente, es preciso con- 
sultar la sociolojía, la moral, la economía política. 

La asistencia prestada a los menesterosos ¿debe 
ser pública? 



— 182 — 

¿Debe ser privada? 

Hai estadistas, i aún naciones, que han optado 
por uno u otro sistema. 

Don Manuel de Salas opinaba que debía adop- 
tarse un término medio: privada i pública, según 
los casos. 

Pocos días después de haber recibido el oficio del 
presidente don Luís Muñoz de Guzmán, le dio la 
siguiente contestación: 

«Muí Ilustre Señor Presidente: 

«En cumplimiento de la orden de Usía de 18 de 
diciembre próximo, pasé el día siguiente a la casa 
llamada vulgarmente la Ollería, donde medita es- 
tablecer el deseado hospicio de pobres, He procu- 
rado añadir a mi inspección todas las noticias que 
pueden concurrir a prestar a Usía una idea cabal 
de ella, haciendo al mismo tiempo formar el plano 
que me manda. Todo lo presento a Usía, aunque 
no del modo que exije mi inclinación a contribuir 
a negocio tan importante, prefiriendo la prontitud 
que puede influir para acelerarlo i satisfacer la im- 
paciencia del público que oye tratar, trece años hace, 
de esta santa necesaria obra, que solo se realizará 
ahora que Usía resuelve poner de una vez en ella 
la mano, a cuyo impulso seguramente se desvane- 
cerán las dificultades, i se sustituirán en su lugar 
recursos sobrantes: los auxilios i ayuda de los bien 
intencionados, que aparecen siempre i únicamente 
cuando les da ejemplo i los reúne el que tiene la 



— 183 — 

primera autoridad, i anexa a ella, la facultad de 
hacer grandes i buenas cosas con solo quererlo de 
veras i decididamente. 

«Este edificio se construyó a espensas de un pia- 
doso vecino para hacer en él los ejercicios espiri- 
tuales de San Ignacio, cediendo la propiedad a favor 
del mismo devoto establecimiento. Aumentándose 
con el tiempo el número de concurrentes, i tenién- 
dose por necesaria una casa de mas estensión, se 
hicieron al frente las dos que hoi tienen igual des- 
tino por la liberalidad de caballeros de recomenda- 
ble memoria, que costearon también dos capillas. 
Aquella vasta fábrica, sus utensilios i sus rentas, 
fruto de las larguezas de los fieles i otras que a su 
imitación se han multiplicado por todo el reino, 
indican que éstas se repetirán en todas las ocasio- 
nes que se le pongan delante objetos parecidos, i 
manifiestan que en este pueblo hai una conocida 
docilidad i disposición para todo lo bueno, i que 
solo espera para hacerlo el que se le dirija de aque- 
lla manera que inspira la confianza i fija la opinión. 
«Desocupada así esta habitación, se ha arrenda- 
do sucesivamente en la cantidad de cien pesos anua- 
les a varios sujetos que, no mirándola con el apego 
propio de los dueños, la han deteriorado, de modo 
que de su capilla solo existen las ruinosas murallas, 
i de la viña únicamente el nombre. Su pavimento 
está en la mayor parte demolido; i faltan las puer- 
tas que van señaladas. Los techos están regular- 
mente conservados, i las paredes en buen estado. 



— 184 — 

Todo puede ponerse en aptitud de servir con el 
costo que aparece en la adjunta regulación, escep- 
tuando la capilla, en que no es necesario pensar por 
lo pronto, estando inmediata la de ejercicios, donde 
se dice misa los días festivos, o supliendo con un 
oratorio provisional. 

«La adquisición es mui fácil, porque el adminis- 
trador ofrece franquearla a censo o en alquiler, 
aunque no abonando mejoras, ni haciendo a su costa 
los reparos. Sin embargo de que le pone el precio 
de cuatro mil pesos, sin duda bajará, teniendo con- 
sideración a la poca utilidad que hasta el día ha 
producido, a que su conservación es gravosa, a la 
ruina que la amenaza i al fin para que se procura. 
También deberá influir en su valor la incertidum- 
bre de ciertos derechos que pretende sobre la finca 
vecina, que asienta tenerle indebidamente una con- 
siderable porción de terreno. El que hoi ocupa; está 
sin litijio. Es de siete octavos de cuadra; suficiente 
espacio por ahora para proporcionar comodidad i 
desahogo a sus habitantes, i aún para dilatar los 
edificios. 

«Es cierto que los actuales no bastan por su ta- 
maño, ni por su distribución para abrazar en toda 
su plenitud el plan que Usía se propone. Serían 
necesarias otras tantas casas iguales a ésta, cuantas 
estancias o departamentos desea, para que existan 
con separación absoluta, i tengan las oficinas co- 
rrespondientes, los hombres, mujeres, niños i niñas. 
Esta circunstancia es ya un tropiezo; pero, debien- 



— 185 — 

do contarse con otros muchos, no será capaz éste, 
ni cuantos ocurran, de estorbar el cumplimiento de 
una empresa santa, i de tal magnitud, que tendrá 
tanto mas de meritoria, cuantas mas dificultades 
ofrezca que superar. 

«No creería haber desempeñado mi encargo, si 
me limitase a lo que llevo espuesto, i temería incu- 
rrir en una omisión culpable, si no indicase lo que 
he meditado para facilitar un establecimiento digno 
de la primera atención i de la mayor necesidad, a 
cuyo buen éxito concurre esta misma circunstancia 
que al parecer lo contradice. Si excedo los límites 
de los «preceptos de Usía, tendrá la benignidad de 
disculpar a quien está persuadido de que en ello 
sigue sus pías intenciones. 

«Estas son estinguir la mendicidad socorriendo 
a los verdaderos pobres i separando a los que afec- 
tan serlo, i que a ese pretesto defraudan los soco- 
rros a que tienen derecho solo aquéllos; que enga- 
ñan al público i entretienen en la holgazanería i 
vicios a muchos jóvenes de ambos sexos que con 
mejor educación serían útiles al estado. 

«El medio adoptado aquí es el mismo que sin 
examen se creyó en todos tiempos i naciones ade- 
cuado. Éste es recojer a los que realmente no pue- 
den vivir de su trabajo por ancianidad o enferme- 
dades; darles la ocupación de que sean capaces i 
que ayude a mantenerlos; castigando con reclusión 
en la misma casa i con otras penas a los que pidan 
limosna. 

24 



— 186 — 

«Pero este pensamiento, el mas obvio, ha sufrido 
tantas contradicciones de ]a razón i la equidad, que 
jamás ha podido verificarse, i a lo sumo.se ha sos- 
tenido por muí poco tiempo. En efecto, si se con- 
sidera que los que inculpablemente son verdaderos 
pobres, porque sus dolencias i vejez les impiden el 
uso de sus manos, talvez después de haber agotado 
su salud trabajando honradamente toda su vida, 
solo por este efecto preciso del tiempo i de nuestra 
misma constitución se ven privados de la libertad, 
que acaso gozan los que por mil motivos deberían es- 
tar apartados de los hombres; si se contempla que 
por tales providencias se arranca de los brazos del 
padre anciano i achacoso a la hija que le consolaba, 
a la compañera de su infelicidad, a quien le unió la 
iglesia e hizo necesaria la larga habitud de hacer 
comunes sus desgracias; si se conciben las lágrimas 
de la desesperación i del dolor que hará verter esta 
horrible situación en que la misma debilidad la hace 
mas intolerable; si se miran, a buena luz i con un 
corazón sensible, las angustias que causaríamos a 
nuestros semejantes sin sacar otro fruto, que apar- 
tar de la vista unos objetos de compasión que de- 
ben ser preciosos i respetables a los cristianos, no 
estragaremos que se hayan frustrado tantas veces i 
caído por su propio peso, así como todas las reglas 
que se encuentran con la justicia, que son crueles, 
i, no debiendo cumplirse, vienen naturalmente en 
desuetud. 

«Tal ha sido la suerte de las providencias coac- 



— 187 — 

tivas dadas acerca de esta delicada materia en Es- 
paña desde el tiempo del emperador Carlos V. Por 
eso, i por otros inconvenientes contrarios a la in- 
dustria, el amor que debe inspirarse al trabajo, i al 
mismo fin propuesto, cual es disminuir el número 
de infelices, desterrando la ociosidad i mendiguez, 
por todo, se ha visto que las casas montadas sobre 
este pié con el nombre de misericordia o de hos- 
picio no han producido efectos algunos buenos, i 
muchos diametralmente opuestos a los que se de- 
seaban. 

«Así, sirviendo de guías la esperiencia i la re- 
flexión,» se han reducido a laboratorios u obradores 
donde se recejen voluntariamente los pobres que 
conservan alguna actividad i los que no tienen otro 
asilo. En ellos, coloca la policía a los niños huérfa- 
nos, o que fueron abandonados de sus padres, para 
que, aprendiendo oficios, salgan a ejercerlos luego 
que se hallen capaces; también a los que no quie- 
ren tomar ocupación, para que allí lo hagan hasta 
que puedan continuarla fuera con libertad i quietud. 

«Siendo éstos los que componen el mayor núme- 
ro de pordioseros, i los que se preparan a engrosar- 
lo, si unos se retraen por temor de la reclusión, i 
otros realmente se sujetan en ella, quedará mui dis- 
minuida la clase de los que hoi piden limosna, i li- 
mitada a los que pueden i deben pedirla, teniendo 
derecho a exijir de los prójimos lo que no alcanza 
para su subsistencia, ni pueden adquirir por sí. 

«Se han adoptado recientemente dos medios de 



188 



impartirles estos socorros sin el inconveniente que 
se pretende escusar de que caigan en manos del 
perezoso los que se deben al pobre i de que se fo- 
menten los vicios con las erogaciones de la benéfi- 



co 
cencia. 



«Uno ha sido el permitir mendigar a los que se 
hallan indubitablemente en estado de hacerlo, pre- 
cediendo licencia por escrito, i aún circunscrita a 
lugares i días determinados, después de indagar su 
necesidad los párrocos i otras personas de pruden- 
cia e imparcialidad, que renuevan sus inquisiciones 
i consentimiento en ocasiones fijas, para variar si 
sobrevienen motivos i evitar abusos. 

«Este método es sencillo, i tiene a su favor el 
dictamen de los que creen que no debe privarse a 
las jentes de la proporción de ejercer la caridad por 
sí mismos i condolerse de unos desdichados que no 
los moverían, si no clamasen a sus oídos. Pero tam- 
bién es cierto que de ese modo la limosna no se 
reparte con igualdad i que el mas ájil o sagaz será 
siempre preferido, dejando sin socorro al débil o 
que sabe insinuarse menos. También por este me- 
dio, aunque se limita, se continúa la costumbre de 
mendigar, que al menor descuido volverá a propa- 
garse, i queda siempre la simiente que conviene 
aniquilar, imprimiéndole una nota que la haga ol- 
vidar enteramente. 

«Está exento de tales inconvenientes otro modo 
de subvenir a las urjencias de los verdaderamente 
necesitados^ cual es auxiliarlos por medio de perso 



— 189 — 

ñas caritativas, que se encarguen de hacerlo, si- 
guiendo las instrucciones de los que se diputen pa- 
ra inquirir los socorros que cada uno ha menester. 

«Tiene, es verdad, contra sí este arbitrio algunos 
embarazos, como es traer mayor fatiga a los que se 
dediquen a practicarlo; pero no es tanta después de 
metodizada, que sobrepuje a los sentimientos pia- 
dosos que justamente deben esperarse del vecinda- 
rio, i que se esperimentan cada día en otros ar- 
tículos menos importantes i relijiosos. También es 
de recelar que las limosnas se disminuyan, sustitu- 
yéndose una colecta a las importunaciones i suspi- 
ros de los miserables; pero, como éstos también 
han de minorarse, no será la diferencia tal, que 
falte para los verdaderos indijentes; fuera de que 
debe contarse con que han de crecer las limosnas 
cuando se vea el buen uso de ellas, i entonces podrá 
estenderse su beneficio a otro jénero de pobres que 
jimen en secreto, o que temporalmente se ven re- 
ducidos a estado miserable por accidentes inevita- 
bles. 

«Este método se ha adoptado con preferencia 
por los que profesan una caridad ilustrada, porque 
con él se proporciona el auxilio a la necesidad, 
después de examinada; porque destierra del todo 
la mendiguez i la esperanza de abrazar una vida 
floja i vergonzosa, de que convendría borrar hasta 
la idea i memoria, principalmente en un país en que 
ha tomado tantas raíces, i en que el pueblo se ha 
familiarizado demasiado con ella. 



— 190 — 

«De este modo, solo se necesitaría la casa en 
cuestión para contener a los niños que están en 
disposición de ser viciosos o buenos ciudadanos, se- 
gún se les eduque, i a los adultos que ya han em- 
pezado a corromperse. Allí serán instruidos en la 
relijión i buenas costumbres, al mismo tiempo que 
en algunas artes que les aseguren ocupación hon- 
rosa i útil. Allí la encontrarán aquellos que, no te- 
niendo donde emplearse, vagan entregados al ocio. 
De allí, sacarán materias primeras e instrumentos 
los que quieran ocuparse en sus casas para vivir de 
sus labores en el todo o en la parte que alcancen 
sus fuerzas; de manera que sea aquella oficina, 
mediante un reglamento meditado, i exactamente 
ejecutado, un plantel de artesanos laboriosos i un se- 
minario de industria, de donde se difundirá hacia 
todas partes, i vendrá a ser el único remedio radi- 
cal de la mendicidad, que abrazan los mas involun- 
tariamente por haberse criado en ella, por no saber 
adonde dirijir sus brazos, i que, combatidos por la 
necesidad, toman otros recursos peores, de que no 
los separará la severidad, que siempre se emplea 
inútilmente, i muchas veces con injusticia, sirviendo 
solo a familiarizarlos con las penas, i desterrar el 
pudor. 

«Como este edificio no tiene bastante ámbito, ni 
está distribuido de forma que puedan residir en él 
con separación personas de ambos sexos, puede re- 
ducirse a recibir solo a hombres i ejecutarse lo mis- 
mo con las mujeres en la casa de corrección llamada 



~ 191 — 

de Recojidas. En ella, ya se practica casi lo mismo 
que propongo: ha entablado su celoso administra- 
dor las labores propias; ha conseguido con su singu- 
lar dedicación i constancia trasformar un recinto, que 
antes era de abandono i desesperación, en un obra- 
dor aseado i del mayor arreglo donde se ha disipado 
el antiguo horror; i lo ha convertido en una resi- 
dencia apetecida de las mismas que antes tembla- 
ban de ella. Tal es el efecto de la paciencia i buena 
intención prudentemente conducidas. Si se diese 
alguna mas comodidad a sus oficinas i algunos auxi- 
liares, se vería luego en el mismo pie que el nuevo 
hospicio, reservándose el reunirlos para cuando se 
observe *que es conveniente. 

«Mientras se prepara la casa, se acopian mate- 
riales i utensilios para algunos artefactos groseros 
de fácil aprendizaje i espendio, podría tratarse de 
formar una ordenanza, teniendo a la vista la que 
hizo la ciudad de Vitoria, que corre unida al in- 
forme que la sociedad de Madrid dirijió al supremo 
consejo en 20 de marzo de 1778 sobre el recoji- 
miento de pobres, en el que se hallan las máximas 
mas adecuadas al objeto presente. Pero, como esto 
i el proponer a Usía las providencias oportunas 
requieren conocimientos, discusión i la concurren 
cia de las luces i fuerzas de personas instruidas \ 
bien intencionadas que traten constantemente, no 
solo de verificar sus designios, sino de darles la 
mayor consistencia i dilatarlos todo lo posible, creo 
que todo se verificaría, realizando la asociación o 



— 192 — 

junta que a instancia del cabildo erijió antes de la 
venida de Usía la real audiencia gobernadora. Así 
se han logrado en la Península i en la América 
adelantamientos que se pretendieron en vano por 
muchos tiempos. 

«Estas juntas patrióticas, estables i jenerosas, 
han podido únicamente verificar los pensamientos 
que fueron siglos enteros objetos de las declamacio- 
nes de los mas ardientes escritores. Ellas han con- 
cillado las opiniones que antes solamente servían 
para distraer de la senda cierta. Su misma perma- 
nencia les ha hecho alcanzar la verdad a fuerza de 
estudiarla i seguir con tesón las reglas que les dic- 
taron la esperiencia i la facilidad de descender a 
observar las mas leves ocurrencias. I en fin han 
hecho lo que no pudieron los majistrados mas sa- 
bios i autorizados, que ha sido formar, ejecutar i 
seguir un sistema de beneficencia, que no está en 
el poder de un individuo solo, sea cual fuere su ca- 
rácter, porque éste nunca asegura de la variación, 
que es consiguiente a la del autor de la empresa. 

«Sin embargo, es indubitable que en los princi- 
pios se requieren la actividad i desembarazo que no 
se hallan en los cuerpos, siempre mas a propósito 
para conservar, que para establecer, i que se re- 
sienten ordinariamente de una lentitud impropia 
para dar los primeros pasos. Por eso, Usía, que 
mejor que nadie conoce las cosas, designará la época 
de la formación de éste, en caso de hallarlo necesa- 
rio para tan santa obra, que de cualquier modo se 



— 193 — 

ha de ver ahora ejecutada por sus acertadas provi- 
dencias, i puestas las bases de la felicidad pública 
en la ocupación de la clase numerosa que ha de 
trabajar, i en la instrucción de la que debe dirijir 
sus labores. El tiempo las perfeccionará; pero de- 
berán a Usía su existencia; i los bienes que produ- 
cirán, le perpetuarán la gratitud de la posteridad. 

«Santiago, 10 de enero de 1803. 

«Manuel de Salas». 



El presidente don Luís Muñoz de Guzmán nom- 
bró al conde de la Conquista don Mateo de Toro 
Zambrano director del hospicio cuyo local iba a 
comprarse para adaptar un edificio vetusto al cari- 
tativo objeto a que se le destinaba, 

Don Mateo de Toro aceptó gustoso la comisión 
que se le confería; pero pidió que se le agregasen 
tres colegas cuyos nombres designó, haciendo pre- 
sente que reunían el celo, la instrucción i las inten- 
ciones adecuadas al buen éxito de la obra. 

El presidente accedió a su indicación. 

En consecuencia, la junta o diputación del hos- 
picio quedó compuesta en esta forma: el conde de 
la Conquista don Mateo de Toro Zambrano, el co- 
ronel de ejército don Pedro de Flores Cienfuegos, 
don Joaquín de Sotomayor, de la orden de Carlos 
III, i el rejidor don Manuel de Salas. 

25 



— 194 — 

El conde do la Conquista der¡ A dos m[\ pe?os 
para coadyuvar a la compra de la finca donde debía 
situarse el establecimiento. 



La junta o diputación del hospicio de la Ollería 
conceptuó indispensable que el establecimiento re- 
cién erijido fuese, no solo el asilo de los desvalidos, 
sino también un taller donde éstos aprendiesen 
algún oficio. 

En esta virtud, don Manuel de Salas redactó la 
siguiente comunicación, cuyos borradores escritos 
de su letra tengo en mi poder: 

«Excelentísimo Señor, 

«La diputación del hospicio considera la labor 
como la piedra angular de este pío edificio; por- 
que ella debe auxiliar los gastos para sostenerlo, 
porque servirá de entretenimiento para desterrar 
de allí el ocio i la tristeza, i sobre todo, porque 
prepara enseñanza a la juventud desamparada, i 
ocupación a los que, por no tenerla, se entregan a 
la holgazanería i vicios. Se conseguirá así poner a 
los unos en la senda de la virtud, i apartar a los 
otros de la vida licenciosa que abrazan por no tener 
arbitrios honestos para vivir. 

«Este es el único específico contra la mendiguez, 
que desdora nuestra policía. Todos los demás son 
tópicos, son paliativos, que solo producen efectos 



— 195 — 

parciales i momentáneos; que dejan en pie un mal 
que revivirá siempre, si no se cura en la masa don- 
de existe esta pereza habitual, esta indolencia, que 
nace del descuido i se fomenta por la carencia de 
objetos i estímulos para emplear las manos i el 
tiempo. No pueden los majistrados reconvenir al 
haragán, que se escusa con la falta de ocupación, 
ni los jueces imponer penas por los crímenes a que 
compele la necesidad que no encuentra recursos 
lícitos; ni el hospicio bastará a socorrer a todos los 
que se hallan en esta triste situación, i que se reem- 
plazarán continuamente por otros arrastrados a ella 
por iguales permanentes causas. Solo conseguirá 
sus fines, inspirando amor al trabajo asiduo i se- 
dentario, i proporcionándolo a todos. Este ha sido 
el medio lento, pero eficaz, que, obrando primero 
en las poblaciones, se difunde a los campos i a los 
últimos retretes de la miseria; el que comunica 
actividad, da ejemplo i abre consumo a las demás 
profesiones. 

«Conducida la diputación de estos principios i 
penetrada íntimamente de una verdad, acaso la 
única en que convienen cuantos no están preocupa- 
dos, trata de empezar sus tareas estableciendo unas 
labores fáciles, susceptibles de estensión, de mate- 
rias propias i abundantes, i que no perjudican a las 
fábricas nacionales. Estas son aquellas mismas 
pocas i groseras que hoi ejercen algunas manos a 
quienes una índole privilejíada, mas bien que la 
utilidad, hace sobrepujar al mal ejemplo de que es- 



— 196 — 

tan cercadas, i desviarse un tanto de la inacción 
en que se criaron adoptando estos decentes pasa- 
tiempos que no alcanzan a sustentarlas por la tos- 
quedad de los instrumentos, por defecto de apren- 
dizaje i por otras causas cuya reforma es el sistema 
i primer cuidado de la diputación. 

«Esta se persuade a que, si consigue mejorarlas, 
llenará las intenciones de Vuestra Excelencia i los 
deseos del público; i que las ventajas que en los 
primeros tiempos ayuden al fomento de la casa i 
sus alumnos, se dilatarán después hacia todas par- 
tes, cuando éstos salgan llevando consigo la ins- 
truccción i destreza que los hagan, a ellos mas 
aplicados, i a sus obras mas aplicables. Para todo 
necesita sostener a un maestro tejedor de bayetas i 
tocuyos, que felizmente se ha presentado (don San 
tiago Heitz); pero el salario de éste, el costo de 
algunos utensilios que sirvan de modelo i las pér- 
didas inevitables en los principios, son insoportables 
en el estado naciente de un obrador que solo cuenta 
por fondo a la caridad pública. 

«Su angustia de perder un ájente esencial e 
irreparable, de que tal vez pende el logro de sus sa- 
nas ideas; este conflicto le recuerda la jenerosidad 
con que el real consulado ofreció a Vuestra Exce- 
lencia en su acuerdo de 14 de marzo del año próxi- 
mo pasado fomentar la industria en el hospicio. 
Jamás se le proporcionará una ocasión, ni un modo 
tan propio, sencillo i menos gravoso de auxiliar, 
bajo la inspección de algunos individuos de su cuer- 



— 197 — 

po, un designio acreedor a sus auspicios, dando el 
primer impulso a un objeto que, mejor que otro nin- 
guno, le franquea medios de desahogar aquella be- 
neficencia que la junta tiene por instituto i sus 
miembros por carácter. Aceptará sin duda esta 
oportunidad, si Vuestra Excelencia se digna de in- 
sinuarla como a propósito para desempeñar sus 
ofertas i contribuir a la prosperidad del reino. 

«Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia 
muchos años. — Santiago, 18 de junio de 1804. 

<iEl conde de la Conquista. — Pedro Flores Cien- 
Juegos.— Joaquín López Sotomayor. — Manuel de 
Salas. 

«Al excelentísimo señor don Luís Muñoz de Guzmán, goberna- 
dor i capitán jeneral del reino». 

La junta del consulado se allanó a dar «al hábil 
tejedor» don Santiago Heitz, natural de Suiza, el 
honorario de veinte i cinco pesos mensuales. 



El hospicio de la Ollería marchó viento en popa 
bajo el hábil pilotaje de la diputación nombrada. 

Habiendo tomado un grande incremento, se com- 
pró para ensancharlo un predio contiguo. 

En una solicitud redactada por Salas con fecha 
7 de noviembre de 1804, se decía al presidente don 
Luís Muñoz de Guzmán: 

«Apenas resuelve Vuestra Excelencia establecer 



— 198 — 

este necesarísimo asilo de la infelicidad i seminario 
de actividad i costumbres, se desvanecen los estor- 
bos: se consigue una casa bien situada, pero com- 
prada a censo; se reedifica; se construye una capi- 
lla; se amuebla con limosnas cuantiosas respecto a 
las facultades del país; los pobres corren en tropa 
a guarecerse; i este comprobante de la utilidad de 
la casa i compensativo de los trabajos de la her- 
mandad, es para ella un nuevo conflicto, haciéndole 
reconocer la estrechez de la habitación. 

«En esta angustia, se pone en venta una finca 
que casi circunda al hospicio i linda con él por tres 
de sus costados, la que, habiendo en otro tiempo 
pertenecido a los ex-jesuítas, tiene por eso la real 
hacienda derecho a su valor. La urjente necesidad 
de dilatar sus edificios para dar acojida a los que 
ocurre^ para formar los departamentos que exijen 
la edad, sexo, estado i destino de cada clase, i otras 
consideraciones dirijidas a su alivio, hicieron forzo- 
sa la adquisición de aquel terreno i someterse a las 
duras condiciones a que sujetaron las circunstan- 
cias». 



Don Manuel de Salas no gustaba de levantar fá- 
bricas sobre el papel; como Sócrates sobre las nubes, 
según Aristófanes. 

Deseaba que las teorías fuesen buenas para los 
libros; pero que lo fuesen antes que todo para la 
vida real. 



— 199 — 

Abierto el hospicio, se trató de proveerlo de los 
fondos necesarios para su conservación i subsis- 
tencia. 

En una memoria que presentó al presidente don 
Luís Muñoz de Guzmán, i de la cual he copiado un 
trozo en un capítulo anterior, tocaba este punto en 
la parte final, i señalaba como fuentes de recursos 
los que siguen: 

<Ll.° La jenerosidad de nuestros ilustrísimos obis- 
pos dispensa semanalmente a cuantos mendigos se 
presentan indistintamente a las puertas de su pa« 
lacio, mas bien que limosna, consuelo, porque, par- 
tida entre tantos, les toca una porción que, no 
bastando a sustentarlos, es, para unos alivio mo- 
mentáneo, i para otros acaso fomento de la holga- 
zanería, difícil de discernir. Si la suma de estas 
erogaciones se aplicase al hospicio, quedarían los 
prelados con solo el cargo de socorrer a los pobres 
vergonzantes i los demás tendrían un fondo seguro 
para subsistir. Esto mismo lo han hecho muchos 
pastores ejemplares e ilustrados, i lo harían los 
nuestros si supieran que era grata al soberano una 
asignación que, sin gravarlos, les proporcionaba 
cumplir el primer cargo de su santo ministerio sin 
las fatigas i escrúpulos que les trae el método ac- 
tual de llenarlo. A su imitación, harían lo mismo el 
clero, que de tantos modos nos edifica, i los demás 
pudientes, que se moverían a un ejemplo tan respe- 
table. 

«2.° Si se rejistrasen los archivos públicos, se 



— 200 — 

encontrarían algunas fundaciones, pías disposicio- 
nes i legados para socorrer diversas clases de nece- 
sidades, los que no han tenido efecto por omisión 
o porque hubo alguno de aquellos accidentes que 
entorpecen de pronto i después hacen olvidar se- 
mejantes mandas. Otras hai que están afectas a 
ciertas pensiones que podrían conmutarse en las 
que pueden desempeñar los habitantes del hospicio. 
Algunas hai que tienen obligación de sufrajios, que 
harían los capellanes, quienes servirían sus minis- 
terios por la congrua o proventos de ellas, en el 
caso de asignárseles a falta de acreedores lejítimos, 
o por estar devueltas a los ilustrísiinos obispos o 
cabildo i que se hallen en aptitud de aplicarlas. 
Pero, para hacer las indagaciones precisas i repre- 
sentar, es necesario autorizar a la diputación, i que 
se encarguen por Su Majestad estas aplicaciones 
con aquella enerjía que únicamente hace tomar en 
consideración los negocios públicos. 

«3.° Con el hospicio, se hacen inútiles i pueden 
agregarse a él las fundaciones piadosas que tengan 
relación a alguna de las partes de su plan jeneral. 
La casa de espósitos, rentada por la real hacienda, 
i la de recojidas, que mantiene el ayuntamiento, 
aunque su dotación es sobre vacantes eclesiásticas, 
deben unirse; i aunque sus rentas son cortas, el 
ahorro de administraciones, empleos i gastos comu- 
nes, añade una cuota considerable a la masa total, 
suponiéndose que en la aplicación se comprenden 
los mismos edificios que sirven a aquellos destinos 



— 201 — 

i quedarán vacíos, los que se podrán vender o arren- 
dar. Esto mismo se resolvió al erijirse el hospicio 
ahora doce años; i no hai nada en contra, ni existen 

los motivos que entorpecieron la ejecución de esta 
obra, que ya se halla casi realizada. 

«4.° A pesar de las espresivas recomendaciones 
que hizo el rei a las juntas de aplicaciones de tem- 
poralidades de ex-jesuítas para que señalasen algu- 
nos bienes a los hospicios, no tuvieron efecto en 
este reino; porque en los principios no hubo quien 
lo solicitase, i después porque ya se habían destina- 
do las haciendas, casas i rentas. Cuando se trató de 
este objeto, apenas quedaban el colejio arruinado de 
San Pablo i su corto recinto. Se aplicó éste; pero 
se suscitaron tantas dudas con motivo de las reales 
órdenes sobrevenidas para la venta de tales bienes, 
que ni aún esta miserable aplicación se verificó. La 
diputación inquirirá los derechos que tenga para 
ella; pero, aunque logre aclararlos, habrá adelanta- 
do mui poco con una iglesia i unos claustros inuti- 
lizados. Por eso, espera que Su Majestad mande 
examinar este punto, i que se le den algunos de 
aquellos principales que existen sin cobrarse, i que 
solo pueden recaudarse destruyendo a las familias 
que los deben. El hospicio tomará medidas mas mo- 
deradas, i recibirá un bien considerable sin detri- 
mento de los honrados vecinos que los poseen. 

«5.° Las vacantes eclesiásticas, sin embargo de 
que están destinadas en todas partes para objetos 
piadosos, i aquí gravadas con la pensión de dos mil 

26 



— 202 — 

pesos para sostener la casa de corrección de arre- 
pentidas, no pagan esta pensión, i la sufren los pro- 
pios de ciudad como empréstito hace mas de sesen- 
ta años; por lo que parece que Su Majestad no 
distará de mandar a lo menos que reintegre esta 
deuda paulatinamente i con ella se llene el verda- 
dero fin de su erección. Así estos caudales, que son 
limosnas debidas a los pobres de la diócesis, se les 
restituirán del modo mas útil a ellos i a la causa 
pública. 

«6.° La real cédula de 9 de setiembre de 1796» 
en que se inserta el real decreto de 24 de agosto de 
1795 que grava con el quince por ciento los bienes 
que adquieran las manos muertas i las fundaciones 
a favor de los hospicios, será un obstáculo para esta 
empresa, i tal que puede frustrarla. Pero Vuestra 
Excelencia puede hacer ver a Su Majestad que, 
desde la llegada de estas soberanas resoluciones, no 
se ha hecho una sola disposición de la clase de las 
comprendidas en ellas, de modo que el real erario, 
no solo se ha privado de los nuevos derechos, sino 
de la alcabala que deberían haber satisfecho al im- 
ponerlas, i muchas veces después de redimir i tras- 
ladar los capitales a nuevas fincas, lo que se ha es- 
tendido hasta los pertenecientes a los antiguos cen- 
sos, pues prefieren los censualistas darlos a interés 
por los recelos en que injustamente los ponen estas 
providencias, de manera que este ramo de derechos 
ha menguado mui considerablemente, A mas pue- 
de esponer Vuestra Excelencia que aquí no militan 



— 203 — 

los motivos que hai en la Península para tales 
disposiciones, porque la inmensidad de los terrenos 
yermos que carecen de cultura por falta de pobla- 
ción, de estracción i de industria, no hará sentir en 
algunos siglos los inconvenientes que sufren el era- 
rio, el comercio i las artes en la Península con la 
amortización de las tierras, pues allá faltan fincas 
en que invertir capitales, i las que no se cultivan es 
por pereza de sus dueños, pero aquí sobran posesio- 
nes de todas clases que comprar i beneficiar, al paso 
que escasean los medios de hacerlo. Todos los que 
tienen fondos para adquirirlas, las encuentran al 
instante de cualquier clase, magnitud i precio, sin 
que se haya dicho jamás que uno solo careciese de 
este arbitrio de establecerse. El abandono de los 
campos aquí no viene de la falta de propiedad, sino 
de la de consumo; el no variar de dueños es efecto 
de que no hai compradores; i lo uno i lo otro de la 
languidez de las pocas ocupaciones conocidas en 
cuyo estrecho círculo se amontonan todos i se da- 
ñan mutuamente. Si Vuestra Excelencia consigue 
que las fundaciones hechas directamente en benefi- 
cio de este almacigo de nuevas labores i criadero 
de consumidores se esceptúen del gravamen que se 
opone a ellas, i Su Majestad estiende la gracia aún 
a aquellos que se pensionasen a su favor, abrirá un 
manantial de bien público que refluirá necesaria- 
mente en el del estado i de la humanidad; encar- 
gando a este gobierno el cuidado de moderar las 
erogaciones si notase que excedían a las ideas que 



— 204 — . 

tienen por objeto o a los principios que dieron mo- 
tivo a limitar tales instituciones. 

«7.° Si se recomendase a los consulados i a otros 
cuerpos cuyo instituto tiene una relación inmediata 
con estos modos de hacer el bien, i que acaso no 
emprenden o sostienen por la distancia que divisan 
entre sus jestiones i los efectos, o por otros equivo- 
cados principios, si se les inclinase por medio de 
alguna orden real, ellos se prestarían a franquear 
eficazmente el camino mas recto de llenar su insti- 
tuto, que es concurrir a la felicidad del pueblo fo- 
mentando la industria, mejorando las costumbres i 
reconciliando con la virtud a estos desertores del 
trabajo, i convirtiendo en vasallos buenos i útiles a 
unos infelices que el abandono conduce a la estin- 
ción. 

«8.° Hoi se promueve por el presbítero don Ma- 
nuel Cañol un espediente sobre aumentar el número 
de prebendas en esta catedral. Su estado anuncia 
que se verificará, como ya ha sucedido en iguales 
circunstancias. Si se suprimiese una de ellas, a 
imitación de lo que se hace a favor del santo oficio, 
resultaría una congrua segura a la obra pía. Se in- 
vertiría en los pobres su mismo sudor, un caudal 
destinado a limosnas; i, en lugar de una voz que se 
cercenaría en el templo, se sustituirían muchas que, 
desde la casa de misericordia, se elevarían al Crea- 
dor, i que, entre lágrimas de gratitud, pedirían por 
la salud de su rei i conservación de la iglesia. Así 
se ha servido Su Majestad destinar perpetuamente 



— 205 — 

el beneficio de Fuentes-el Césped en la diócesis de 
Segovia para subsistencia de los dos presbíteros 
directores espirituales de la compañía de caballeros 
cadetes del real cuerpo de artillería, establecida en 
el colejio militar de la referida ciudad. Asimismo 
ha proveído el beneficio de San Pedro de Moya en 
la diócesis de Cuenca con la obligación de residir 
en Sacedón para asistir a los pobres que ocurren a 
los baños, i que sean anexos estos cargos a ese des- 
tino perpetuamente. — (Gaceta de Madrid, 4 de 
octubre de 1803, número 80). 

«9.° Sobre todo, Señor Excelentísimo, esta obra, 
que en la estensión de que es capaz, puede ser un 
principio de la felicidad del pueblo, tendrá todo el 
éxito que debe apetecerse si la promueven celosa- 
mente ajentes dignos de ella i capaces de llevarla 
a cabo, preparando oportunamente los medios. Sin 
ellos, quedará en el mismo estado, que otros mu- 
chos buenos deseos de nuestros soberanos, que nos 
hubieran hecho dichosos; pero que se frustraron 
por falta de instrumentos adecuados. Se encontra- 
rán seguramente si se persuaden de que sus traba- 
jos son aceptos al rei, de que los contará entre las 
acciones que hacen dignos de sus gracias, i de que 
los servicios hechos en esta carrera útil tendrán en 
la distribución de las recompensas el lugar que me- 
recen en el orden del aprecio proporcionado a las 
fatigas que cuestan, a las ventajas que producen i a 
la rareza de los recursos para conseguirlos. Una 
declaración de esta naturaleza, apoyada con algún 



— 206 — 

ejemplar, despertará la actividad i celo amortigua- 
dos por la falta de esperanza i por el descrédito en 
que ha caído el camino mas jeneroso de obtener la 
benevolencia del monarca i del público, siendo pro- 
ficuo; lo que no se ve, sino cuando se concilia el in- 
terés particular con el común, i se premian iguales 
servicios: entonces creen que el gobierno se dirije 
de veras al bien i todos concurren a él. 

«10. Si todos, o algunos de estos arbitrios, no 
alcanzan a llenar las miras de la diputación, aún 
queda al hospicio i sus atenciones el recurso, de 
que se ha usado en casi todos los establecimientos 
iguales, de gravar algunas de aquellas materias que, 
siendo de jeneral consumo, hacen insensible i co- 
mún la concurrencia universal a un bien a que to- 
dos están obligados». 



XII 



Mediante la imprenta, las ideas se difunden en 
la actualidad,con tanta rapidez, como la luz. 

Gracias a ella, tienen alas que las trasportan acá, 
allá, acullá, a todas partes. 

No sucedía lo mismo en la desprovista i atrasada 
colonia hacia la época de que trato. 

Don Manuel de Salas se veía obligado a soste- 
ner sus proyectos de palabra entre sus tertulios, 
o en cartas que hacía circular entre sus conocidos. 

Estoi cierto que el lector recorrerá con gusto la 
siguiente carta relativa a la materia de que he ha- 
blado en el capítulo anterior. 

Pertenece al distinguido joven don Matías Errá- 
zuriz; i está escrita de puño i letra del ilustre 
filántropo. 

«Muí señor mío, 

«Esta noche he dormido poco, porque se me 
agolparon de tropel las especies que se virtieron 
en nuestra tertulia. Confieso a Usted que me afli- 



— 208 — 

jieron las razones con que se combatió el estableci- 
miento del hospicio; i créame que, a pesar de la 
taciturnidad que en mí observó, estaba rabiando, i 
que no correspondí a las insinuaciones con que Us- 
ted me pedía auxilio, porque toda impugnación 
que se hace a sujetos que se conciben superiores 
por algún accidente de aquellos que imponen al 
vulgo, sirve únicamente para obstinarlos i llevar 
tras sí a los que han trasferido en otros la facultad 
de pensar. Esto influye demasiado en el éxito de 
los negocios, i conviene sacrificar en su obsequio 
las sujestiones del amor propio i la leve satisfac- 
ción de quedar vencedor en un pequeño círculo. 

«Con todo, como esta cuestión ha de renovarse 
cada día, voi a indicar a Usted medios de sostener 
su opinión, encargándole solo que modere aquel 
sentimiento que le causa la discordancia de parece- 
res. Esto es mui natural; i sería un milagro que 
todos pensasen de una manera. Los hombres sola- 
mente convienen en apartarse de la razón i alejar- 
se de sus verdaderos intereses. El conciliarios es 
obra de la esperiencia, de los desengaños o de una 
autoridad ilustrada i vigorosa; i si no recuerde 
Usted cuánto costó a Pedro el Grande conseguir 
que se hiciesen la barba los rusos hasta llegar al 
estremo de quitársela a muchos con la cabeza i 
todo; cuánto a Carlos III limpiar a Madrid de 
una inmundicia que defendían como necesaria aún 

para la salud; cuánto pero le diría a Usted 

tantos cuántos, que se cansaría sin sacar mas fru- 



— 209 — 

to, que hacerle avergonzarse de ser hombre. Así 
voi a decir a Usted qué es hospicio; las ventajas 
que traerá; que no tiene inconveniente alguno; i 
que debemos desearlo i mantenerlo como un bien 
de primer orden en el estado actual de nuestro 
país. 

«Hospicio es una casa grande, cómoda, aseada, 
ventilada, abrigada i alegre, consagrada por la pú- 
blica piedad para recibir a todos aquellos prójimos 
que por su vejez, achaques o debilidad no son capa- 
ces de procurarse la subsistencia, i que, en lugar 
de comer el pan con el sudor de su rostro, se ven 
necesitados a mendigarlo a las puertas de aquellos 
a quienes la Providencia consignó el cargo de 
socorrerlos, dándoles para esto una suerte mejor. 
En este asilo de la miseria desvalida, hallarán una 
habitación que los defienda de la intemperie; un 
alimento sobrio, pero bastante; un vestuario mo- 
desto, pero limpio; unos socorros pobres, pero cier- 
tos, i sin la fatiga de buscarlos, sin las vicisitudes 
i privaciones que son consiguientes a la interrup- 
ción de las dilij encías que ocasiona la imposibilidad 
de practicarlas por falta de fuerzas, o por la incle- 
mencia de la estación, u otros accidentes. Allí 
todos son auxiliados con igualdad, pero con prefe- 
rencia el mas necesitado: el que tiene sobre sí 
familia que le hace mas dura su situación, que 
aquel que, siendo solo i conservando un resto de 
ajilidad se servía de estas ventajas para anticipar- 
se i prevenir la mano bienhechora, que encontraba 

27 



— 210 — 

vacía el que, retenido por el peso de sus dolencias, 
o por el cuidado de sus desgraciados hijos, llegaba 
tarde i hallaba una áspera repulsa por todo con • 
suelo. 

«En esta estancia de la quietud i de la tranqui- 
lidad, recibirán sin zozobra la doctrina predica- 
ción continua de un eclesiástico virtuoso i escojido, 
que, no solo les sirva de consuelo para tolerar la 
adversidad, sino de guía para conducirlos por ella 
misma a la verdadera felicidad, de que, por lo co- 
mún, viven distantes los que no han sido exhorta- 
dos a la resignación, los que tienen en su misma 
oscuridad medios de sustraerse a la vijilancia de 
los párrocos, los que están ajitados a toda hora del 
cuidado de conservar su triste existencia, i son 
causa de que otros a su sombra, sin iguales moti- 
vos, vivan en igual desorden. Allí frecuentarán un 
templo i los sacramentos santos que antes (da 
horror el decirlo) profanaban, haciendo un sacrilego 
comercio, engañando a unos, distrayendo a otros, 

i talvez pero Dios mío borrad de mi memoria 

tales excesos. Ya van a estinguirse! 

«De allí huirá la ominosa ociosidad, funesto ma- 
nantial de vicios i de disgustos. Se proporcionarán 
a la debilidad de las manos labores que las ocupen 
blandamente i cuyo importe se les satisfará para 
que sirva a sus pequeñas necesidades, quedando a 
cargo de la casa el ocurrir a las de los absoluta- 
mente imposibilitados de trabajar o que apenas 
pueden hacerlo. Las producciones se emplearán en 



— 211 — 

vestidos; i el resto se venderá a precios que no 
envilezcan las manufacturas de igual clase que se 
hagan fuera. Éstas serán las mas toscas, de fácil 
aprendizaje i espendio, como jergas, mantas, cober- 
tores, zapatos, bayetas, tocuyos. 

«No se les proporcionan estas comodidades a 
costa de privarlos de la libertad. No es el fin ha- 
cerlos mas infelices, ni sería racional imponerles 
una pena tan dura, porque son pobres, o porque 
sufren los efectos de nuestra propia constitución 
en las enfermedades i vejez. Este modo cruel i 
bárbaro no es de este tiempo; i solo se procedía así 
cuando era mas fácil resolver que meditar, i cuan- 
do se estudiaba menos al hombre i sus facultades. 
Tendrán aquella libertad reglada i justa a que 
todos podemos aspirar, i que es compatible con 
nuestra situación. Los que, renunciando a la men- 
dicidad se recojan voluntariamente, i los que, por 
obstinarse en pordioseros sean llevados, si varían 
de conducta, tendrán licencia de salir a ver a sus 
amigos i parientes en aquellos días i horas que lo 
hacen todos los que viven en alguna comunidad o 
cuerpo i reconocen un superior. Este ha sido uno 
de los escollos principales de los establecimientos 
semejantes; i así se ha creído que el alejarse de él 
es ahora un principio fundamental. También sal- 
drán, pero para no volver, los que justifiquen te- 
ner medios de subsistencia fuera, o de su indus- 
tria, o de sus bienes, o de la piedad de algún bene- 
factor. 



— 212 — 

«Oirá Usted otras mil invectivas contra este 
jénero de hospitalidad. Vea aquí los decantados 
inconvenientes apoyados en sendas sentencias, por- 
que no hai humano desatino que no se haya dicho 
i que no tenga algún apotegma en su favor. 

«Dicen algunos con entusiasmo que no deben 
quitarse los pobres de Jesucristo de la presencia 
de los cristianos para que ejerzan en ellos por sí 
mismos la caridad. ¿Quién se los quita? Lo que se 
hace, es ponerlos a la vista, escojiendo los verdade- 
ros, i separando los que burlaban la ocupación, 
abusando del santo nombre del padre i modelo de 
la caridad para convertir los frutos de ella en vi- 
cios abominables contra el mismo Jesucristo i la 
sociedad, haciendo difícil o imposible aquel discer- 
nimiento e intelijencia que eleva i recomienda 
esta virtud, basa i fundamento de la lei evanjélica. 
Los que quieran practicarla, encontrarán sobra- 
do campo en esta reunión de pobres elejidos entre 
los mas acreedores a sus socorros, i hallarán hecho 
aquel examen que tanto deseaba el mayor limosne- 
ro que hubo: Santo Tomás de Villanueva. 

«¿Se dirá acaso que no visitamos i socorremos a 
los enfermos, porque no están tirados en las calles 
o en los muladares, i que se nos priva de hacer 
esta obra de misericordia llevándolos a San Juan 
de Dios o San Borja, i que sería mejor que estos 
desvalidos anduviesen en parihuelas infestándonos, 
sin consuelo ni dirección espiritual, i que otros sa- 



— 213 — 

nos tomasen este jénero de vida? Este es el mismo 
caso con solo la diferencia de nombre. 

«¿Se diría que un comerciante es mal pagador, 
porque no cubría cuantos libramientos se le dirijían, 
aunque fuesen falsos i no tuviesen las formalidades 
que precaven el abuso de la buena fe i la confianza? 
Este es el mismo caso. 

«Debemos de justicia socorro a los pobres, no 
solo de lo superfluo, sino de lo necesario; pero no 
debemos ni podemos mantener holgazanes que nos 
insultan i que roban de nuestras manos la limosna 
debida al pobre, imajen del Redentor. El gobierno 
debe hacer esta distinción; i esto no puede lograrse 
sino con un hospicio. I si no que le digan a Usted 
otro medio mas obvio i seguro. El impugnar es fácil 
i una infeliz manía de los que quieren mostrar inje- 
nio a poca costa; pero el establecer cuesta trabajo; 
i no todos lo apetecen, principalmente por no su- 
frir argumentos i contradicciones. 

«Le dirán a Usted que se precavería esta confu- 
sión con que los párrocos i jueces examinasen la 
verdadera necesidad i diesen por escrito licencia de 
mendigar a los que fuesen acreedores. Pues, amigo, 
esto se ha mandado en muchas partes, i aquí mismo 
en repetidas ocasiones sin efecto. 

«Los jueces eclesiásticos i seculares raras veces 
se acuerdan. Siempre celosos de sus jurisdicciones, 
suele una etiqueta dar en tierra con el mejor pen- 
samiento. A mas, están mui ocupados; se cansan; 
no todos tienen un modo de pensar, ni puede haber 



— 214 — 

un sistema seguido en majistrados que varían con 
frecuencia. Fuera de que así se conservaba la si- 
miente que conviene abolir i subsistía la mendiguez, 
de modo que, al menor descuido, volvería a difun- 
dirse, hallándonos habituados a ver pordiosear. Ni 
esto es practicable; porque ¿cómo podrá Usted 
reconocer las papeletas de cien viejas postulantes 
que a un tiempo se piesentan el sábado al abrir 
Usted su puerta, soñoliento, urjido de sus atencio- 
nes i preocupado de sus negocios, quienes, a manera 
de abispas, asaltan la canasta de pan o su bolsillo, 
procurando aturdirle para recibir dos o tres veces 
limosna? ¿Cómo examinará Usted la boleta que le 
presenta en la calle un infeliz, cuando Usted va de 
prisa, está al calor del sol, al salir de una iglesia, al 
entrar a misa, a la vista de los espectadores, i en 
otras mil ocurrencias, que sucederán naturalmente, 
o procurarán proporcionar los astutos, interesados 
en sorprender la mas mezquina escrupulosidad? I 
¿qué hará Usted con el que diga que se le perdió su 
papel, o que no han querido dárselo por informes 
injustos, a pesar de una pierna que manifiesta en el 
aire, de un ojo menos, o de una llaga que conserva 
con arte para estimular la compasión, o de dos chi- 
quillos prestados, a quienes corrompe con el mal 
ejemplo? Cederá al clamor; i habrá fomentado el 
engaño, la hipocresía, la embriaguez, el juego i otras 
mil maldades. ¿Qué hará Usted con el que se avan 
ce sin nada de esto a pedirle? Cuando mas le des- 
pedirá, i de allí irá a engañar a otro; porque Usted 



— 215 — 

ni le ha de delatar, ni llevar a la cárcel. Sobre todo, 
amigo, ya nos conocemos. Esto no se ha hecho, ni 
se hará jamás. No perdamos tiempo en simplezas, 
ni seamos mas tontos. 

«Otros filósofos, Aristarcos enfarinados de políti- 
cos, que gobiernan el mundo desde el banco de una 
botica, que en una silla poltrona dan batallas, arre- 
glan las costumbres i rijen las naciones, que leyeron 
a Ward, Campillo o el padre Feijoo, éstos desa- 
prueban altamente el pensamiento, i destinan los 
vagos al ejército i las minas, las mujeres ociosas a 
las Recojida's, los niños a los oficios, estableciendo 
ocupaciones para ellos, dispone que los pobres sean 
socorridos en sus casas, i añaden que los enfermos 
estarían mejor en ellas, porque hai muchos que es- 
criben contra los hospitales i los suponen perjudi- 
ciales a la salud pública, a la asistencia de los do- 
lientes i sus familias, gravosos al estado, i con otros 
defectos. 

«Con todo, amigo mío, vuelvo a repetir que el 
dictar i resolver es mui distante del ejecutar. Estas 
teorías son excelentes i deben conciliarse con las 

circunstancias coetáneas No se asuste Usted, 

i crea que voi a salir del estrecho con aquella rui- 
nosa frase de que esto no es adaptable. Dios me 
libre de una palabra tal, que, según su concepto, 
conjurada con la de espediente i sustanciación, ha 
destruido el país. No, señor. Al contrario, pretendo 
que se sigan aquí los mismos pasos que han hecho 
felices a otros pueblos. En la infancia de éstos, se 



— 216 — 

esponía a los enfermos en los caminos para recibir 
las limosnas i remedios de los viajeros. Después se 
les colocó en los hospitales para ser auxiliados con 
comodidad, i últimamente se les socorre en sus ca- 
sas, en el seno de sus familias, con quienes parten 
los subsidios que no pueden procurarles durante su 
dolencia. Libres de contajio, i asistidos particular- 
mente por personas interesadas en su conservación, 
recuperan la salud i tienen otros consuelos que los 
que ministran manos mercenarias i familiarizadas 
con los jemidos de los infelices. 

«Los mismos trámites han tenido los hospicios. 
En la tosquedad i grosería primera, andaban los 
pobres por las calles i campos mendigando el sus- 
tento. Se adelantaron la razón i la policía; i se trató 
de fomentar hospicios. Se perfeccionó la caridad; i 
se establecieron socorros de otra clase. Vinieron 
las sopas económicas i las fábricas; i se estinguió la 
holgazanería, fuente de la mendicidad. 

«Nosotros (hablemos con injenuidad) ni estamos 
en el primer estado de barbarie, ni en el último 
grado de perfección. Así, ni debemos permitir ya 
una mendicidad, que es el oprobio de las ciudades, 
ni podemos aspirar a desterrarla de golpe por los 
medios que han conseguido las naciones mas puli- 
das de Europa, a que han arribado después de si- 
glos de especulaciones, estudios i patriotismo. Con- 
tentémonos con imitar su edad media por ahora, 
sin dejar por eso de poner las miras en alcanzarlas 
algún día, i aprovecharnos del camino que trillaron 



— 217 — 

a tanta costa. Empecemos a desbastar este gran 
peñasco, que puede ser una estatua de Minerva, si 
tenemos constancia. 

«Con la misma franqueza, descubriré a Usted un 
ataque de orgullo que me asalta en este momento 
¿Qué sabemos, amigo, si podremos avanzar mas que 
otros? Todos los hombres son orijinales. Ningún 
hecho se parece exactamente a otro. Las circuns- 
tancias i accidentes nunca se copian a la letra. La 
facultad de discurrir no tiene límites. La Provi- 
dencia confunde a los mas grandes, ocultándoles lo 
que descubre a los pequeños; i siendo los menores 
o los mínimos ¿por qué no coronaría nuestra buena 
intención, sufriéndonos lo que no alcanzaron los 
sabios? Es cierto que todas las ciencias tienen su 
nudo gordiano. La jurisprudencia no ha encontra- 
do cómo evitar los desafíos, ni se ha decidido sobre 
la necesidad de la pena de muerte. La medicina 
pierde los estribos con la terciana. La física palpa 
i no entiende la electricidad. La caridad i la econo- 
mía política tienen en los hospicios un tropiezo que 
hizo mil veces abortar los mejores designios. Todo 
está reservado para el que menos se piensa. 

«Si se discurre sobre las causas, i aprovechamos 
de los errores antiguos, verá Usted que no es mui 
infundada la esperanza de que acertemos aquí en 
una materia en que otros se han equivocado tanto. 

«La coacción de que se ha usado en iguales es- 
tablecimientos, los desacreditó con razón, porque a 

nadie se debe hacer bien por fuerza, porque la vio- 

28 



— 218 — 

lencia a ninguno agrada, i trae consigo la presun- 
ción de que la cosa en que se emplea no es buena, 
o de que sus autores no son capaces de los medios 
dulces i sagaces, o de que desprecian a los que in- 
tentan beneficiar. 

«Aquí se trata de atraerlos por artes verdaderos, 
i que ellos mismos apetezcan el recojimiento a fuer- 
za de sentir las comodidades. Todo el costo se hará 
con un poco o un mucho de paciencia; i de esto te- 
nemos o debemos tener bastante. A nadie se pri- 
vará de la libertad lejítima, cuya pérdida no tiene 
compensativo, i que sufrieron los míseros habitan- 
tes de otros hospicios, como si el ser pobre o en- 
fermo fuese un delito. Solo permanecerán en éste 
mientras lo necesiten; i aún aquellos que sean de- 
tenidos, solo lo estarán hasta que varíen de con- 
ducta, a menos que no sean incorrejibles. 

«No se les vestirá de un traje uniforme que les 
haga abominable su estado, esponiéndolos a que los 
niños los señalen con el ridículo epíteto de hospi- 
cianos. Andarán con su poncho, su capa, citoyen, o 
como cada uno quiera. Únicamente los empleados 
tendrán algún distintivo que manifieste la confianza 
que de ellos se hace. 

«Tampoco se les condenará a una ociosidad insu- 
frible, ni a un trabajo sin recompensa. Se les paga- 
rá lo que hagan a un precio en que se tenga alguna 
consideración a los auxilios que reciben, i de modo 
que ayude a continuarlos. No se les ocupará en la- 
bores que exijan larga enseñanza, grandes utensi- 



— 219 — 

lios, ni fondos, para que, en saliendo de allí, puedan 
ejercerlas fácilmente en sus casas; i así se restituya 
a la sociedad un vecino útil, o una buena madre de 
familia, o una criada apreciable, o un artesano vir- 
tuoso, en lugar de un holgazán, una ramera, o un 
pillo. Los artefactos que no se consuman en ellos 
mismos, se venderán con estimación, porque de otro 
modo se arruinarían los que trabajan fuera; i por 
una mala economía se vendrían a aumentar los po- 
bres que tratamos de disminuir. 

«Estos inconvenientes lian tenido los hospicios 
de las grandes capitales; i por eso se han frustrado. 

4 

La esperiencia nos guiará para evitarlos; i así no es 
vana la esperanza de lograr aquí lo que no se ha po- 
dido en otras partes donde reinan la abundancia de 
luces, recursos i talentos, pero también las intrigas, 
intereses particulares, preocupaciones i otros ene- 
migos de lo bueno; por lo que, en pueblos menos 
opulentos, se han visto efectos admirables. 

«No hai ciudad en Portugal donde no haya 
hospicio; i según el autor de la Estafeta de Londres 
es circunstancia prevista para tener el título de tal- 
En Jaén, por los esfuerzos de don J osé María Pra- 
do i Valenzuela se ha formado un excelente hospi- 
cio, que empezó por nada, con lo que se desterraron 
la miseria i los vicios. Vitoria debió a la prudencia 
i celo de don Pedro Jacinto de Álava, el mejor 
establecimiento de esta clase, i tal que sirvió de 
modelo a los de San Petersburgo. 

«Resulta de lo espuesto que hospicios que co~ 



— 220 — 

menzaron por pequeños principios, i que se condu- 
jeron con fines rectos i sagaz caridad, se lograron. 
Al contrario, los que se anunciaron por grandes 
rentas, edificios suntuosos i con empleos dotados, 
se han arruinado, o se sostienen con sumo trabajo. 
En efecto, un palacio habitado por pobres presenta 
una contradicción semejante a los cuarteles de Ber- 
lín, donde se ve ordinariamente en la estatua de 
César asolearse los calzones de un soldado i sobre 
la cabeza de Catón una camisa rota. 

«Se creyó equivocadamente que de los obradores 
de estas casas saldría la elevación de la industria 
hasta nivelarse con la estranjera, que lleva la 
ventaja de la antigüedad i los artes, con lo que se 
granjearon la emulación, i se hicieron gastos que 
acabaron con las empresas. 

«Aquí solo haremos lo mas basto, barato i que 
a nadie perjudique. La casa será tan humilde, como 
sus vivientes; i será rejida por una diputación de 
pura caridad, que tendrá por divisa la beneficencia 
i hacer mejor la suerte de los infelices en todos sen- 
tidos i en toda la estensión posible. Jamás perderá 
de vista los errores pasados; i escarmentando en 
cabeza ajena, puede lisonjearse del acierto. 

«Si se consigue, como debemos esperarlo de la 
rectitud de nuestras intenciones, de la protección 
del gobierno, i, sobre todo, de los auxilios de la 
Providencia, se verán luego los buenos efectos. 
Ellos serán, o deben de ser, asegurar a nuestros 
prójimos pobres, inválidos, enfermos, huérfanos i 



— 221 — 

desamparados (de cuyo número podemos ser algún 
día, o nuestros hijos, nietos i parientes) un refujio 
contra las calamidades anexas a cualquiera estado 
de éstos. Allí encontrarán los corazones piadosos 
unos objetos escojidos en que ejercer esta virtud; i 
sin el riesgo de aquella ostentación que nos asalta 
para hacernos perder el mérito, podrán propiamente 
esconder la limosna en el seno del pobre para que 
desde él dé gritos al cielo. Esto será efecto de la 
conmiseración, i no de la importunidad, i por eso 
mas acepta a Dios. Estos mismos desgraciados 
tendrán sin .fatiga ni incertidumbre los socorros 
que les debemos i a que pueden aspirar, sin espo- 
nerse a recibir mas de lo que deben, en perjuicio de 
otros, o a carecer de lo preciso. Tendrán la doctrina 
que es necesaria para tolerar la infelicidad, i ser 
dichosos después, sin que entre tanto les falte un 
honesto entretenimiento. Serán separados los que 
abusen de nuestra compasión para defraudarla. 

«En suma, se verán las limosnas empleadas según 
las piadosas máximas del Evanjelio en trucnfo, don- 
de se lee en la carta 37: 

— «Cuando la beneficencia se ocupa en desterrar 
la miseria, dando medios de trabajo, es tan útil, co- 
mo puede ser nociva la que solo se ocupa en acallar 
al importuno o en socorrer al miserable que pudiera 
dejarlo de ser Solo puede ser buena la limos- 
na, cuando da trabajo al que puede trabajar, i soco- 
rro al que no puede. — 

«Este santo sistema es el que hasta hoi nos he- 



— 222 — 

mos contentado con alabarlo; i éste es el que vamos 
a practicar en el hospicio. Sin ese arbitrio, no se 
conseguirá nunca; i con él, sí lo veremos segura- 
mente; i si no tenga Usted paciencia, i siga leyendo 
este borrón, que le mostrará en perspectiva lo que 
intentamos hacer; aunque no de golpe, sino lenta- 
mente i temporizando con las ocurrencias, con las 
prevenciones i con las fuerzas, que sin duda aumen- 
tará el Ser Supremo, en cuyo obsequio se hace* 
teniendo a la vista que no haijmayor enemigo de 
lo bueno que lo mejor, esto es, querer en un día lo 
que necesita años. 

«Primero se recojerán los verdaderos pobres, 
viejos i enfermos. Si sobran estensión i comodida 
des, vendrán aquellos que, sin estas dolencias, se 
hallan en necesidad de mendigar, a que en el prin- 
cipio los redujeron la falta de ocupación, la mala 
crianza i peor ejemplo, que después radicaron en 
ellos una pereza habitual i una vida licenciosa, que 
estragaron los vicios. 

«Estos miserables que se multiplican continua- 
mente, i que son eterno objeto de la severidad de 
la justicia, que nada nos consigue con las penas, 
sino el hacerlos de peor condición, quitándoles todo 
pudor; estos desdichados cuya suerte despreciamos, 
en que tiene la mayor parte nuestro descuido, i 
cuyo orijen atribuye la indolencia al clima u otras 
causas misteriosas, deben ser el objeto de la refor- 
ma. Reducidos a la alternativa de sufrir las morti- 
ficaciones impuestas a los vagos, o a abrazar un 



— 223 — 

trabajo que se les franqueará, i de que hasta hoi han 
carecido, huirán del primer estremo, que antes se 
les presentaba solo. Habituados a la ocupación i a 
vivir de ella, volverán a ser útiles a las familias que 
antes desolaban con sus excesos. 

«Los muchachos de ambos sexos que, por una 
educación desenfrenada se preparan a seguir las 
huellas de aquéllos, serán una de las primeras aten- 
ciones de la diputación i ocuparán sus cuidados en 
el hospicio. Los que, por falta o abandono de sus 
padres carezcan de aquella sujeción i enseñanza que 
únicamente *pueden formar sujetos útiles i buenos, 
la hallarán en esta casa. Allí se les enseñarán 
desde los rudimentos de la relijión hasta los oficios 
o artes que puedan sostenerlos en el resto de su 
vida. Unos saldrán para ejercerlos fuera, luego que 
estén capaces. Otros, después de haber adquirido 
la instrucción necesaria, se confiarán a artesanos 
hábiles i de conocida buena conducta para que los 
enseñen bajo las reglas que se establezcan, i sobre 
que velará la diputación, con lo que espera ver 
mejorados los artes prácticos que yacen en la ma- 
yor tosquedad i descrédito por la independencia de 
los aprendices i oficiales. Otros en quienes no se 
halle aptitud para emplearse en ellos, se consigna- 
rán al servicio de personas de probidad, que respon- 
dan de sus operaciones o los restituyan a la casa, 
de los que se esperan unos excelentes domésticos, 
de que hai tanta escasez, i que, sin duda, se lograrán 
con solo la habitud que habrán contraído al recoji- 



— 224 — 

miento, la exención de vicios i la idoneidad que 
se les habrá inspirado para el servicio casero. 

«Podría añadir a Usted otras mil ideas de esta 
clase que se dan la mano i se siguen necesariamente; 
pero serán pesadas. Lo único que le diré, es que 
todo es factible, i que se va a emprender; que todo 
se hará sin violencia, sin estorción i sin necesidad 
de ocurrir a otros estímulos que los que dictan la 
caridad i paciencia. 

«¿Será quimérico este plan? ¿Podremos descon- 
fiar de su ejecución? ¿Dudaremos de que concurra 
a él el ilustrísimo prelado que predica la limosna 
con su ejemplo i que ya ha dado pruebas a favor 
del establecimiento? ¿No le imitarán el piadoso 
clero, i la nobleza, que se distingue por su caridad 
de tantas maneras? El país de la hospitalidad i de 
la devoción ¿se negará al mas digno objeto, a lo 
mismo que antes hacía, solo porque va a rectificarse, 
i darse con sistema, con método, i porque van a 
hacerse mas útiles sus mismas erogaciones? Los 
jenerosos vecinos que ya no verán a sus puertas los 
pobres de Cristo ¿no irán a buscarlos a su residen- 
cia o no les ministrarán socorros? ¿No los consola- 
rán? Los caballeros a quienes caracteriza la bondad 
de corazón i que desean el bien de su patria i la 
mejora de las costumbres ¿rehusarán el concurrir 
con sus luces para adelantar un instituto santo, i 
con sus personas no se prestarán a tomar parte en 
una sociedad de beneficencia en que se alista con 
entusiasmo la jente de su clase en todo el mundo 



— 225 — 

racional? Los ricos que deben al padre de los pobres 
la opulencia ¿negarán a sus hijos verdaderos los 
socorros que les ministraban antes con pérdida de 
la mayor parte de ellos? El sexo compasivo ¿no les 
aliviará con los desechos del lujo? Los mismos que 
tienen una fortuna casi confinante con la miseria de 
los mendigos, aquellos que están amagados de serlo, 
por lo propio, ¿no deberán compadecerse e intere- 
sarse en su alivio? Todos, amigo mío, todos pueden, 
deben i quieren contribuir a la obra de todos, o 
mas bien, a la de Dios. 

«Luego que se concluyan las ordenanzas o cons- 
tituciones las verá Usted. No serán unas reglas 
inflexibles, sino mui variables según las ocurrencias, 
lo que enseñe la esperiencia i los embarazos que se 
toquen, sobre todo, según las observaciones de las 
personas bien intencionadas, que harían una espe- 
cial limosna en comunicarlas, empezando desde 
ahora. Nos someteremos gustosos, porque nada es 
tan propio de los hombres como el errar, i porque 
en este jénero de obras todos son fundadores i tie- 
nen derecho a procurar el bien de sus prójimos, 
como el suyo mismo. Por eso, pueden i deben ha- 
cerlo libremente, persuadidos de que hallarán la 
mayor docilidad, así como se espera de su parte la 
induljencia, i que, usando de moderación, renuncien 
el espíritu escolástico i los sarcasmos tan impropios 
de una materia en que se trata únicamente de acer- 
tar i de llenar del mejor modo posible el ün de ali- 
viar a los verdaderos pobres i disminuir el número 

29 



— 226 — 

de los que se preparan a engrosarlo por falta de 
educación o de entretenimiento. 
«Est nobis voluise satis. 

«Dios dé a Usted paciencia. S. S. S. 

^.Manuel de Salas)). 

El autor de esta epístola o artículo no era un 
hombre vulgar. 

La idea de que Chile, por pequeño que fuese, 
podía ser orijinal en ciencias, artes, instituciones, i 
acertar en lo que países mas poderosos habían fra- 
casado, manifiesta una intelijencia elevada i poco 
común. 

Salas poseía dotes de escritor; pero no pudo de- 
senvolverlas i perfeccionarlas. 

Le faltaron imprenta i lectores. 

Sus producciones circulaban manuscritas. 

La literatura no podía medrar en el terreno cas- 
cajoso i en la atmósfera opaca de la colonia. 

Los libros, esceptuando los de devoción, eran 
rechazados como mercancías pestíferas o sustancias 
venenosas. 

El mismo Salas escribía en 1811: 

«Nos han mantenido en la oscuridad i miseria. 
Los buenos pensamientos que leíamos en los pocos 
escritos útiles que dejaban por descuido pasar a 
nuestras manos, los tachaban de quimeras i cuentos, 
o los llamaban proyectos solo buenos para libros, 
como si los libros no enseñasen lo mismo que se 



— 227 — 

hace en todo el mundo. Estoi cansado, podrido de 
oír decir, a boca llena i arqueando las cejas: Esto 
no es adaptable; no lo permiten las circunstancias 
locales». 

Salas tenía sobrada razón para enfadarse. 

En mas de una ocasión, al promover la difusión 
de la enseñanza, el desarrollo de la agricultura, la 
creación de nuevas industrias, el ensanche del co- 
mercio, había resonado en sus oídos ese terrible no 
ha lugar o no ha Lugar por ahora, que paralizaba 
las reformas mejor concebidas o mas hacederas. 



El hospicio de la Ollería ha tenido buenos i ma- 
los días. 

La junta encargada de su vijilancia i dirección 
varió su personal; pero don Manuel de Salas conti- 
nuaba en su puesto como el alma de aquel cuerpo. 

La sociedad suele, como un ejército que marcha 
a paso redoblado, abandonar en el camino sus en- 
fermos, sus heridos, sus rnutilaclus. 

Don Manuel de Salas no desamparó la ambu- 
lancia. 

En 1828, la junta que rejía el hospicio estaba 
compuesta de don Rafael Valentín Valdivieso, don 
Domingo Eizaguirre i don Manuel de Salas. 

Véase el oficio que dirijió al ministro del interior: 



— 228 — 
«Santiago, 28 de agosto de 1828. 

«Penetrados últimamente del estado lamentable 
a que se halla reducido el hospicio de nuestro cargo, 
elevamos por tercera vez nuestros clamores al 
gobierno implorando su protección para los mise- 
rables. La cuenta que hemos presentado a la con- 
taduría mayor, i en cuyo examen hoi se ocupa, 
manifiesta los empeños contraídos para sostener el 
hospicio; i este útilísimo establecimiento no pre- 
senta a la vista, sino un triste cuadro de ociosidad, 
escasez i miseria, que anuncian su próxima ruina. 

«Esperamos el momento en que sean fenecidas 
nuestras cuentas para separarnos del hospicio, si, 
como hasta aquí, no se nos proporcionan medios 
con que sostenerlo. Otros mas felices que nosotros 
lograrán que a sus desvelos filantrópicos i desinte- 
resados no se opongan la fría indiferencia i tiros 
zahirientes i calumniosos. Entre tanto, ya que te- 
nemos dispuestos los preparativos de un proyecto 
no menos útil a los miserables, que a la industria \ 
prosperidad nacional, queremos no malograr esta 
ocasión de realizarlo. 

«El hospicio posee una finca inculta a las inme- 
diaciones de esta población, la que hoi apenas pro- 
duce en su arriendo, deteriorándose cada día por 
falta de cultivo. Dividida en pequeñas hijuelas, i 
vendidas a censo, multiplicándose excesivamente 
su valor, proporcionaría ocupación i fomento a tra- 
bajadores pobres i laboriosos; i el hospicio asegura- 



— 229 — 

ba así una regular entrada para suplir en parte el 
déficit de los recursos con que cuenta para su sus- 
tento. 

«Las mensuras, planos, etc., todo está hecho i 
acordado. Un obstáculo solo se presenta, que al 
gobierno le es muí fácil vencer. Cuando el hospicio 
compró aquel fundo a los herederos de don Juan 
Santa Cruz, reconoció a favor del ramo de tempo- 
ralidades catorce mil setecientos un pesos siete i 
un cuartillo reales: seis mil ochocientos sesenta i 
cuatro pesos siete reales de capital; i el resto de 
intereses que" entonces se adeudaban, Este crédi- 
to se ha aumentado con los corridos hasta la fe- 
cha, bien que deben descontarse los años que el 
gobierno gozó del fundo, i el valor de los perjuicios 
que sus ajentes le causaron, cargos cuya importan- 
cia no es bien conocida. Mientras exista aquella 
dependencia, el hospicio nada utiliza con la enaje- 
nación del fundo, i los compradores, temerosos de 
un desembolso tan considerable, bajarían sus pos- 
turas; i así no vendrían a resultar a favor del esta- 
blecimiento productos iguales a los que hoi tiene* 
De ese modo, también se cierra la puerta a los po- 
bres para entrar en la compra de las pequeñas hi- 
juelas en que pensamos dividirlo. 

«Es un deber de la sociedad sostener a sus es- 
pensas a los miserables mendigos e inválidos. El 
gobierno colonial, en cuyo tiempo se estableció el 
hospicio, lo reconoció; i si se hizo la compra de este 



— 230 — 

fundo, fue con el objeto de adjudicarse la deuda 
fiscal que lo gravaba, como en efecto se solicitó del 
reí de España, i se hubiera conseguido, si nuestros 
movimientos políticos no hubiesen paralizado este 
negocio. El gobierno, pues, no debe ceder en jene- 
rosidad i filantropía, especialmente cuando no se le 
pide desembolso alguno de sus rentas. 

«Adjuntamos a Usía el espediente en que se en- 
cuentran los documentos referentes a la compra del 
fundo, gravamen fiscal i solicitud que se hizo a Es- 
paña para su adjudicación. Sírvase Usía elevarlo 
todo al conocimiento de Su Excelencia el Vice-Pre- 
sidente de la República, interponiendo su media- 
ción para que cuánto antes conceda al hospicio la 
liberación de la deuda fiscal, i el supremo permiso 
para la enajenación del fundo a censo en los térmi- 
nos, i bajo las condiciones, que estimamos mas con- 
venientes i provechosas. 

«Los que suscriben tienen la honra de saludar a 
Usía, ofreciéndole las demostraciones mas espresi- 
vas de consideración i respeto. 

<LDomingo Eizaguirre. — Rafael V. Valdivieso 
Zañartu. — Manuel de Salas. 
«Al señor ministro de estado en el departamento del interior». 

La solícita atención que Salas dio a la fundación 
i sostenimiento del hospicio, i los luminosos infor- 
mes presentados para amparar a los menesterosos, 



— 231 — 

para perseguir la holgazanería i para convertir una 
casa de caridad en un establecimiento de industria, 
habrían sido suficientes por sí solos para que hu- 
biera merecido con justicia el título de esclarecido 
filántropo. 



XIII 



La viruela había imperado en nuestro territorio, 
como un conquistador bárbaro, implacable, sin en- 
trañas. 

Su flajelo se había estendido a las ciudades i a 
las campiñas, 

Había hecho estragos entre los españoles i entre 
los indios, sumiendo en la fosa a millares de hom- 
bres, mujeres i niños. 

Don Manuel de Salas tuvo el honor de ligar su 
nombre a la propagación de la vacuna en Chile. 

Con fecha 10 de octubre de 1808, el presidente, 
gobernador i capitán jeneral don Francisco Anto- 
nio García Carrasco, que había sucedido a don 
Luís Muñoz de Guzmán, nombró una junta para 
que estendiese i perpetuase el pus que servía de 
antídoto contra tan espantoso mal. 

«Reservando para mí i mis sucesores (dijo Ca- 
rrasco en su decreto) la presidencia de ella en unión 
con el ilustrísimo señor obispo, nombro por vice- 
patrón al señor don Manuel de Irigoyen, oidor de 

30 



— 234 — 

esta real audiencia. Para vocales, al alcalde de pri- 
mer voto don Santos Izquierdo, al rejidor don Ni- 
colás Matorras, i al procurador jeneral de ciudad 
don José Joaquín Rodríguez de Zorrilla; al doctor 
don Miguel Palacios, canónigo majistral, por el 
cabildo eclesiástico; por el cuerpo militar, al te- 
niente coronel don Ignacio Irigarai i a don Manuel 
Pérez Cotapos; por la real hacienda, al ministro con- 
tador don José Samaniego; al doctor don Ignacio 
Infante, cura rector; i a don Roque Huici. Para 
secretarios con voz i voto, a don Manuel de Salas 
i al doctor don Joaquín Fernández de Leiva. Para 
médico consultor con voto informativo, al licencia- 
do don José Gómez del Castillo, i para sostituto a 
don José Puyo: siendo del cargo del primero prac- 
ticar por sí la vacuuación, i en su defecto, por el 
sostituto, en los días, forma i lugar que determine 
la junta, arreglándose en todo al papel que me ha 
pasado don Manuel Julián Grajales, el que con 
todos los antecedentes, reales órdenes e instruccio- 
nes se archivará en la secretaría de la junta». 



El 2 de diciembre de 1808, se encontraba reuni- 
da en la sala capitular del cabildo de Santiago la 
junta de que acabo de hablar. 

En aquella reunión, se dio lectura al siguiente 
oñcio: 



— 235 ; — 

«Habiendo vacunado en esta capital, río de 
Maipo, Renca i otras haciendas, a mas de ocho mil 
almas, como consta del papel adjunto, sin dejar un 
día desde el 8 de abril hasta el 1.° de diciembre de 
que los individuos logren este bien, estendiendo 
esta operación de brazo a brazo, i traído el fluido 
desde la capital de Lima a mi costa, como puedo 
manifestar por los documentos que me acompañan, 
tengo el honor de presentar hoi a la mui ilustre 
junta el mismo don que fue entregado en la metró- 
poli al director don Francisco Javier Balmis, para 
que ésta desde hoi lo propague i lo perpetúe en 
virtud del plan que tengo presentado. Espero de 
los sentimientos que acompañan a dicha junta, se 
cumplan las sabias i piadosas intenciones de nues- 
tro augusto monarca. 

«Dios guarde a Usted muchos años. 

«Santiago de Chile, 1.® de diciembre de 1808. 

^Manuel Julián Grajales, ayudante de la espe- 
dición filantrópica para la introducción de la va- 
cuna». 

Voi a copiar ahora el acta levantada en esta 
ocasión, porque contiene algunos pormenores curio- 
sos en una materia de vital importancia para el 
país: 

«Sesión segunda de la junta filantrópica en 2 de 
diciembre de 1808, a que asistieron los señores 
vicepresidente Irigoyen, i vocales Izquierdo, Ro- 



— 236 — 

dríguez, Matorras, Infante, Huici, Cotapos, Sarna- 
niego, Fernández de Leiva, Gómez, Puyo i Salas. 

«Estando congregados en la sala capitular, se 
leyó un oficio de don Manuel Julián G rájales, ayu- 
dante de la comisión filantrópica, en que indica el 
número de personas que ha vacunado en el tiempo 
de su residencia en esta capital i sus partidos, 
acompañando lista de sus nombres i un modelo de 
la razón que debe darse cada tres meses de los pro- 
gresos de la vacuna i de las observaciones que se 
hagan. 

«Inmediatamente se presentó el mismo ayudan- 
te trayendo consigo a varios niños en cuyos bra- 
zos había granos de diferentes tiempos, algunos 
falsos, con lo que hizo ver la vacuna en todos sus 
períodos, i el carácter de la verdadera. 

«De modo que en este acto, precedido de la ins- 
trucción práctica de los profesores que han de su- 
cederle, nada dejó que desear para la solemnidad 
de la entrega de su comisión. Por lo que se acordó 
contestarle dándole las mas vivas gracias por el 
cabal desempeño de su benéfico encargo i por el 
modo con que lo ha llenado. 

«I concibiendo por todos estos i otros motivos 
que ninguno es mas adecuado que él mismo para 
completar el bien que ha conducido, haciéndolo 
permanente, libertando a estos habitantes del sus* 
to de perderlo, lo que solo se conseguirá hallando 
en las vacas del país el fluido que por la primera 
vez se encontró en Glocester, i después en otros 



— 257 — 

climas, avivando la esperanza algunas noticias va- 
gas que de esto hai, se acordó igualmente se le 
recomendase particular i eficazmente que incubase 
en este objeto durante la escursión que va ahora a 
hacer en el reino, comunicando a la junta lo que 
adelante; lo cual le será de la mayor satisfacción, 
de primer interés a la humanidad, i de un gran- 
de honor al que sea el feliz instrumento de su in- 
vención. 

«Don Manuel Julián Grajales previno a la junta 
que oportunamente avisaría el día que los profeso- 
res podrían empezar la vacunación para que se 
comunicase al público por carteles para que con- 
curran las jentes a las casas del ayuntamiento don- 
de se practicará en adelante con igual aviso. 

«Manuel de Salas». 

No necesito espresar que el secretario de la jun- 
ta había cuidado de que se vacunase preferente- 
mente a los pobres del hospicio. 

En conformidad a lo convenido en el acta tras- 
crita, se dirijió a don Manuel Julián Grajales el 
siguiente oficio: 

«Uno de los primeros cuidados de la junta filan- 
trópica de la vacuna, es manifestar a Usted el re- 
conocimiento que le debe el considerable número 
de individuos que han recibido ya este bien de su 
mano, i de los que van en adelante por ese medio a 
precaverse de la horrible viruela que asolaba el 



— 238 — 

país, i principalmente de los que conocemos hasta 
dónde llegaba la gravedad de los males que se evi- 
tan i que jamás olvidaremos ni conviene olvidar, 
para que no decaigan nuestros cuidados por la con- 
servación de este precioso presente del soberano. 

«Espera la junta que Usted complete su honro- 
sa comisión sacándonos de la zozobra de perder tan 
gran beneficio, lo que se lograría hallando en las 
vacas el fluido mismo que se creía peculiar de 
Glocester, i hoi han encontrado en otros climas el 
celo i observación de los físicos amantes de la hu- 
manidad, i que están persuadidos de la importan- 
cia de una invención tan útil. Lisonjean nuestra 
esperanza algunas noticias que se nos han dado por 
personas cuya buena voluntad talvez habría sido 
feliz si la hubieran ayudado las luces i empeño que 
hai en Usted, en cuyo concepto nos radica su ofi- 
cio de 1.° de éste con que acompañó las listas de 
vacunados al tiempo de hacernos la entrega solem- 
ne de su encargo, que cuidaremos con el mayor 
tesón, mientras Usted lo dilata a los demás puntos 
del reino, donde es incomparablemente mayor la 
necesidad, tanto por el número de personas que no 
han pasado la viruela, como porque la rijidez de 
los temperamentos, dificultando la erupción, la ha- 
cen casi siempre mortífera. 

<<Debe Usted estar seguro de que la junta i sus 
individuos conservarán su memoria; que le desean 
todo jénero de felicidades; i que Nuestro Señor le 
guarde mucho años. 



— 239 — 

«Sala de la vacuna de Santiago de Chile, 3 de 
diciembre de 1808. 

([Manuel de Irigoyen. — Santos Izquierdo. — Ro- 
que Huid. — Nicolás Matorras. — Manuel Pérez 
Cotapos. — Doctor José Ignacio Infante. — José Sa- 
maniego i Cordero. — José Joaquín Rodríguez de 
Zorrilla. — Joaquín Fernández de Leiva. — Manuel 
de Salas. 

«Al señor don Manuel Julián Grajales». 



Los individuos de la junta recibieron el prodi- 
jioso remedio, como un regalo de vida; i se esfor- 
zaron por conservarlo, como las vestales el fuego 
sagrado. 

Tenían razón para guardar bajo siete llaves ese 
tesoro de salud, que temían ver agotarse el día 
menos pensado. 

El eficaz medicamento era el preservativo del 
hogar i de la nación. 

En las instrucciones, se les decía: 

«Deben fijar su atención los miembros de la jun- 
ta en conservar siempre fresco e inalterable el fluí- 
do vacuno para que por este medio no se estinga 
jamás i hallen el pronto socorro los que necesiten 
de este beneficio; sacrificio que será aceptable a 
Dios, al Rei i a la Patria». 

Don Manuel de Salas fue el alma de la junta. 



— 240 — 

Uno de sus primeros desvelos se dirijió a descu- 
brir el benéfico fluido en las vacas del país. 

Semejante aspiración era mui propia de Salas, 
quien estaba persuadido de que en Chile se encon 
traba todo lo bueno, con fe tal, que había infundi- 
do esta idea en cuantos le rodeaban. 

En esta feliz comarca, según su dictamen, no 
había mas que buscar para hallar todo lo que el 
hombre había menester. 

Efectivamente, se descubrieron vacas en las cua- 
les se había producido la vacuna. 

Aquel hallazgo importó una confirmación es- 
pléndida de la opinión optimista de Salas acerca 
de su patria. 

Debían de ser muchos los que, visto el resultado, 
se repetían por lo bajo: ¡lástima grande que no se 
nos proporcionen recursos para esplotar como co- 
rresponde una tierra tan privilejiada de Dios, como 
desatendida de los hombres! 



Entre los papeles que al fallecimiento de don 
Manuel de Salas quedaron en la casa mortuoria, 
se encontró un cuaderno que lleva este título: Pre- 
liminar al plan de vacuna i formación de la junta 
central en este reino de Chile. 

La circunstancia mencionada ha hecho creer a 
varios que dicho manuscrito era una producción 
de nuestro filántropo. 

Basta leerlo para convencerse de lo contrario, 



— 241 — 

Voi a copiar el principio para que el lector juz- 
gue por sí mismo. 

EXORDIO 

«¡Olí hombre! donde quiera que estés, alma dig- 
na de 3a memoria de un paternal amor i benéfico 
Rei, recibe este tributo que te presenta, que, sien- 
do preservador de la infancia, creo sea de tu apre- 
cio, i quede tu gratitud acreditada. El aplauso o 
desprecio de uno solo merece una leve reflexión; 
mas la protección de muchos hombres sensatos es 
preferible a la alabanza de la opinión. Pueda la vir- 
tud, honor i la fortuna suplir de colmo a mi insu- 
ficiencia. 

Sección primera 

«Al formar nuestro católico monarca la real es- 
pedición filantrópica, fue su real ánimo que esta 
benéfica providencia, no solo circulase a las jenera- 
ciones presentes i no se aislase, sino que también 
la futura prole logre de este don por sucesivas va- 
cunaciones, que es el único objeto de su creación, i 
mantener el fluido inalterable de brazo a brazo, 
quedando su estabilidad al cuidado de los primeros 
majistrados, que, dotados de principios sentimen- 
tales, sociales i patricios, celen sobre la perpetui- 
dad del fluido bienhechor. 

«Los padres de familia hallarán el remedio único 
de salvar de la fiera Parca las vidas a sus hijos, 

n 



— 242 — 

frutos preciosos del sacrificio del amor, encanto i 
armonía del estado, recreo del anciano padre en sus 
mayores aflicciones i miserias, báculos de sus bien 
sostenidas canas i apoyo de sus miembros enerva- 
dos, i las madres no derramarán sus lágrimas las 
mas veces infructuosas a la cabecera del amable 
regazo. ¡Oh corazones sensibles! ved a éstas, que 
forman la mitad del mundo, sumerjidas en un caos 
de amarguras, que cesarán por conservación de este 
antídoto sin igual entre todos los auxilios de la 
humanidad » 

Este estilo ampuloso no es el de Salas. 

El plan de que se trata, era obra de don Manuel 
Julián Grajales, 

El primero no ha tenido mas participación en el 
trabajo del segundo, que haberlo guardado en la 
secretaría confiada a su cuidado i vijilancia. 

Chile ha conservado un recuerdo vivo de Graja- 
les, importador desinteresado de una dádiva ina- 
preciable. 

Ha puesto su nombre a una de las calles de la 
capital i ha bautizado con éste mismo uno de los 
manantiales de los baños de Colina. 

El distinguido médico tiene derecho a nuestra 
gratitud; pero el afecto no puede cegarnos hasta 
alabar su estilo. 



XIV 



Para llevar a cabo los planes mencionados en los 
capítulos anteriores i otros proyectos relativos al 
bien público, don Manuel de Salas mantenía una 
correspondencia seguida con otro gran filántropo 
de Buenos Aires, el secretario del consulado de esta 
ciudad, don Manuel Belgrano. 

Han venido casualmente a mis manos siete co- 
municaciones de Belgrano a Salas, de las cuales 
cinco son cartas confidenciales, i las restantes, dos 
oficios. 

Voi a insertarlas aquí, tanto para salvarlas del 
olvido, como porque pueden servir para acabar de 
trazar el retrato de Salas: 

«Muí señor mío: 

«Me tomo la confianza de preguntar a Usted el 
método de cultivar i cosechar el madi, no obstante 
que aquí hemos creído que su siembra se deberá 
ejecutar al mismo tiempo que la del trigo; i así se 
ha verificado por varios sujetos a quienes de orden 



— 244 — 

del consulado la he repartido, que ya tienen el gus- 
to de verla nacida. 

«El aceite ha parecido bueno; por espresión lo 
mandé sacar; i de cuatro libras de semilla, me die- 
ron una i una onza de él, con la cual he mandado 
hacer varios guisos, i aún freír huevos, que a todos 
los que los hemos comido, nos han parecido agra- 
dables. Su luz es clara; i cuando no sirviese para 
otro objeto que éste, debe ser mui apreciable para 
este país, que no temerá entonces le falte el sebo 
con las estracciones para el estranjero, pudiendo 
reemplazar este ájente con otro que acaso es mas 
útil para el efecto de alumbrarse. 

«Por mi parte, doi a Usted las gracias, pues co- 
nozco el beneficio singular que resultará a mi pa- 
tria en la introducción de este nuevo cultivo, que 
en todo caso se le deberá a Usted, de quien espero 
las órdenes que tuviese a bien comunicarme para 
ejecutarlas con el mas sincero afecto, con que me 
digo su servidor. 

<iManuel Belgrano. 

«Buenos Aires, 15 de setiembre de 1798. 
«Al señor don Manuel de Salas». 

«La junta de gobierno de este consulado ha te- 
nido la mayor complacencia al leer la apreciable 
carta de Usted, fecha 16 del pasado julio, que ma- 
nifiesta claramente el amor patriótico que le posee, 



i el deseo de ser útil a la humanidad; pues sin mas 
que estos estímulos, bien que los mas poderosos 
para el corazón del hombre, se ha querido Usted 
tomar la molestia de remitirle, ya el lino i cáñamo, 
a que dio la correspondiente dirección, ya un tercio 
de la semilla de madi, útil verdaderamente por los 
recomendables usos a que su aceite se puede desti- 
nar, así como por la paja de la planta que la trae, se- 
gún lo acreditan las autoridades que Usted acompa- 
ña i su testimonio. Por todo lo cual, ha acordado se 
le den a Usted las mas espresivas gracias, como lo 
ejecutamos con el mayor gusto, manifestándole que 
queda reconocida a su favor i dispuesta a pro- 
tejer todas las ideas de que resulte beneficio al in- 
terés jeneral. 

«Dios guarde a Usted muchos años. 

«Buenos Aires, 15 de setiembre de 1798. 

^Martín de Sarratea.— Cecilio Sánchez Velasco- 
■ — Manuel de Arana. — Manuel Belgrano, secre- 
tario. 
«Al tenor don Manuel de Salas». 

«Mi estimado amigo: 

«Con el caballero Orguera, remito a Usted varios 
ejemplares impresos aquí, como recuerdo de mi 
amistad, para que Usted me diga lo que juzgue 
merece reforma en mis ideas. Otro tanto quisiera 
hacer con las demás producciones mías; pero las 
continuas ocupaciones de mis escribientes no me 



— 246 — 

permiten recargarlos; i así espero haya un corto 
hueco para aprovecharlos, i darle a Usted esta 
prueba mas del afecto que me debe. 

«Actualmente tenemos en ésta a dos jóvenes ga- 
ditanos con mucha habilidad i conocimientos en 
todo lo perteneciente a una academia de diseño. 
Uno de ellos profesa la pintura; i el otro, la arqui- 
tectura. Ambos han dado pruebas de su instruc- 
ción, de modo que, a no tener maestro la academia 
de este consulado, ya se hubieran recibido. 

«El pintor, en su nombre i en el de su hermano 
el arquitecto, me ha pedido escriba a Usted por si 
se pueden colocar en esa academia, de directores 
respecto a la ausencia de Petri; con que, he de es- 
timar a Usted me conteste lo conveniente, dándome 
parte del sueldo i de todo lo demás que les dé las 
ideas mas ciertas del destino que apetecen. 

«Usted páselo bien, en la intelijencia de que siem^ 
pre es su amigo de corazón, 

¿(Manuel Belgrano. 

«Buenos Aires, 16 de diciembre de 1799. 

«P. D. — Siempre estamos de prisa, porque apu- 
ran los negocios. 

«Al señor don Manuel de Salas». 

# 

JÉ. 4¿. 

«Mi estimado amigo: 

«Yo creía que Usted me tenía olvidado, pues le 
he escrito una i otra carta, i no he tenido su con- 



— 247 — 

testación, bien que sí sus noticias, pues siempre 
pregunto a los amigos de ese país, interesándome 
en su salud. 

«He estado bastante enfermo de los ojos, i aún 
actualmente no noto mejoría mayor. Esto, junto 
con otras atenciones benéficas a mi país (cierto de 
que, si me separara de él, no tendrían efecto) me 
han hecho posponer mi viaje a Europa, aún pro- 
metiéndome ventajas; i me hallo aquí engolfado sin 
tener tiempo muchas veces ni aún para curarme. 

«Romero me ha escrito largamente; pero nada 
me dice de Usted, i lo he estrañado; así se lo he 
escrito en las primeras embarcaciones que han sa- 
lido después del correo primero que llegó, i pronto 
espero su contestación. 

«Estamos aguardando de un momento a otro al 
nuevo virrei que viene a mandarnos en lugar de 
Pino, quien ha caído en desgracia en la corte; se 
llama don Antonio Amar, mariscal de campo, i 
estaba de comandante j enera! de Guipúzcoa. Puede 
ser que guarde mejor armonía con mi cuerpo que 
el actual, a quien no han dejado de hacer poco aire 
nuestras, representaciones al ministerio. 

«Usted disfrute salud, i viva cierto de que siem- 
pre es i será su amigo de corazón, 

((Manuel Belgrano. 

«Buenos Aires, 15 de octubre de 1802. 
«Al señor don Manuel de Salas». 

# ... 



«Don Buenaventura Marcó acaba de pasar a la 
secretaría de este cuerpo una cajita con una nota 
de las muestras de cáñamo i lino que Usted remitió 
a don Manuel Cano, vecino de Cádiz, que se han 
hilado i blanqueado en Madrid, i tejido en la Co- 
ruña, a fin de que se le dé la dirección que corres- 
ponde. Por el primero que se presente, la dirijire- 
mos a Usted; i entre tanto, le aseguramos que todo 
nos ha parecido mui bien, como de que nos alegra- 
ríamos se llevase esa industria a su último punto 
para bien i felicidad de ese reino, i quitar de algún 
modo a la mano estranjera los numerosos tesoros 
que arranca a la España i sus dominios con ella, 

«Dios guarde a Usted muchos años. Buenos Ai- 
res, 15 de noviembre de 1803. 

^Francisco Ignacio de Ugarte. — Ramón Jiménez. 
— Eujenio Balbastro. — Manuel JBelyrano, secre- 
tario. 
«Al señor don Manuel de Salas». 

Parece que los firmantes eran los miembros del 
consulado de Buenos Aires. 






«Mi querido amigo: 

«Recomiendo a Usted encarecidamente a mi pai- 
sano i amigo don Silvestre Ochagavía, tesorero de 
esa casa de Moneda. Por su mano, remito a Usted 
los adjuntos cuadernos de muestras para escribir, 



— 249 — 

que he encontrado aquí mui a mi gusto; i si se ne- 
cesitasen mas, sírvase Usted avisármelo para apro- 
vechar su compra antes que se acaben. 

«Días há que no tengo el gusto de leer una carta 
de Usted, i deseo que no guarde tanto silencio con 
su apasionado afectísimo amigo. 

«Manuel Belgrano. 

«Buenos Aires, 8 de febrero de 1805, 
«Al señor don Manuel de Salas». 

# * 
«Mui querido amigo: 

«Desapareció la esperanza de reforma, i ha venido 
a sustituirla la ejecución de un proyecto fiscal, de 
cuyos efectos se lamentan los habitantes de la me- 
trópoli, con oía-as noticias análogas al mismo inten- 
to, aunque suavizadas con un si es no es de buena 
dirección para los objetos interesantes de nuestra 
defensa. Sigamos, pues, en nuestros trabajos, dejan- 
do al tiempo su medro. Talvez corriendo, llegarán 
las circunstancias oportunas para que se conozca el 
mérito. Entre tanto, nos queda la satisfacción de 
obrar como debemos. 

«Usted no puede menos de tenerla, puesto que 
consigue realizar sus benéficas ideas. Trabaja según 
mi modo de ver en un país donde hai patriotismo, 
i parece que su gobierno las mas veces ha dirijido 
i dirije sus miras al beneficio jeneral de esas provin- 

32 



— 250 — 

cias. Este resorte principal casi siempre se observa 
en las colonias, o mal colocado, o sin la elasticidad 
necesaria. Por desgracia, una de las que adolecen 
de ese mal es ésta; i no le encuentro remedio, por 
mas conato que se ponga. Todo lo halla prematuro, 
mientras la urjentísima necesidad no se aparezca, i 
toque de cerca a los que deben cooperar a la exis- 
tencia de las buenas ideas. 

«Los hornos del célebre Remford solo se conocen 
aquí por Cervino i Vieites, que los han establecido 
para sus fabricas de jabón; i seguramente no debe- 
ría haber casa donde no los hubiese, mucho mas, 
notándose la falta de combustible; para lo cual no 
veo que se tomen disposiciones a pesar de nuestros 
recursos. Estos habitantes tienen todo su empeño 
en recojer lo que da la naturaleza espontáneamente; 
no quieren dejar al arte que establezca su imperio, 
i tratan de proyecto aéreo cuanto se intente con él. 

«Nada me dice Usted del nuevo camino a Talca. 
Al fin sabemos que hai paso por la cordillera para 
carretas. De la Concepción nos han enviado un 
diario de un tal Molina, que señala otro paso por 
el boquete de Antuco, si mal no me acuerdo, tam- 
bién para carros. Con mucho gusto mío, veo la 
competencia de los talquinos i penquistas, aspiran- 
do cada uno a llevar el camino por su territorio, 
pues de este modo conseguiremos nuestra comuni- 
cación por todas partes con esas fértiles provincias, 
i podremos auxiliarnos mutuamente. Cerro i Za- 
mudio tendrá siempre para mí el mérito de haber 



— 251 — 

promovido estas empresas, i espero verlas realiza- 
das en mejores circunstancias. 

«Como nuestra correspondencia con la corte está 
interrumpida por la guerra, ignoro todavía el efecto 
que habrán causado estos pensamientos; hice cuan- 
to pude; los recomendé; i espero con ansia la con- 
testación para que se logre ejecutarlos por el con- 
sulado científicamente, i haciendo el camino directo 
desde la Guardia de Lujan, pues todo lo demás 
hallo que es proceder a ciegas. 

«En estos días, he recibido carta del comisario 
Mr. Beckman recordándome la colección de mine- 
rales de ese reino que Usted me avisó hace algunos 
meses me remitiría. Tendré mucho gusto en poder 
dirijírsela en la primera oportunidad, que será para 
marzo. Espero, pues, que Usted se sirva correspon- 
der a mi encargo para satisfacer a ese amigo, digno 
de amarse. 

«Continúe Usted con sus afanes. Ellos han de ser 
premiados, si Dios permite que, tranquilo el mar, 
pueda este su amigo pasar a manifestarlos, talvez 
con mas anhelo que los propios, pues le ajno since- 
ramente i deseo su felicidad. 

^Manuel Belgrano. 

«Buenos Aires, 16 de setiembre de 1805. 
«Al señor don Manuel de Salas». 



— 252 — 

Este último había tomado particular empeño en 
el descubrimiento i esploración de los caminos de 
cordillera. 

Recuérdese que en un informe el secretario del 
consulado de Chile don José de Cos Iriberri, fecha 
28 de octubre de 1799, enumerando los espedientes 
de asuntos de utilidad pública, fomentados por Sa- 
las, existentes en el archivo, menciona uno «sobre 
apertura i construcción de un nuevo camino de cor- 
dillera promovido por don Martín de Lecuna i 
Jáuregui, en el que constaba haber sido comisiona- 
do don Manuel de Salas por la junta para las di- 
lij encías previas de reconocimiento i formar la ins- 
trucción necesaria para gobierno del comisionado 
que iba a practicar dicho reconocimiento». 



Las muestras que he podido dar a conocer de la 
correspondencia que sostenían dos americanos tan 
beneméritos como Salas i Belgrano pueden hacer- 
nos conjeturar cuál sería la materia i cuál el tono 
de las otras piezas que, o ya se han perdido, o se 
hallan sepultadas en algún viejo escritorio. 

Salas i Belgrano eran, puede decirse, dos simples 
particulares, que de propia autoridad se habían 
atribuido los ministerios de fomento i de instruc- 
ción pública, i que se desvelaban i trabajaban por 
la prosperidad de estas atrasadas comarcas, mucho 
mas que los aj entes oficiales de la metrópoli. 

En mas de un pasaje de las cartas de Belgrano, 



— 253 — 

aparece la resignación a causa de los obstáculos 
que los patriotas encontraban para operar el bien; 
pero, al propio tiempo, se revela el disgusto natural 
que estos obstáculos debían inspirarles contra el 
réjimen establecido. 

Este último sentimiento debía convertirse al fin 
lójicamente en espíritu declarado de revuelta, por 
lo menos en los individuos que no estaban dotados 
de una dosis estraordinaria de paciencia. 

La solicitud de Salas para obrar el bien era tan 
ardorosa, que le aguzaba el injenio para buscar los 
medios de Realizarlo. 



Don Manuel de Salas ha ejercido en Chile el 
apostolado de la instrucción i de la industria. 

En todas partes ha buscado semillas de progreso 
intelectual, moral i material que desparramar en 
un terreno inculto, aunque feraz. 

A veces, ha encontrado en el camino pedernales 
que destrozaban sus pies espinas que lastimaban 
sus manos, críticas que tergiversaban sus intencio- 
ciones, estorbos que contrariaban sus proyectos. 

Sin embargo, nada le ha detenido; i ha continua- 
do impertérrito en su santo propósito. 

Creo que el lector verá con interés la siguiente 
comunicación que Salas dirijió por esta época al 
consulado de la Coruña: 

«La pasión o manía que me domina de ser útil 
a la nación i a mi país, o mas bien, de que éste, que 



— 254 — 

siempre fue gravoso a su metrópoli, le compense la 
protección i seguridad que ella le presta, radicó en 
mí un vivo deseo de franquear los estorbos que lo 
han impedido, esto es, la ignorancia i la desidia. 

«Para lo primero, no encontré medio mas obvio, 
que la propagación de los principios que en todas 
partes facilitaron la labor mortífera de las minas, 
i la industria. He sufrido contradicciones i trope- 
zado con escollos, que solo son creíbles a los que 
conocen de cuánto son capaces la emulación, la 
preocupación i egoísmo, i que, penetrados de la es- 
periencia, se avergüenzan casi de ser hombres, i de 
que en su especie haya tales monstruos. Lucho aún 
con ellos; pero omnia connando docilis sohrtia vin- 
cit. Ya están domiciliadas las ciencias exactas; i se 
empiezan a sentir sus efectos. La agrimensura, el 
pilotaje i la arquitectura deben algo a mis fatigas 
de ocho años. 

«La ociosidad de la clase menesterosa, dispersa i 
que perece en los vicios por no tener en que em- 
plear sus brazos, es horrible. La fertilidad i la mi- 
seria, la despoblación i la escasez de recursos, for- 
man aquí un contraste, que choca mas al que mira 
por todas partes producciones espontáneas de la 
naturaleza, cuya abundancia podría formar ramos 
de entretenimiento i de esportación que relevasen 
a los colonos i a la madre patria del comercio pasi- 
vo i vergonzoso, que los tiene agobiados. Todo lo 
vivificaría una mirada de la corte; i con ello dobla- 
ría nuestros vínculos. 



— 255 — 

«El objeto que mas prontamente, con mas esten- 
sión i facilidad llenaría estas miras doblemente be- 
néficas, sería el envío del lino. Las órdenes que se 
han comunicado i la razón, me hicieron arrastrar 
hacia esta empresa con débiles fuerzas i con un ca- 
rácter a la verdad pequeño, pero adecuado. Consu- 
mí mis facultades i tiempo; i cuando me lisonjeaba 
de llegar a la orilla, sobreviene una orden que, no 
solo no contradice, sino que apoya mi empresa. Su 
espíritu se dirije a que se hagan nuevas tentativas; 
pero se interpretó del modo mas conforme a la apa- 
tía, i talvez^a las ideas erradas. Hizo aquel efecto 
que ordinariamente causan las mas pequeñas cir- 
cunstancias contrarias en las empresas demasiado 
grandes. Sobre todo, llegó cuando no estaba yo en 
lugar de sostener mis trabajos i esclarecer su sen- 
tido. Un exceso de moderación me había impedido 
reclamar la permanencia en un empleo a que me- 
destinaba la real voluntad, i en que debía conti- 
nuar, porque en él habría sido proficuo. 

«Tantos efectos amortiguaron, pero no estinguie- 
ron, unos deseos que conservaré mientras aliente, i 
que desahogaré del modo posible. Así se me confió 
el .establecimiento de un hospicio, que prospera 
rápidamente; i para cuya mejora imploraré oportu- 
namente los auxilios jenerosos i probados de Usía. 

«Estas circunstancias solo podrán dar a Usía una 
idea de la gratitud i entusiasmo con que he recibi- 
do su oficio de 28 de febrero de este año i la copia 
de la representación de 25 del mismo. En efecto, 



.U 256 — 

señores, cuánta no será la impresión que hará en un 
ánimo sensible, i poseído de un anhelo devorador, 
de una hambre i sed del bien de sus conciudadanos 
el ver aprobados i sostenidos sus movimientos por 
propio impulso de un cuerpo sabio, penetrado de 
las mismas ideas, e inmediato a la fuente. Ver coin- 
cidir sus conceptos con los de un solitario, habitan- 
te de los antípodas, solo puede atribuirse a la ra- 
cionalidad e importancia de mis débiles conatos; i 
aunque esta reflexión lisonjea mi amor propio, con 
todo, aseguro a Usía con mi injenuidad caracterís- 
tica, i que anuncian mis obras, que la mayor com- 
placencia me la causa la esperanza de que por su 
protección se acercará mi país a la felicidad, o que 
me pondrá en aptitud de procurársela. 

«El recelo de cansar a Usía [me contiene para 
no difundirme en objeto que lo ha sido de mis in- 
cubaciones i labores por algunos años, en una ma- 
teria que he tocado por todos sus aspectos hasta 
convencerme con evidencia de que es el artículo 
que únicamente puede hacer dichosos a estos ha- 
bitantes i a muchos de la Península. Después de 
toda la teoría que son capaces de suministrar la 
lectura i la voz, me confirmaron la práctica i las 
reiteradas tentativas en que este es el gran ramo 
de industria, cultivo i comercio que llenará el 
asombroso vacío que todos notan, i es común en 
los países reservados a pastos, granos i minas, i 
que nada esportan: él solamente podrá hacer variar 
su mísera constitución. 



— 257 — 

«También estoi persuadido de que no debe mi 
debilidad escluírme de la esperanza de ser el móvil 
de una obra de tanta magnitud; pues que la pesca 
del arenque, la traslación del café, la del ruibarbo 
i el descubrimiento de este hemisferio se debieron 
a la tenaz incubación de unos hombres destinados 
a ser los instrumentos del bienestar de otros, i aca- 
so de su propia desgracia, mientras no hallaron 
una protección, que solo justificó el buen éxito. 

«La fuerza de la verdad i la conveniencia van 
venciendo los estorbos que oponen la inacción i la 
rutina. El comandante del apostadero del Callao 
propuso a la corte la importancia de remitir cáña- 
mo de este reino para el velamen i jarcia de la es- 
cuadra i los forros para embarcaciones. Recibió 
orden de examinarlo, i comisionó al teniente de 
fragata don Ignacio Colmenares, que actualmente 
trabaja en ello, i encuentra que nuestras materias 
exceden por su calidad, precio i tamaño a las me- 
jores de Europa con cuyas muestras ha comparado 
las que hai aquí. Le he franqueado mis pocos cono- 
cimientos, que a caso concurrirán para apoyar sus 
designios i para mover al ministerio. Pero la eje- 
cución de las empresas nuevas i delicadas requieren, 
en lugar de las investigaciones pasajeras, aunque 
de un oficial lleno de celo i mérito, la tenaz dedica- 
ción de una persona empapada de estos pensamien- 
tos, que resista a los inconvenientes que hormi 
guean, que con soltura provea a todo, que no tenga 
mas interés que la satisfacción de ser útil, sin espe- 

33 



— 258 — 

ranzas de recompensa; en suma, que reúna (como 
decía Buffon) las grandes miras de un espíritu 
ardiente que todo lo abraza con una mirada, i las 
pequeñas atenciones de un instinto laborioso, que 
parece únicamente capaz de contraerse a un solo 
objeto. 

«Quien podrá solamente realizar esta grande 
obra, es el consulado; pero es forzoso que sea esti- 
mulado por la corte, i que así se persuada a que 
este es su instituto, i el mayor servicio que puede 
hacer. Que se encargue a su síndico la promoción, 
en los términos que yo lo hice, i que habría llevado 
a su perfección si hubiese continuado, como lo exi- 
jían la voluntad del rei i la utilidad pública. 

«Todo puede conseguirse si la representación de 
Usía halla la aceptación debida al celo que la ins- 
piró, i de que confiadamente espero que no aban- 
donará este desgraciado proyecto, que tiene, para 
ser acreedor a la protección de ese cuerpo patrió- 
tico, los títulos mas respetables, esto es, dirijirse 
al bien de la humanidad. Como hombres, procuran 
Usías el beneficio de sus semejantes; como españo- 
les, el de la nación; i como encargados del adelan- 
tamiento de su provincia, las ventajas que ésta 
sentirá. 

«Aguardo con impaciencia las resultas; me pre- 
paro a revivir mis dilijencias; i celebraría con un 
gozo inesplicable que la misma materia que es el 
objeto de todos mis cuidados, siéndolo del obsequio 



— 259 — 

de Usía, me presentase oportunidad de manifestar- 
le cuánto es el reconocimiento que se debe a su 
jenerosidad. 

«Nuestro Señor guarde a Usía muchos años. 

«Santiago de Chile, 18 de agosto de 1804. 

<iManuel de Salas. 
«A los señores prior i cónsules del consulado de la Coruña», 



La famosa reconquista i la no menos memorable 
defensa de Buenos Aires, llevadas a cabo contra 
los ingleses por el francés al servicio de España 
don Santiago Liniers, habían elevado a éste, en el 
concepto de los sur-americanos, a la categoría de 
héroe, rodeándole de inmenso i merecido prestijio. 

Salas, que había tratado a Liniers, que conocía 
sus buenas prendas, i que presumía las considera- 
ciones de que sería objeto en la corte a causa de 
sus recientes hazañas, concibió la idea de trabajar 
para que fuese nombrado presidente de Chile. 

Estaba persuadidísimo de que sus patrióticos 
proyectos encontrarían decidido apoyo en Liniers, 
i de que las recomendaciones de aquel ilustre jefe 
serían mui atendidas en Madrid. 

Por esto, Salas creía fundadamente que la venida 
de Liniers a Chile con el mando superior podía ser 
útilísima. 



— 260 — 

Las cartas que paso a copiar revelan, tanto la 
existencia del proyecto mencionado, como el alto 
concepto que Liniers había formado de Salas: 

((Buenos Aires, 16 de octubre de 1807. 

«Mi mas estimado amigo : 

«Recibí las dos apreciables de Usted, i en ambas 
leí con satisfacción las espresiones lisonjeras de la 
amistad i del patriotismo. Yo, amigo, no he hecho 
mas que cumplir con los deberes sagrados del hom- 
bre de bien, i corresponder a la munificencia de un 
monarca i de una nación jenerosa, quienes me han 
mantenido treinta i tres años de valde para que 
una vez los pudiese servir. En todo, mi amigo, no 
me considero mas que como un instrumento de que 
se ha valido la Providencia para salvar a un reino 
que le es grato, del yugo i de la opresión de una 
nación impía i cruel. 

«En cuanto a su confidencial, le aseguro a Usted 
que somos del mismo modo de pensar, i que, a que- 
rer admitir algún cargo político, ninguno me agra- 
daría como el de Chile; pero, amigo, he formado 
otro plan, que comunico a Usted en la adjunta co- 
pia; i no le puedo negar que, si lo consigo, me ha- 
llaré mas dichoso que si consiguiese el virreinato 
de Méjico, no dudando que merecerá su aproba- 
ción. 

«He visto con la mayor complacencia el magnífi- 
co obsequio a los defensores de Buenos Aires prac- 



— 261 — 

ticado en esta capital, habiéndose mandado impri- 
mir la descripción de él, como la carta a las viudas 
i mujeres de estos mentantes vasallos. ¡Cuan útil 
sería que se repitiesen semejantes actos para fo- 
mentar el patriotismo! 

«Adiós, mi apreciable amigo; páselo Usted bien; 
i cuente sobre el constante e invariable afecto de 

este su apasionado amigo. 

«Liniers. 

«Al señor don Manuel de Salas». 

# 

^Buenos Aires, 16 de octubre de 1808. 

«Mi mas estimado amigo: 

«El haber sido el instrumento de que se ha vali- 
do la Providencia para rescatar a un pueblo humi- 
llado, pero no abandonado de ella en razón de las 
virtudes que lo caracterizan, no merece los elojios 
que su amistad me prodiga; pero exalta mas mi 
reconocimiento hacia ella por haberme proporcio- 
nado por este medio el recordarme en la memoria 
de un amigo que siempre ha ocupado el lugar mas 
distinguido en mi corazón. Si las armas españolas 
han logrado un nuevo lustre en esta reconquista, la 
lealtad i la jenerosidad nacional no han sido menos 
exaltadas; pero ni las muchas ocupaciones, ni mi 
talento alcanzan a describir dignamente este acon- 
tecimiento. Un amigo mío lo está comentando; i al 
momento que se imprima, se lo remitiré a Usted. 



— 262 — 

«Aseguro a Usted que desearía con ansia que la 
suerte me proporcionase el gusto de reunirme con 
Usted, i coadyuvar a las interesantes tareas a que 
Usted se dedica, solas dignas de ocupar el corazón 
del hombre sensible i cristiano, pero no puedo per- 
suadirme que llegue mi dicha a tanto. 

«Mientras puedo remitirle la historia circunstan- 
ciada de la espedición, envío a Usted la copia del 
parte que di al príncipe de la Paz, i otro papel que 
pr®dujo el primer entusiasmo de la reconquista. 

«Adiós, mi amado amigo; páselo Usted bien; i 
no deje de ocupar algunos ratos en instruirme de 
algunas particularidades que ocurran en el hermoso 
país que Usted habita, en lo que complacerá infini- 
to a este su apasionado i antiguo amigo. 

«Santiago Liniers. 
«Al señor don Manuel de Salas». 



Los documentos confidenciales que acaban de 
leerse proporcionan un nuevo i convincente com- 
probante de que Salas deseaba ardientemente la 
prosperidad de Chile i de toda la América Espa- 
ñola, sin ningún pensamiento secreto, ni contra la 
metrópoli, ni mucho menos contra el soberano. 

Pero un proyecto semejante era una quimera. 

Los directores de la política española estaban 
muí distantes de concebir que el único arbitrio de 
prolongar por algún tiempo la dominación 4e h 



— 263 — 

Península en las comarcas del nuevo mundo, i de 
asegurar a lo menos su influencia quizá por gran 
número de años, era variar el sistema creado por 
Felipe II i sus sucesores, concediendo a los hispa- 
no-americanos la libertad de acción que comenza- 
ban a reclamar. 

Aquellos estadistas, obcecados por un egoísmo 
poco sensato, i por el espíritu de rutina, no com- 
prendían que arriesgaban perderlo todo, si no adop- 
taban con la mayor decisión la marcha innovadora 
que Carlos III había iniciado con suma timidez. 

Salas quería conservar incólumes los derechos de 
la metrópoli i del rei. 

Mientras tanto, ¿qué era lo que hacía? 

Llamaba la atención de los chilenos acerca del 
estado miserable en que vivían, i desplegaba a su 
vista el cuadro mas lisonjero i exaj erado de la pros- 
peridad a que podían alcanzar en poco tiempo i con 
los medios mas sencillos, según pretendía. 

Aquello era ofrecer pan al hambriento, agua al 
sediento. 

Pero el soberano , i sus consejeros rehusaban a 
sus fieles vasallos de Chile todo lo que humilde- 
mente les pedían para ponerse en aptitud de ser 
útiles, en vez de gravosos, a la madre patria. 

Las consecuencias de procedimiento tan impru- 
dente debían esperimentarse tarde o temprano. 

La empobrecida España no tenía ni ejércitos ni 
escuadras para mantener sujetos por la fuerza a los 
habitantes del nuevo mundo, 



— 264 — 

La sumisión de los hispano-americanos era pura- 
mente voluntaria. 

La metrópoli hacía mal en olvidarlo, cuando pre- 
tendía esplotarlos como a piezas de un rebaño con 
quistado, cuando pretendía tratarlos mas o menos 
como a los indíjenas de la época del descubrimiento. 

Los bonaerenses acababan de espulsar dos veces 
a las lejiones de la poderosa i opulenta Inglaterra. 

¿Por qué los habitantes de la América Española 
no habían de hacer otro tanto con los barcos i con 
los batallones de la metrópoli, si persistía en man- 
tener a los colonos en la mas vergonzosa sumisión 
i en el estado mas miserable? 

El hambriento a quien se muestra el pan, i a 
quien no se deja tomarlo, se lanza a arrebatarlo. 
El sediento en igual situación hace otro tanto 
La España obraba mui torpemente negando a 
los chilenos los exiguos recursos que le pedían para 
salir de la deplorable situación en que se encon 
traban. 

Don Manuel de Salas sostenía que Chile, esta 
comarca a la sazón tan andrajosa, ocultaba en al- 
guna parte un precioso tesoro, talvez mas de uno 
que se descubriría, si se buscaba. 

Eran muchos los que estaban convencidos de que 
aquella aseveración era exactísima. 

¿Cómo encontrar aquel tesoro? 

Nuestro bondadoso padre común que está en 
Madrid, decía Salas, nos proporcionará todo lo que 



— 265 — 

habremos menester para ello. El monarca no pien- 
sa mas que en la felicidad de sus subditos. 

Todos reputaban mui razonables estas esperanzas 
de Salas. 

I mientras tanto, ¿qué era lo que contestaba, des- 
pués de muchos meses de una larguísima tramita" 
ción, el soberano, el afectuoso padre, que no hacía 
distinción entre sus subditos del uno i del otro con- 
tinente, que no pensaba mas que en asegurarles la 
felicidad en la tierra i en el cielo? 

¿Sabéis qué era lo que contestaba? 

Que no podía acceder a lo que se le suplicaba, 
porque redundaría en perjuicio de los peninsulares, 
habituados a poner en su caldo el tocino de los ame- 
ricanos, según la espresión del conde de Aranda. 

I que tampoco podía acceder, porque, si lo hicie- 
ra, disminuirían sus reales entradas. 

En tal estado de cosas, i dada la situación en que 
se iba encontrando la América Española, don Ma- 
nuel de Salas, que estimulaba a los chilenos a que 
se empeñaran en descubrir el tesoro oculto a fin de 
que, hallándolo, pudieran servir mejor a su rei i se- 
ñor, los empujaba en rigor de verdad, sin fijarse en 
ello, a buscar los medios de llevar a cabo un gran 
trastorno político i social. 



XV 



Después de haber gobernado en Chile (escribe 
don Manuel He Salas) el justificado Benavides, el 
activo O'Higgins, el benéfico i justo Aviles, el sa- 
bio, noble i virtuoso Muñoz de Guznián, para que 
con su falta desapareciese la feliz quietud de Chile, 
la real orden sobre la sucesión del gobierno trajo 
al del reino al brigadier de injenieros don Francis- 
co Antonio García Carrasco. 

«Este es uno de aquellos oficiales que por el solo 
mérito de vivir largo tiempo ha llegado a la gra- 
duación que tiene. Es de aquellos que entraron al 
cuerpo de injenieros cuando las ciencias exactas 
estaban en el último desprecio, i cuando para exci- 
tar la aplicación a ellas, el gran Carlos III prodi- 
gaba todo jé ñero de recompensas. Es un hombre 
educado en el África, i que reúne todas las propie- 
dades de los cartajineses: crueldad, disimulo, impu- 
dencia, inconstancia i una perfidia propiamente 
púnioa, 

<&A su llegada le rodearon todos los hombres de 



— 268 — 

bien; pero empezaron a separársele por la concu- 
rrencia de los viciosos i desacreditados, que al prin- 
cipio con reserva, i después descaradamente, tenían 
una familiaridad i confianza de que se habría des- 
deñado cualquiera persona de mediano pundonor. 
Estos indignos satélites hallaron un vasto campo a 
sus operaciones. Empezaron por un crimen que hizo 
jemir a la humanidad; i nuestras costas fueron man 
chadas por la sangre de unos negociantes estranje- 
ros, que, fiándose de la fe i de la gratitud, fueron 
impíamente asesinados i robados (el apresamiento 
de la fragata inglesa Escorpión, asesinato del ca- 
pitán Bunker i muerte de la tripulación i saqueo 
de las mercaderías)». 

Mas adelante, agrega Salas que Carrasco se ocu- 
paba en la crianza de gallos, gustaba de verlos re- 
ñir, i oortaba por su mano la cabeza de los que 
eran vencidos. 

El fundador de la escuela de San Luís, hom- 
bre de modales finos i de inteligencia cultivada, no 
podía mantener relación alguna con un soldadote 
vulgar i soez. 

Muí luego un atentado cometido contra un deudo 
inmediato suyo vino a exasperarle. 



Don Francisco Antonio García Carrasco no era 
capaz de desempeñar acertadamente el alto puesto 
a que la suerte le había encumbrado. 

Mirado con ojeriza por la jente decente, cometió 



— 269 — 

todavía la torpeza de malquistarse con las princi- 
pales corporaciones del país: la real audiencia, la 
universidad, el ayuntamiento, el cabildo eclesiás- 
tico. 

I ésto ¿en qué circunstancias? 

La abdicación de Carlos IV, la invasión de Espa- 
ña por Napoleón, el cautiverio de Fernando VII, 
la exaltación al trono de José, eran acontecimientos 
que no podían menos de influir poderosamente en 
el porvenir de Chile. 

Un político de tres al cuarto lo habría previsto 
sin necesidad de devanarse los sesos para ello. 

En Europa, se había rebelado un hijo contra su 
padre, Fernando VII contra Carlos IV. 

¿Por qué, en América, no se sublevaría una co- 
lonia contra su metrópoli, Chile contra España, 
pudiendo hacerlo? 

La lójica de los hechos es tan irresistible, como 
la consecuencia que se deduce de premisas bien 
sentadas. 

En medio de su aislamiento, Carrasco veía cons- 
piraciones en todas las casas i sombras en todas las 
paredes. 



Al anochecer del 25 de mayo de 1810, fueron 
arrestados i conducidos a un cuartel don José An- 
tonio Rojas, don Juan Antonio Ovalle i don Ber- 
nardo de Vera, sujetos relacionados con la clase 
mas distinguida de Santiago. 



— 270 — 

Don Manuel de Salas va a continuar la narración 
de esta tropelía i sus resultados. 

«Apenas fueron presos (dice) cuando de orden 
del presidente se convoca el acuerdo (la real audien- 
cia), Entran sorprendidos los oidores i divisan de- 
trás de una cortina testigos i escribanos, todos pron- 
tos a calificar sus dictámenes i espresiones. Se les 
presenta un proceso que, leído sin preparación, no 
prestaba marjen, ni aún para una leve reprensión, 
pero, mirado rápidamente i con susto, sonaba una 
información sobre delito de Estado. Abultado por 
la relación del jefe del reino, quien aseguraba que 
en aquella misma noche todos los asistentes iban a 
ser degollados por unos conjurados a quienes capi- 
taneaban los tres sujetos comprendidos en las de- 
claraciones, apenas tuvieron aliento para opinar. 
El primero de los vocales espuso la delicadeza de 
la materia i el tino con que debía procederse; i el se- 
gundo iba a tratar de la providencia que convendría 
tomar, cuando el presidente les dice que ya estaban 
arrestados, i prontas las cabalgaduras i escolta pa- 
ra conducirlos al puerto de Valparaíso; de modo 
que accedieron con violencia ala separación que ya 
estaba resuelta, i a que se remitiesen al señor vi- 
rrei del Perú con los autos, adelantándose antes 
la sumaria, por lo que comprendieron, en medio del 
susto i angustia, que nada resultaba capaz de jus- 
tificar aquel precipitado i duro procedimiento. 

«A la mitad de aquella noche, la mas cruda pre- 
cisamente del invierno, sin permitirles el uso de la 



— 271 — 

menor comodidad, fueron llevados a Valparaíso, e 
inmediatamente embarcados en un pequeño buque 
de guerra a presencia de todo el pueblo. Los jene- 
rosos oficiales encargados de su custodia hicieron 
cuanto era compatible con las órdenes que tenían, 
i los de marina manifestaron toda la atención que 
merece la inocencia perseguida. 

«Entre tanto, el cabildo de la capital pide al 
presidente que oiga i juzgue según las leyes a los 
figurados delincuentes; afianza con las vidas i bienes 
de sus individuos la tranquilidad del país i las re- 
sultas de la» causa; suscribe la garantía i obliga al 
presidente a que mande retener a los tres vecinos 
arrebatados de su seno. En efecto, fueron detenidos 
i puestos separadamente en un castillo; se multipli- 
can las instancias por parte de los interesados para 
que se les tomen sus confesiones; i a los treinta i un 
días, lo hizo un oidor, que fue a costa de ellos a Val- 
paraíso, i que, en vista de todo, les permitió vivir en 
casas particulares: i tratar libremente entre sí i con 
las j entes. El orden judicial hacía esperar que se 
oyese al fiscal i a los reos; i esto se pedía con fre- 
cuencia i enerjía en vista de la lentitud de tales cau- 
sas, i porque, no solo no se divisaba sombra de 
delito, sino que aparecía un mérito positivo en los 
discursos i sentimientos de fidelidad i amor a la quie- 
tud, comprobados con las palabras de los mismos 
declarantes, con la certeza de no haber sido oídos 
los que deponían a favor de los interesados, con los 
infructuosos rejistros de papeles i allanamiento es- 



— 272 — 

candaloso de las casas, que denotaban el ridículo 
conato de hallar delincuentes a sus dueños. 

«Esto mismo se descubría en las frecuentes pro- 
videncias que excitaban la risa i el susto de todos. 
En los cuarteles, se tomaban precauciones para 
contener movimientos que no había, i que era solo 
capaz de producirlos la misma cavilosa estupidez 
que los figuraba, Las fincas inmediatas se hacían 
reconocer, como depósito de jente armada; i solo se 
encontraban pacíficos e inermes labradores, que 
disfrutaban la dicha de no conocer al que, por des- 
gracia, los mandaba. En suma, a cada momento 
salían órdenes emanadas de las noticias que condu- 
cían los espías o las esclavas de las casas congrega- 
das a la mesa de una gorda, vieja i asquerosa negra, 
digno depósito de la confianza del depositario de la 
autoridad i arbitro de la fuerza. 

«Esta conducta hacía recelar a los conocedores 
que la natural inclinación a la crueldad i el temor 
de las resultas de la vindicación de estos individuos, 
determinarían al presidente a sofocar sus clamores, 
haciéndoles embarcar para que se alejasen o pere- 
ciesen; i concurría a esta presunción el envío mis- 
terioso de un oficial, propio para su confianza i 
conductor de un pliego cerrado, en que decía el pre- 
sidente que se contenía la orden para sacar los pre- 
sos de Valparaíso i entrarlos a esta ciudad en horas 
en que se escusasen el alboroto i celebridad que se 
preparaban, i que en cierto modo desairaban al 
gobierno. 



— 273 — 

«Esta aseveración de una persona constituida en 
aquella altura i poder, que es capaz de ennoblecer 
a las almas mas viles, i que hace increíbles las 
astucias i bajezas de la debilidad e impotencia, 
aquietó las conjeturas i recelos; pero, sobre todo 
las protestas que, con lágrimas de un cocodrilo, 
hizo al suegro de uno de los interesados (don José 
Ignacio de la Cuadra, suegro del doctor Vera) que 
le reconvino sobre la violencia aue se anunciaba, a 
quien, con los ademanes de un energúmeno, hizo 
creer que eran infundadas las sospechas, que por 
fin acabó de disipar un ardid digno de sus falaces 
combinaciones. Llamó a una persona de carácter 
que tenía por interesada en la suerte de los des- 
terrados, i Je consultó si convendría hacerles ir a 
sus haciendas antes de restituirse a la ciudad, para 
que, esparciéndose la nueva noticia, nadie dudase 
de su posibilidad. 

«Todo esto sucedía el 10 de julio, en que los tres 
infelices fueron repentinamente llamados por el go- 
bernador de Valparaíso en fuerza de una orden que 
le presentó el oficial comisionado en la hora que le- 
vantaba las anclas la última embarcación que había 
en el puerto. En conformidad de lo mandado, se les 
hizo saber por un escribano que debían embarcarse, 
como lo ejecutaron, a escepción de uno (don Ber- 
nardo de Vera) que, gravemente enfermo, evitó los 
sufrimientos a que le habría entregado el ejecutor, 
si no lo hubiese resistido jenerosamente el goberna- 
dor de Valparaíso (don Joaquín de Alós). Un es- 

36 



— 274 — 

pectáculo propio para deleitar las almas de los Ne- 
rones conmovió los corazones de todas los habitantes 
de aquella ciudad. Con silencio taciturno i el dolor 
pintado en su frente, miraban indecisos aquella es- 
cena lastimosa. Todos a porfía desahogaban con sus 
lágrimas i con sus auxilios el sentimiento que les 
inspiraba la dura perfidia que habría conducido 
talvez a excesos, que solo pudieron escusar la habi- 
tud de obedecer i las medidas tomadas previamente 
para atajar los movimientos de la indignación. 

«Un mallorquín de la hez de los mismos citados 
(los secuaces de Carrasco), confidente del jefe, i que 
mató, después de rendidos, a varios hombres de la 
tripulación del navio inglés que robaron, había ar- 
mado a otros de su clase en virtud de orden del 
presidente; i puesto a su frente aceleró el embarco, 
e insultó a aquellos caballeros en términos de que 
solo es capaz la insolencia de los viles, cuando se 
ven sostenidos por la autoridad. Para completar la 
obra, despachó quienes atajasen los espresos que 
enviaron en el momento algunos bien intencionados, 
i que lograron, a pesar de tan inicuos esfuerzos, 
llegar prontísimamente. 

«Apenas se divulgó al siguiente día un hecho, 
que puso a vista de todos la mas atroz perfidia, i lo 
que debían temer, se congrega sin deliberación la 
porción mas sana del pueblo, i se reúne en las casas 
del cabildo, reclama el desaire hecho a su garantía, 
piden que se les restituyan sus conciudadanos, i 
que se establezca la seguridad pública. Se envía una 



— 275 — 

diputación pidiendo audiencia al presidente, quien 
con arrogancia contesta: Que no quiere oír; que 
todos se retiren. 

«Una respuesta propia de un sultán se oyó, sin 
embargo, con una quietud que hará honor a los 
chilenos; i en medio de la mayor ajitación de espí- 
ritu, se condujeron con la última moderación; i 
unánimes hicieron lo que previenen las leyes. Eleva- 
ron su recurso al tribunal de apelación, al que debe 
protejer el subdito contra la opresión del que man- 
da: se presentan a la real audiencia; le esponen su 
queja por boca del procurador jeneral (don José 
Gregorio Argomedo); se destina un oidor a llamar 
al presidente; i después de un instante vuelve con él. 

«Carrasco afecta serenidad, i aún una risa insul- 
tante, fiado en las tropas que había antes llamado 
i en la artillería que mandó aprestar. Trató de 
inútil aquel paso, a que él mismo había compelido; 
amenazó a los circunstantes con un riesgo que a él 
solo amagaba, i que se habría realizado en cualquier 
otro pueblo menus prudente i circunspecto. Se pidió 
de nuevo la restitución de los espatriados; se in- 
culcó sobre la garantía del cabildo i nobleza; se es- 
puso el deshonor que resultaría al país de una nota, 
que abultarían sin duda el tiempo i la distancia; se 
pidió la remoción del asesor, secretario i escribano. 

«Reunido el acuerdo en otra sala, hubo de usar 
de toda su sabiduría para hacer que el presidente 
se conformase con el dictamen que accedía a la so 
licitud del público. Allí mismo, sin embargo, pro- 



— 27G — 

ponía medidas de sangre que habrían producido su 
ruina i la de la opinión del mas reverente pueblo 
del mundo. Se nombró con jeneral i sincero aplauso 
por asesor al decano don José Santiago Concha, 
con cuyo acuerdo se debía elejir secretario i escriba- 
no; i se espidió la orden para que los tres reos se 
entregasen al alférez real. 

«Este partió como un rayo; le precedieron, le 
acompañaron i siguieron muchos jóvenes de la pri- 
mera distinción, que cifraban en su dilijencia el 
éxito de la mas noble voluntad; corrieron incesante- 
mente treinta leguas; i el jeneroso empeño, acree- 
dor a la dulce recompensa de verse coronados del 
mas feliz suceso, solo sirvió para anticipar el, dolor 
de hallarlo frustrado por la salida del buque. Tratan 
de hacerlo alcanzar por una barca, que, falta de 
aperos, exijió tiempo i gastos, que inutilizó la ine- 
vitable tardanza. Mientras tanto, el nuevo Nerón, 
cercado de una música lúbrica, veía el incendio de 
la patria con una tranquilidad insultante. 

«Damián, nombre horrible que ya sonó otra vez 
con excecración en la lista de los sacrilegos rejici- 
das (1), Damián fue puesto en prisión por el go- 

(1) "Créese jeneralrnente (dice don Pedro Godoi en una nota pues ta al 
pie del primer artículo inserto cu el tomo I, pajina 12, del Espíritu de la 
prensa chilena) que Damián Zeguí estaba indicado en aquel tiempo como 
el principal actor en el supuesto atentado del principe de la Paz contra la 
vida de Fernando VII". 

Me parece que don Manuel de Salas alude a Roberto Francisco Da- 
miens, que intentó asesinar a Luís XV, i que fue ajusticiado en la plaza 
de Greve, sin que Salas tuviera otra razón para ello, que la semejanza ac- 
cidental entie el nombre del uno i el apellido del otro. 



— 277 — 

bérnador de Valparaíso; i a instancias del pueblo 
confesó las órdenes que tenía para concertar malé- 
volos que sostuviesen aquella violencia, i para, en 
caso necesario, engrosar la turba de sus semejantes, 
a fin de ejecutar otra mayor en la capital. Se espi- 
dieron, no obstante, providencias para su libertad; 
i contra la voluntad del cabildo i habitantes de 
Valparaíso las hubiera obedecido su justo goberna- 
dor, si no se hubiese cortado el mal de raíz. 

«La noticia de haber sido burladas las instancias 
del pueblo por una superchería, que no era posible 
creer, lo puso en un triste e inquieto silencio. Cada 
cual se veía amenazado de igual tratamiento, pues 
todos se hallaban cómplices del mismo delito, todos 
querían ser felices unidos a la nación, que era el 
crimen de sus desgraciados compatriotas. 

«La confianza en el presidente se había destruido 
de un modo irreparable. Sabíase que éste meditaba 
proyectos de venganza, i que comprendía en ella a 
cuantos tenían mérito, i por eso degradaban a sus 
espiones; que se habían pedido tropas a la frontera; 
que se alistaba la artillería; que se consultaba a los 
oficiales, i que, no hallándose dispuestos a la car- 
nicería, se proponía el presidente excitar la plebe 
al saqueo de las casas. Sabíase, por fin, que, como 
otro Pigmaleón, variaba de dormitorio todas las 
noches; que tenía en su casa cañones cargados de 
metralla i cincuenta fusiles; que, por medio de un 
indigno corchete i un miserable mulato, se procu- 
raba el auxilio de los de su clase; que había dado 



— 278 — 

patente de capitán de ejército a uno que lo era gra 
duado de dragones, exijiéndole su atención i secreto 
para un golpe de mano, que habría dado, si la in- 
clinación de este oficial hubiese sido capaz de pres- 
tarse a tal iniquidad i no la hubiese prevenido. 

«En esta angustia, se oyó la voz de que el día 13 
de julio en la noche se daba el golpe fatal. Todos 
por propio movimiento procuraban su conserva- 
ción, armándose i juntándose al rededor de los al- 
caldes. Los que estaban montados, los acompaña- 
ban hasta el amanecer; otros guardaban el parque; 
i todos, todos, maldicen al autor de tanta zozobra. 
Ésta se mitigó hasta la noche del 15, en que se 
anunció la venida de jente armada, i nuevas dispo- 
siciones para una ejecución. Se repiten las mismas 
precauciones, i crece el descontento. Estendidos 
hasta muchas leguas del contorno, venían ya miles 
de hombres a la defensa de una población que veían 
angustiada, i habrían precisado a una resolución 
escandalosa sin la que acordó la audiencia, 

«Esta pasó a casa del presidente i realizó lo 
mismo que repetidas veces había pedido al rei. Hizo 
ver a Carrasco la imperiosa necesidad en que le 
había puesto su conducta, de hacer dimisión del 
mando. Pretestos frivolos i la resolución de morir 
matando eran las razones en que se sostenía, hasta 
que propuso que se oyese a los oficiales del ejército 
i milicia. Vinieron al instante; i sin discrepancia 
convinieron en la precisión de renunciar: voto con- 
forme al que pocos momentos antes le había dado 



_ 279 _ 

un relijioso respetable a quien había encargado que 
indagase la voluntad pública (su confesor frai Fran- 
cisco Cano). Cedió al fin ¿Creerá la posteridad 

cuál fue la última petición que hizo en medio de tal 
bochorno? — Fue solo que se le conservase el sueldo, 
i que se protejiese a Damián. Este rasgo solo basta 
para caracterizarle». 

Don Francisco Antonio García Carrasco renun- 
ció la gobernación el 16 de julio de 1810. 

Sucedióle por ministerio de la lei el brigadier don 
Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista. 



Don Manuel de Salas tomó una parte importan- 
tísima en la caída de don Francisco Antonio García 
Carrasco. 

Recuérdese que don José Antonio Rojas estaba 
casado con doña Mercedes de Salas, hermana de 
don Manuel; i sépase que éste estimaba a su cuña- 
do como a hermano. 

Esta circunstancia esplica perfectamente la acti- 
tud militante, i mas que militante, agresiva, toma- 
da por él en la ajitación violenta que acabó por 
sumerjir en su vorájine al necio personaje. 

Salas procedía en su oposición ardiente, no solo 
como patriota, sino como hombre herido en sus 
afecciones personales. 

Impulsado por ese doble motivo, excitó el entu- 
siasmo de sus numerosos amigos, envió mensajeros 
i recados, peroró en contra del tiranuelo felón en 



— 280 — 

tertulias i corrillos, hasta que éste se vio forzado a 
dimitir. 

Entre los papeles dejados por don Manuel de 
Salas a su muerte, se encontró una carta anónima 
referente a este tiempo, que, copiada a la letra, es 
como sigue: 

«Aquí se ha aparecido una carta escrita desde 
Amsterdán a Colocólo contra los europeos en la 
América, Está buena. Ha agradado a los del país i 
reventado a los chapetones. Por indiscreción de un 
sujeto, se leyó en la tertulia del presidente, donde 
no concurren mas que paisanos suyos i uno que 
otro chileno, que lo ha menester. Todos atribuyen 
esta epístola a Campino. Yo conocí la letra de una 
que vi. Si se sabe el autor, no le compro las ganan- 
cias, porque ...... 

{(Vale)}. 

¿Sería un aviso oficioso dirijido al dueño de casa? 

¿La Carta a Colocólo datada en Amsterdán ha- 
bía sido compuesta por don Manuel de Salas? 

La falta de imprenta era causa de que en aquel 
tiempo solo circulasen folletos manuscritos. 



Tiene alguna conexión con el protagonista de 
esta biografía la anécdota siguiente que refiere el 
padre frai José Javier Guzmán en la lección 40, 
tomo I, de su obra titulada El chileno instruido en 
la hvsíorid topográfica, civil i política de su pdtis: 



— 281 — 

«A consecuencia de lo determinado por el real 
acuerdo en 11 de julio, a las dos de la tarde del 
mismo día salió para Valparaíso el alférez real don 
Diego Larrain, diputado por el cabildo para poner 
en libertad i traer a esta ciudad a los tres sujetos 
desterrados, siendo acompañado de diez o doce per- 
sonas principales, ^parientes o amigos de los señores 

O valle, Rojas i Vera. 

«Desgraciadamente, llegaron a aquel puerto al 

venir el día siguiente, pues la Miantinomo se había 
hecho a la vela a las cuatro de la tarde del anterior 
día, sin haber quedado embarcación alguna en el 
puerto con que poder dar alcance i remitirle los 
pliegos para Lima. 

«Obstruidos los conductos de comunicación por 
mar con aquella capital no desmayaron por esto las 
actividades de las esposas i parientes de los deste- 
rrados; i mui particularmente manifestó su amor i su 
fineza la señora doña Mercedes de Salas, mujer de 
don José Antonio Rojas, porque inmediatamente 
hizo a su costa un propio para Lima por el despo- 
blado de Atacama, el cual, en el espacio de un mes, 
llegó felizmente a su destino, i entregó los oficios i 
cartas a los interesados, que las recibieron con sumo 
placer por haber visto el grande empeño de sus 
compatriotas para libertarlos i sacarlos con honor». 



XVI 



Los hechos históricos forman a veces una co- 
rriente impetuosa, que ningún dique puede con- 
tener. 

Apenas subió a la silla presidencial don Mateo 
de Toro Zambrano, los innovadores comenzaron a 
pedir con ahínco que se nombrase una junta, como 
las que se habían instituido en España. 

Triunfaron. 

El 18 de setiembre de 1810 fue el día inicial de 
una nueva era. 

Con razón, se ha esclamado: 

Magnus ab integro seclorum nascitur ordo. 

Quitemos, sin embargo, las palabras ab integro, 
porque Chile no había gozado aún de ninguna épo- 
ca de prosperidad i grandeza. 

Aquella junta tenía una gran significación polí- 
tica i social. 

Al instalarla, los chilenos se proclamaban iguales 
a los españoles, i probaban que lo eran, a la luz del 
sol i a la faz del mundo. 



■ — 284 — 

La junta quedó constituida en esta forma: 

Presidente 

Don Mateo de Toro Zambrano. 

Vice-Presidente 

Don José Antonio Martínez de Aldunate, obis- 
po de Santiago. 

Vocales 

Don Fernando Márquez de la Plata, consejero 
de Indias. 

Don Juan Martínez de Rozas. 

Don Ignacio de la Carrera, coronel de milicias. 

Don Francisco Javier de Reina, coronel de arti- 
llería. 

Don Juan Enrique Rosales, maestre de campo. 

Secretarios, 

Don José Gaspar Marín. 
Don José Gregorio Argomedo. 



Don Manuel de Salas fue uno de los promotores 
i partidarios mas ardientes del nuevo gobierno. 

Compuso un folleto titulado Motivos que ocasio- 
naron la instalación de la junta en Chile, que cir- 
culó manuscrito en la capital por disposición de la 
misma junta. 



— 285 — 

En 1811, se publicó en Cádiz, en la imprenta de 
la junta superior de gobierno, bajo este rótulo: Mo- 
tivos que ocasionaron la instalación de la junta de 
gobierno en Chile i el acta de la misma. 

Encabeza la conocida obra Espíritu de la prensa, 
chilena por don Pedro Godoi. 

Si Salas no hubiera aseverado por escrito que 
esa producción era suya, el estilo le habría denun- 
ciado. 

Lleva su marca de fábrica. 

Todos los historiadores de la revolución de la 
independencia de Chile tendrán forzosamente que 
estudiar esa pieza, como el testimonio auténtico de 
un^actor importante en aquel grandioso drama. 



El folleto de que acabo de hablar, está escrito 
con un buril candente. 

Don Francisco Antonio García Carrasco apare- 
ce ¡retratado en sus pajinas como un presidente de 
pulpería o bodegón, que no titubea en emplear la 
felonía como instrumento de gobierno. 

Sus paniaguados son bandidos de la peor ralea, 
que asesinan para robar. 

Una negra, gorda, vieja i asquerosa desempeña 
gran papel en el palacio. 

Entre las funciones de esa dueña color de carbón, 
se encuentra la de espiar lo que ocurre en las casas 



— 286 — 

de los vecinos principales por conducto de las es- 
clavas. 

La noche del día en que la audiencia, el cabildo 
i el pueblo degradan al jefe del estado, haciéndole 
pasar bajo las horcas caudinas, éste da una jarana, 
en que se pespuntea la guitarra, como un reto lan- 
zado a la sociedad que acaba de vilipendiarle. 

La intervención del confesor en el cuadro final 
para obligarle a renunciar su puesto, es típica de 
una sociedad en que la política i la relijión estaban 
revueltas i confundidas en un indijesto amasijo. 



Don Manuel de Salas acababa de redactar en 
favor del gobierno nacional un interesante folleto. 

Si hubiera sido un egoísta vulgar, habría podido 
reclamar para sí algún galardón por tan valioso 
servicio. 

Limitóse, sin embargo, a pedir que le despachara 
prontamente una solicitud que el 10 de noviembre 
de 1809 había dirijido a don Francisco Antonio 
García Carrasco para impetrar que se exonerasen 
de derechos fiscales i municipales las materias pri- 
mas empleadas en la fábrica establecida en el hos- 
picio i las lonas que en ella se elaborasen. 

Nada mas. 

Imploraba para los pobres. 

La fábrica recién planteada marchaba sin tropie- 
zo mayor; pero quería asegurar su porvenir. 

Uno de lo§ magnates chilenos, don Francisco de 



— 287 — 

Borja Andía i Várela, le había anticipado capitales 
para que los telares funcionasen; pero este sujeto 
podía cansarse de dar i el establecimiento quedar 
paralizado. 

Convenía que la fábrica descansase en terreno 
sólido. 



Véase la solicitud por cuyo pronto despacho se 
interesaba don Manuel de Salas: 

«Muí Ilustre Señor Presidente: 

«Tan cierto es que el ocio e indijencia son las 
raíces de la miseria de los pueblos i el orijen de los 
vicios i delitos, como el que en Chile existen en 
toda su estensión estas funestas causas de la des- 
población i decadencia de un reino, que contiene 
todas las proporciones de ser feliz. Es igualmente 
cierto que nada hai mas fácil que ponerlo en la si- 
tuación que le señaló la naturaleza, si se quiere de 
veras. Labores vastas, continuas i fáciles de mate- 
rias propias, es el medio que ha llenado de jentes 
dichosas las provincias que se han hallado en el 
caso de Chile. Esto mismo es lo que han deseado 
nuestros soberanos, i lo han mandado en la lei 20, 
título 18, libro 4 de la Recopilación de Indias. 

«En las reales órdenes de 12 de enero de 1777, 
24 de marzo de 17í)6 i 24 de febrero de 1799, se 
encargan eficazmente el cultivo i beneficio del lino 
i cáñamo, cifrándose en esta ocupación la del tiem- 



— 2SS — 

po i terrenos perdidos i de las muchas manos ocio- 
sas i perjudiciales. Ésta sola es capaz de dar empleo 
a las que no pueden darlo las minas, pastos i gra- 
nos, únicos insuficientes artículos que entretienen 
el país en la inercia en que estuvieron otros hasta 
que, conociendo la causa del mal i el remedio, lo 
procuraron eficazmente. 

«Para conseguir éste, como todos los bienes, es 
necesaria la concurrencia de muchas circunstancias; 
pero, sobre todo, que se presente la ocasión, i que 
se aproveche. La corte, este superior gobierno, los 
cuerpos patrióticos i los individuos bien intencio- 
nados, conociendo siempre esto mismo, han hecho 
repetidos esfuerzos; pero ninguno había tenido el 
deseado éxito hasta el día. Establecido el hospicio 
de pobres, se ha creído de su instituto, no solo el 
socorrerlos, sino preparar la estinción de la mendi- 
guez en la involuntaria inacción que conduce a ella 
i a otros mil males. 

«Para esto, se han entablado la hilaza de cáñamo 
i lino que produce el país con ventaja a todos los 
conocidos, i el tejido de lonas para las embarcacio- 
nes de nuestras costas, que por necesidad usan de 
unas velas que por su materia i fábrica perjudican 
a sus dueños i al comercio. La perspectiva de los 
buenos efectos que ha de producir esta empresa, 
debería, ya se ve, atraer la protección i fomento de 
que es digna; pero, siguiendo la suerte de todas las 
cosas útiles i nuevas, ha tenido obstáculos que su- 
perar. En fin, ya se ha hecho ver, i no es poco, que 



— 289 — 

es proficua i que es posible; pero, con todo, lucha 
con los embarazos inseparables de los estableci- 
mientos nacientes. Sus costos exceden con mucho 
a sus productos; i antes de ponerse a nivel con los 
gastos o compensar las fatigas, abrumará las fuer- 
zas que los sostienen. Los ahorros i la baratura de 
las manos solo los trae el tiempo; i os menester el 
trascurso de mucho para resarcir las anticipaciones, 
pérdidas i riesgos. 

«Sírvase Usía dar una mirada a este plantel 
de ciudadanos útiles formado de la hez del pueblo, 
i verá con ternura jerminar en el tiempo de su man- 
do la semilla de la industria i felicidad popular; pues 
proporcionando un trabajo asiduo i perenne a mu- 
chos les asegurará arbitrios de vivir honestamente 
en una ocupación propia para todas las estaciones, 
edades, sexos i estados, desde los brazos mas robus- 
tos hasta los mas débiles, con lo que cesará el ho- 
rror con que miran su posteridad, i la procurarán, 
teniendo como sustentarla i trasmitir a ella medios 
ciertos de existir. A presencia del objeto, i en con- 
sideración a los efectos que se divisan, no podrá el 
sensible corazón de Usía negarle la gracia que le 
pide, i que es necesaria para su incremento i per- 
manencia. 

«Ésta es: que se releven de derechos fiscales i 
municipales las materias que se consumen, i los te 
jidos que se labren en la casa, a su estracción del 
reino, i en su primera venta. La importancia de 
esta exención está de manifiesto, pues el desembol- 

37 



— 290 — 

so que escusa es un auxilio que fomenta la labor, la 
abundancia i la baratura de las materias; i la esca- 
sez de medios para vivir ociosos es la máxima i todo 
el secreto de las naciones opulentas e industriosas. 
«No vacilará Usía en declarar este privilejio, si 
considera que es conforme a los que con el mismo 
fin se han concedido a estos propios tejidos na- 
cionales, como se ve en el Almanaque mercantil o 
Guía de los comerciantes, pajina 129, Será análago 
a las gracias hechas a los efectos que se embarcan 
en los puertos de Trujillo i Pacasmayo para auxi- 
liar la industria de sus habitantes; i será igual a 
otras muchas que la benignidad soberana i la bien 
entendida economía han dispensado a varios luga- 
res i artículos, para crearlos o sacarlos de la deca- 
dencia; a que concurre el concepto de que las pro 
videncias dadas para facilitar el trabajo se dirijen 
indirectamente al bien del estado, tanto porque 
multiplican la población, cuanto porque, constitu- 
yéndose constantemente de los efectos necesarios 
para su vestuario i alimento que adeudan otros de- 
rechos, aumentan así la real hacienda, los que antes 
de ningún modo contribuían a ella con su ocio, sus 
vicios i su esterminio. Sobre todo, siendo estos es- 
tablecimientos tan recomendados por la piedad de 
nuestros reyes, parece conforme a su voluntad cual- 
quiera resolución dirijida a su prosperidad, i debe 
esperarse su real aprobación; con lo que Usía, que 
le representa, nunca le imitará mejor que facilitan 
do el bienestar de la clase mas infeliz de la nación. 



— 291 — 

«Nuestro Señor guarde a Usía muchos años. 
Hospicio de pobres de Santiago de Chile, 10 de 
noviembre de 1809. 

((Manuel de Salas». 

Don Antonio García Carrasco ordenó que el tri- 
bunal del consulado informase, previa inspección de 
la fábrica indicada. 

El tribunal dispuso que don Pedro Nicolás Cho- 
pitea i don Joaquín López de Sotomayor ejecuta- 
sen la inspección decretada. 

Hé aquí el resultado de su examen: 

«Señores Prior i Cónsules: 

«Para cumplir con la comisión que Usías pusie- 
ron a nuestro cuidado, concurrimos al hospicio de 
pobres de esta ciudad; i entre los varios objetos de 
él, vimos un patio de bastante estensión cultivado 
con dos filas de varios árboles, i entre ellas consi- 
derable número de muchachos de ambos sexos, que, 
bajo la dirección de un maestro, hilaban en ruedas 
o tornos cáñamo que recibían peinado i preparado 
de manos de tres individuos ocupados en rastrillar- 
lo, defendidos todos por la sombra de dichos árbo- 
les de los rayos del sol, i con comodidad capaz de 
admitir muchos mas a un trabajo a que se les atrae 
con un interés bastante a hacérselo apetecer. 

«Pasamos a otro departamento contiguo, pero 
separado de las piezas de los inválidos i huérfanos, 
donde hallamos otro laboratorio igual, aunque algo 



— 292 — 

embarazado de los materiales de un edificio que se 
está construyendo allí para colocar los utensilios i 
telares con aquel orden i distribución que son tan 
esenciales, como desconocidos, en nuestros míseros 
desgreñados talleres. 

«Encontramos un salón de veinte i ocho varas de 
largo nuevo con sus rejas de hierro i otros tres me- 
nores de construcción antigua, que contienen todos 
veinte i nueve telares de lona en actual trabajo. Se 
han hecho ya los cimientos, i se están levantando 
las paredes para prolongar el primer salón dicho 
hasta la lonjitud de ciento catorce varas, i a mas 
fabricar en su estremo las viviendas de los maes- 
tros, depósito de las primeras materias, hilos i de- 
más cosas anexas de una formal i vasta oficina; todo 
lo que indica gastos de mucha consideración i anti- 
cipaciones cuantiosas hechas por el recowjendable 
comerciante que a su costa i riesgo pone la simiente 
de la laboriosidad i prosperidad de este pobre pue- 
blo. Lo creemos tal a vista de los progresos que 
observamos, a pesar de los embarazos que cercan a 
estas empresas; i de ello debemos inferir que, si en 
el día se emplean allí cerca de doscientas personas, 
podrán ocuparse no antes de mucho tiempo todas 
las que, por falta de objeto a que aplicar sus manos 
i tiempo, las dedican a los vicios, arrastrando a otras 
a imitarles por necesidad. 

«ik.ún cuando el consulado mire solo por este 
costado la fábrica de lonas, le merecería toda su 
protección; pero, si se contempla que en ella se lie- 



— 293 — 

na uno de los artículos cardinales de su instituto, 
fomentando, o mas bien, estableciendo la industria, 
auxiliando al comercio, que tendrá un efecto mas 
para sus especulaciones, a la navegación, a quien 
este velamen es ventajoso, a la agricultura, que se 
estenderá sobre una planta tan benéfica, todas estas 
miras, coincidiendo con las de este cuerpo patrióti- 
co, sin duda le inclinarán a dispensarle su favor. 

«El que se solicita, no es una mengua del erario 
real, pues como se dice en la representación, se com- 
pensará seguramente haciéndose contribuyentes a 
los que hoi no lo son; i a mas los capitales que 
salgan en estos artefactos, volverán empleados en 
mercancías que adeudan derechos que sin ellos no 
se pagarían. A los ejemplos que cita dicha repre- 
sentación, podrían añadirse otros, como los de las 
fábricas de paño en España, donde están exentas 
de toda contribución, las de estampados en parte 
de manufactura española i así otras fábricas, debi- 
dos sus privilejios a las repetidas declamaciones de 
los escritores i patriotas españoles, que han aspira- 
do al mayor bien del estado, descubriendo las equi- 
vocaciones i patentizando que lo que se había tenido 
por interesante al erario era realmente perjudicial; 
resultando de las reformas en los derechos de las 
fábricas el fomento de ellas, i de éste, un bien je- 
neral, coartando igualmente al estranjero los pro 
gresos que hacía en sus negociaciones a nuestra 
costa. 

«Las leyes i reales órdenes que se recuerdan, al 



— 294 — 

pretender este medio de cumplirlas; la utilidad pú- 
blica; la buena razón; todo apoya dicha solicitud. 
Pero, sobre todo, aseguran la soberana aprobación 
las ideas de beneficencia del actual sabio gobierno 
de la nación que, desprendido de preocupaciones, 
trata de vivificar estos países i hacerlos felices; lo 
que no se consigue, sino proporcionándoles recursos 
para vivir i aspirar a comodidades lícitas. La feli- 
cidad pública es la suma de las utilidades i bienes- 
tar de los particulares; i cualquiera auxilio que 
ayude a los que fomentan esta empresa, se dirije al 
bien de la sociedad, porque fomenta a un individuo 
de ella benéfico, porque así se animarán otros a se- 
guir sus huellas en el inmenso campo de nuestras 
necesidades i proporciones, i porque no puede llevar 
a cabo sus designios sin interesar a las muchas ma- 
nos que necesita i personas a quienes precisamente 
va a sacar de la prostitución i vicios a que los fuer- 
za el sistema de indolencia i mala economía seguido 
hasta el día contra la voluntad soberana i rectas 
intenciones. 

«Usías, en nuestro concepto, deben adherir efi- 
cazmente a esta solicitud, añadiendo las razones que 
les sujieran su sabiduría i patriotismo, sin olvidar 
que en todo tiempo importa mucho a los pueblos 
tener unas labores peculiares que ocupen la clase 
numerosa, útil i necesitada, que, con su industria 
vasta, retenga el numerario que se llevan las pro- 
ducciones de las artes estranjeras, con que no po- 
demos entrar en concurrencia; pero, en el día que la 



— 295 — 

inundación de efectos baratos va a dar por el pie a 
nuestras mas ordinarias i comunes manufacturas, 
es necesario atajar sus funestísimos efectos, sus- 
tituyendo otras en que las ventajas de poseer la 
materia i la baratura de las manos, nos pongan 
superiores, o a lo níenos a nivel con nuestros ri- 
vales. 

«Estas circunstancias se divisan en las lonas de 
cáñamo i lino; i por eso exijen de necesidad i justi- 
cia la protección que solicitan, i toda la que esté en 
la esfera de las facultades de Usías, quienes por las 
obvias razones que acabamos de insinuar estende- 
rán sus incubaciones a precaver el mal que nos 
amenaza i que puede disiparse por las felices pro- 
porciones del país i las facultades de este cuerpo, 
nunca mas útiles que en las delicadas ocurrencias 
presentes. 

«Santiago, 4 de enero de 1810. 

<iJoaquín López de Sotomayor. — Pedro Nolasco 
Chopiteaj». 

El síndico del consulado dio el informe siguiente: 

«Señores Prior i Cónsules: 

«El síndico de este real tribunal, cumpliendo con 
el tenor del decreto de 15 de febrero de 1810 diri- 
jido a que informe lo que juzgue conveniente sobre 
la solicitud entablada por don Manuel de Salas, 
director de la casa de hospicio de pobres de esta 
capital, relativa a la exención de los derechos reales 



— 296 — 

i municipales que adeuden las materias que se con- 
sumen i tejidos que se labren en aquella casa en su 
primera venta i al tiempo de su estracción del reino, 
digo: que, leído reflexivamente el informe produci- 
do por los señores don Pedro Nicolás de Chopitea 
i don Joaquín López de Sotomayor comisionados 
para la inspección i examen de la fábrica sobre que 
jira este espediente, encuentro que su resultado 
indica una conformidad omnímoda con la sincera 
esposición del director de dicha casa vertida en su 
presentación. 

«La novedad de un útil establecimiento; las bellas 
proporciones que para su progreso i permanencia 
ofrece la localidad del país, ya se mire su feracidad, 
ya su aptitud para la producción de las materias 
necesarias; la relijiosa ocupación de muchos brazos 
de varios sexos, edades i condiciones, que, dormi- 
tando antes en la inercia, o por costumbre, o por 
falta de destinos análogos a su jeneral constitución» 
o bien se prostituirían a la mas vergonzosa crimina- 
lidad, o bien llevarían una vida siempre mendican- 
te, haciéndola trascendental a su posteridad des- 
graciada: el fácil i copioso espendio con que brinda 
la proporcionada baratura de un efecto nacional, 
que, traído de partes remotas o extranjeras devora- 
ría, en grado considerable, con detrimento del esta- 
do, los caudales del consumidor, que, para precaver 
algunas veces un gasto exorbitante preferiría la 
compra de otro ordinario, menos consistente, i por 
lo mismo de mas corta duración, convirtiendo en 



— 297 — 

daño propio i riesgo del comercio su misma econo- 
mía; el socorro de una casa destinada desde los 
principios de su formación para asilo de la misera- 
ble humanidad; la notoria escasez de fondos para 
abrigar en su seno a los muchos infelices de ambos 
sexos que, esparcidos por la capital i fuera de ella» 
aún jimen bajo el yugo de la mendicidad por aquel 
defecto; i en fin otras mil consideraciones que no se 
ocultarán a la penetración de Usías, son motivos 
todos que legalizan la relevación solicitada de dere- 
chos reales i municipales i exijen desde luego la 
decidida protección de un tribunal que por su ins- 
titución debe procurar la mayor seguridad de las 
propiedades, del comercio i su incremento, igual- 
mente que el de la población, que todo gobierno 
sabio ha conocido depender en mucha parte del es- 
tablecimiento de las fábricas, de su propagación i 
del otorgamiento de ciertas libertades, privilejios i 
exenciones, sin las cuales desmayarían los primeros 
inventores, i laboriosos fabricantes abandonarían el 
estéril país que solo correspondía avaramente a sus 
labores; i de aquí se seguiría la despoblación, per- 
diéndose otros tantos individuos, cuantos se fuesen 
con ellos en unión de su familia, pues la esperien- 
cia, maestra severa, tiene mui bien acreditado que 
semejantes invenciones son costosas en su orijen, 
demandan cuantiosas anticipaciones, i que a sus 
autores únicamente puede lisonjear la esperanza de 
un futuro lucro que es tan continjente, como las 

demás cosas de la vida. 

38 



— 298 — 

«En esta intelijencia, reproduzco el informe de 
los señores comisionados; pero es preciso, al mismo 
paso, conciliar el bien jeneral con el particular de 
esta casa de pobres. Las mismas proporciones i fu- 
turas ventajas que hoi alientan el celo del solici- 
tante, pueden estimular a otros sujetos para elejir 
igual ocupación, i por lo tanto juzgo conveniente 
que, para precaver en adelante todo embarazo com- 
presivo de la libertad i destructor de unos principios 
que mui en breve pueden fijar la época de la felici- 
dad del reino, se pida quede declarado que la pre- 
tendida relevación de derechos no se entienda por 
un privilejio esclusivo i únicamente alodial de la 
espresada casa para la fábrica de lonas; que dicha 
relevación ha de estenderse por ahora a solo cinco 
años; que, concluido el término de la concesión, se 
ha de decretar una nueva inspección para examinar 
el incremento o decremento de dicha fábrica, i si 
ha nacido con posterioridad algún inconveniente 
que obligue a la moderación o total abolición del 
privilejio; i finalmente que ningún otro interés ha 
de versarse en la materia, que el solo del hospicio, 
pues a él únicamente se dispensa la exención. 

«Confieso con injenuidad que mi ánimo no es in- 
ternarme en la conducta del administrador; su jenio 
activo, laborioso, desinteresado, benefactor i aman- 
te de la humanidad le ponen a salvo de toda lijera 
persuasión; i sí únicamente precaver dentro de cier- 
tos límites la odiosidad de una prerrogativa que, 
con el tiempo, por la introducción de algún abuso 



_ 299 — 

ofrezca un aspecto displicente i nada conforme a la 
piadosa intención del impetrante. Sobre todo, 
Usías, con mas acertada meditación, deliberarán en 
junta de gobierno lo que conceptuaren de justicia. 

«Santiago de Chile, 15 de marzo de 1810. 

«Domingo Ochoa de Znazola)>. 

La dirección del consulado pasó a don Francisco 
Antonio García Carrasco el informe siguiente: 

«Muí Ilustre Señor Presidente, 

«En cumplimiento del superior decreto de 15 de 
noviembre último, la junta de gobierno celebrada 
el 26 de este mes acordó acceder a la solicitud del 
director del hospicio de pobres, i conviene en que 
se liberten del derecho de avería las lonas para 
velamen que se trabajen en dicho hospicio en el 
término de cinco años; i concluido este tiempo, que 
se tome nuevo conocimiento de la materia; i en ca- 
so de hallarse conveniente que se estienda la gracia 
por otros cinco años mas. 

«Sala consular de Santiago de Chile, 27 de mar- 
zo de 1810. 

«Celedonio de Villota. — Joaquín Gandarillas. — 
Juan Francisco Garcías. 

Tocó informar al administrador de la aduana, 
quien lo hizo en esta forma: 



— 300 — 
«Mui Ilustre Señor Presidente, 

«La solicitud que hace don Manuel de Salas, 
director de la casa de hospicio de esta capital, para 
que no se cobren derechos reales ni municipales a 
las lonas i otros tejidos que se fabriquen en dicha 
casa, tanto a la estracción del reino, como en el 
interior en su primera venta, merece la atención i 
toda la protección del superior gobierno para crear 
i fomentar un ramo de industria nacional, capaz 
por sí solo de remediar una gran parte de la mise- 
ria que aflije i despuebla a un país que, aunque el 
mas fértil i feraz de todos los del globo, ve a 
sus naturales andar errantes sin hogar ni domici- 
lio, pobres, desnudos i hambrientos, robando i ma- 
tando por falta de objetos en que poder ejercitar 
sus robustos brazos. 

«El que informa, tendría que dar una grande es- 
tensión a este papel, si hubiera de desenvolver 
todos los principios de economía política que condu 
cen al logro de la pretensión del director; pero, 
como éste i los señores nombrados por el tribunal 
del real consulado con dictamen de su síndico han 
espuesto con intelijencia, juicio i patriotismo las 
verdaderas causas de los males que se padecen en 
el reino por falta de ocupación en las clases menes- 
terosas, de lo que nacen tantos vicios i crímenes, 
reducirá su informe a pocas cláusulas. 

«Es tan lUil al estado en jeneral, i con particu- 
laridad a este reino, el establecimiento de fábricas 



— 301 — 

i de todos los ramos de industria, que, cuando no 
fueran promovidos por los particulares, el gobierno 
debería desvelarse ofreciendo cuantos auxilios i fo- 
mentos tiene en su mano para prodigarlos en uti 
lidad i beneficio de estos dominios i del real erario, 
que no puede dejar de sacar grandes ventajas a la 
larga de los ramos comerciables que pudieran esta- 
blecerse, esto es, hablando en jeneral, por las mu- 
chas primeras materias de que abundan estos terri- 
torios, i de otras que con poco trabajo podrían 
darse. 

«Pero, contrayéndonos precisamente a lo que 
por ahora se pretende, que es la libertad absoluta 
de derechos reales i municipales de las materias de 
lino i cáñamo que se consuman en lo interior, i te- 
jidos que se hagan de ellas en la casa del hospicio 
para estraerlos del reino ¿qué no podría decirse de 
la suma utilidad, o mas bien, de la absoluta nece- 
sidad de cultivar unas plantas que por sí solas i 
diestramente manufacturadas atraerían al país mas 
provecho i riqueza que los trigos, sebos i cobres, 
que son los principales renglones de esportacion? 

«Nadie ignora que en los reinos de España son 
escasísimos los linos i cáñamos, i que por eso et 
gobierno ha hecho grandes esfuerzos en todos tiem- 
pos para que se cultiven i fomenten en estas pro- 
vincias, ya concediendo terrenos a los que quieran 
aplicarse a su cultivo, ya libertándolos de derechos 
a su salida para la Península, debiendo en el día 
hacerse estensivas estas gracias, no solo a las espe- 



— 302 — 

cies, sino también a cuantos tejidos se hagan de 
ellas por las circunstancias en que se halla nuestra 
metrópoli i toda la Europa; además de que en todos 
tiempos i sistemas de gobierno, siempre convendría 
promover, fomentar i auxiliar cuanto se pudiera 
tejer i fabricar en este reino, no causando ningún 
perjuicio a las fábricas de la Península en los ra- 
mos espresados, porque carece de ellos, i escasa- 
mente puede surtir a una parte pequeña de su po- 
blación. ¿Estaremos siempre condenados a esperar 
que los estranjeros nos provean de unos artículos 
de primera necesidad, siendo siempre víctimas de 
su codicia? ¿Quién no ve que, si este reino desper- 
tara del letargo en que está sepultado doscientos 
años hace, podría mantener una gran población ri- 
ca i acomodada, si fuera industriosa? 

«Es preciso desengañarse. La labranza, pesca i 
pastoreo, que en otras partes hacen ricos i opulen- 
tos a los estados, aunque se llevasen a su perfección 
en este reino, nunca podría adelantar mucho si las 
ciudades, villas i campañas no se poblaran de tor- 
nos i telares, haciéndose industriosa su población. 
La situación que ocupan en el globo estos fértiles 
i pingües terrenos, no es la mas feliz para espender 
los frutos i producciones de su suelo que, no ha- 
biendo adonde venderlos, se dejan de cultivar. No 
sucedería así con las obras de industria i manufac- 
turas, las que siempre tendrían su lugar en todos 
los mercados de América, i muchos renglones se- 
rían mui aparentes para la Península. 



— 303 — 

«Por estas reflexiones, i otras infinitas que se po- 
drían hacer, es de sentir el que informa que será 
mui útil al reino i a los reales intereses conceder 
entera libertad de derechos a las primeras mate- 
rias i tejidos espresados con las modificaciones que 
han propuesto el real cuerpo del consulado i su 
síndico, haciendo al mismo tiempo presente a Usía 
que debería recomendarse a Su Majestad el celo i 
patriotismo del doctor don Francisco de Borja An- 
día i Várela, quien fomenta la empresa i adelanta 
sus caudales con el objeto de que renazca en su raíz 
la prosperidad, o bien concediéndole la gracia de la 
cruz de Carlos III, u otra cualquiera a que se ha 
hecho acreedor, con lo que podrán otros animarse 
a seguir su ejemplo. 

«Administración jeneral, 11 de julio de 1810. 

«Manuel Mansos. 

Los documentos copiados manifiestan que las 
ideas de don Manuel de Salas habían ganado 
mucho terreno. 

La tramitación de su solicitud duró cerca de un 
año. 

Presentada a don Antonio García Carrasco en 
10 de noviembre de 1809, vino a ser resuelta por 
la junta nacional en 23 de octubre de 1810. 

Hé aquí el decreto: 

«Santiago, 23 de octubre de 1810. 

«Con lo espuesto por el real tribunal del consu- 
lado, el señor administrador de la real aduana i 



— 304 — 

ministerio fiscal, decláranse libres de derechos rea- 
les i municipales las primeras materias del lirio i 
cáñamo, como también los tejidos de lonas que se 

trabajan en la casa del hospicio de esta capital 

(el resto del decreto está enteramente borrado por 
una gotera). 

((El conde de la Conquista. — Plata. — Carrera. 
— Rosales. 

((Doctor Marín, secretario». 

Las reformas no marchaban en la colonia al ga- 
lope, sino a paso de tortuga. 

El gobierno patrio fue mas espeditivo en este 
punto. 



Con fecha 20 de febrero de 1811. don Manuel 
de Salas dirijió una Representación a la junta na- 
cional para que organizase un vasto plan de ins 
trucción pública. 

Principiaba encareciendo la obligación de efec- 
tuarlo cuánto antes, para dar un cimiento de cal i 
piedra al edificio social. 

«Nada contribuye mas a fijar la confianza de los 
pueblos en su gobierno (decía en su memorial) que 
ver que, al mismo tiempo que dicta providencias 
sobre sus mas urj entes necesidades, toma con cele- 
ridad medidas para dilatar i dar consistencia a los 
bienes que son objeto de sus tareas Sin la forma- 
ción de hombres capaces de ejecutarlas, perpetuar- 



— 305 — 

las i adelantarlas, esos bienes serán efímeros e ins- 
perfectos. La educación de la juventud, para que 
ésta se críe entre ejemplos de virtudes i lecciones 
de ciencias, es el único arbitrio sólido i justo de 
hacer florecer los reinos i felices a sus habitantes. 
Por consiguiente, debe ser el primer conato de los 
que los mandan. 

«En Chile, se ha descuidado esta materia hasta 
un punto que faltan las espresiones para denotarlo, 
i que se haría increíble a los que no lo toquen. Así 
el estenderse sobre esto no hará sino avergonzar- 
nos, cuando felizmente estamos en la época de re- 
mediar el mas grave de los males, i de poner en 
uso las proporciones que nos presentan la salubri- 
dad del clima, la baratura de los artículos para la 
subsistencia, la aptitud de nuestros jóvenes, no 
solo para recibir la instrucción que los haga útiles 
a la patria en todas las carreras, sino para que 
logren de ellas los que vengan de otras partes, 
como sucedía, con honor i ventaja del país, cuando 
se prestó alguna atención a la enseñanza, que hizo 
progresos proporcionados al gusto de aquellos tiem- 
pos. 

«Hoi tenemos mejores conocimientos, mas ajen- 
tes, mas fondos, sobre todo, mas necesidad, i un 
campo mas dilatado para emplear las luces i los 
que las adquieran; pues va a quedar un vacío in- 
menso en el mundo antiguo, formado por la guerra 
asoladora, cuyo estrépito ahuyenta el pacífico es- 
tudio; i dando una preferencia esclusiva a las vir- 

39 



— 306 — 

tudes militares hará precisamente volver la nación 
al estado en que la pusieron ocurrencias mucho 
menos funestas, de modo que, cuando cesaron éstas, 
se vio precisada a mendigar nociones de sus mis- 
mos enemigos». 

Don Manuel de Salas abogaba por la educación 
común; i a fin de que ésta se realizara en la esten- 
sión correspondiente, proponía que se fundase un 
gran colejio, reuniendo los dos que entonces había 
en la capital. 

«El espacioso colejio de San Carlos (decía), en 
que siempre se ha educado la nobleza, se halla hoi 
casi desierto, pues solo lo habitan catorce o quince 
jóvenes, repartidos en las aulas de las diversas fa- 
cultades que allí se dictan. Los padres jeneralmen- 
te se lamentan de no tener donde criar a sus hijos: 
i este clamor es inconcebible a presencia de aquel 
vacío 

«Podría contribuir a vivificarlo el que se reunie- 
sen en aquel recinto los varios artículos de educa- 
ción que costean el erario i los fondos públicos, 
principalmente la academia de matemáticas i dibu- 
jo, con su pequeña biblioteca i gabinete de historia 
natural, para que fuesen principio de una librería 
i colección de producciones de los tres reinos, en 
que el nuestro es tan feraz como ignorado». 

El autor de la Representación indicaba breve- 
mente las materias que debían cursarse en el nuevo 
instituto. 

«Toda doctrina (esponía en ella) que mejora los 



— 307 — 

sentimientos del hombre i cultiva sus talentos, es 
conveniente a la sociedad i a sus individuos; pero, 
mas que todas, lo es la mas conforme al bien de la 
patria, i mas análoga al sistema que ésta debe 
adoptar, según su situación, sus necesidades i re- 
laciones. Si se fomentan separadamente, ocurre 
muchas veces que, dedicándose a alguna sin exa- 
men precedente de la aptitud, se encuentra en con- 
tradicción el jenio con la carrera, i resulta perdido 
el tiempo, i malogrados muchos jóvenes que ha- 
brían sido el honor de su país. 

«Siendo unos mismos los rudimentos que sirven 
para todas las artes i ciencias, si se recibiesen por 
todos los educandos en un lugar que estuviese al 
alcance de los que deben observar i discernir sus 
disposiciones, se verían con mas frecuencia los ade- 
lantamientos que se admiran cuando el acaso hace 
incidir en un sujeto la idoneidad i la profesión. 

fPor otra parte, reunidos los alumnos, recibirán 
las primeras impresiones uniformes, que servirían 
de base a las virtudes i ocupaciones que mas im- 
portan a nuestra constitución, i que han de inspi- 
rarse desde la edad tierna a los que se crían para 
sostenerla. 

«Llenaría todas estas miras i los deseos del pú- 
blico, el establecimiento de un colejio en que se 
enseñasen los principios de toda buena educación, 
esto es, las primeras letras, idiomas, moral, dibujo, 
aritmética, jeometría, i demás ramos que sirven 



— 308 — 

para formar el juicio i preparar para estudios mas 
serios. 

«De este plantel, podrían distribuirse, según sus 
inclinaciones, a las aulas de filosofía, matemáticas 
i demás ciencias. 

«Como a la juventud conviene mantener la aji- 
lidad i facultades corporales, podrían los alumnos, 
por entretenimiento, aprender el uso de las armas 
i el ejercicio militar. Los que siguiesen esta carre- 
ra, se hallarían iniciados en ella, i con conocimien- 
tos que los mejorarían; i los que elijesen otra, con- 
servarían una instrucción que les aprovecharía en 
las milicias, en los empleos que ofrece el país, o en 
alguna ocurrencia en que la patria necesite de sus 
personas». 

Según don Manuel de Salas, debería haber en 
el colejio plazas de pensión entera, de media pen- 
sión i otras por las cuales nada se retribuiría, con 
arreglo a los haberes de los estudiantes. 

La última parte de este importantísimo proyec- 
to me parece defectuosa, porque puede acarrear 
perniciosas consecuencias. 

En mi concepto, la instrucción pública debe ser 
gratuita. 

No conviene hacer en un colejio divisiones fun- 
dadas en el dinero, que pueden producir orgullo, 
desprecio, rivalidades irritantes entre los alumnos. 

La diferencia de las pensiones tendería a intro- 
ducir una aristocracia, una clase media i una plebe, 
en los patios i aulas del establecimiento. 



— 3»$ — 

La instrucción no debe tener para nadie el as- 
pecto de limosna. 

Únicamente el anhelo de crear una renta pro- 
pia al grande establecimiento proyectado, había 
hecho que don Manuel de Salas indicase ese arbi- 
trio. 

Su espíritu democrático rechazaba todas las dis- 
tinciones odiosas. 

Poco tiempo después, manifestó claramente sus 
ideas sobj*e el particular, i reconoció que la ins- 
trucción pública debía ser, no solo común, sino 
también gratuita. 



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